Arquitectos, insultos, y golpes de estado

Aderezado por la última exigencia del Emperador Joe Manchin

Mañana Estados Unidos acude a las urnas. Lo hace de aquella manera tan americana donde lo único en común es el día de las elecciones; por todo el país cada uno vota un poco lo que le rota, desde gobernador en Virginia y Nueva Jersey (las dos elecciones a las que más atención van a prestar los medios) a municipales en muchos pueblos y ciudades de Connecticut.

Esto quiere decir que estoy muy liado estos días (aunque sean unas municipales, tenemos un montón de candidatos a los que estamos apoyando), pero que seguramente os caerá un artículo largo un día de estos sobre elecciones locales en Estados Unidos, porque son interesantes. Hasta que tenga tiempo de escribirlo, os dejo una lista de noticias y notas breves, que hay mucho que contar.

El dichoso Brandon

Hará cosa de un mes, un periodista de NBC Sports estaba en Talladega entrevistando a Brandon Brown, un piloto de NASCAR. Talladega está en Alabama en un condado en el que Trump ganó por 26 puntos; NASCAR es un deporte con una fama bien merecida de tener la audiencia más redneck y conservadora del país. Durante la entrevista, una multitud de aficionados se puso a cantar “fuck Joe Biden” alegremente delante de las cámaras. El reportero, visiblemente incomodo (porque en la TV americana aún no puedes decir “the F-word”) sugirió que estaban gritando “let´s go Brandon” para animar al deportista.

Los medios conservadores americanos, y la memecracia asociada de Twitter hizo el resto, y la frase “let´s go Brandon” se ha convertido en una especie de himno absurdo del partido republicano para insultar a Biden. Tenemos desde congresistas cerrando discursos en el capitolio con un enfático “let´s go Brandon” a carteles, pancartas, y demás. La campaña de Trump está vendiendo camisetas con el eslogan.

Es todo… un poco estúpido. Por un lado, porque es un meme bastante infantil; uno se imagina un niño de 13 años echándose unas risitas porque se ha inventado una palabrota con sus amiguitos y la dicen con adultos presentes sin que se enteren, no al ex-presidente de los Estados Unidos o senadores. Es igual de ridícula la indignación de algunos ofendiditos de Washington insistiendo en el decoro y las formas y la falta de respeto de todo el asunto.

Por encima de todo, es una tontada que es esencialmente incomprensible para aquellos que no siguen la política con devoción o son adictos a Fox News y medios allegados. Los republicanos están superemocionados con su chiste privado, pero dudo que nadie fuera de la burbuja escuche la expresión y tenga puñetera idea de lo que significa. Algo muy típico de Washington, por cierto.

El incansable Joe Manchin

El viernes pasado Joe Biden presentó el marco final para un acuerdo sobre Build Back Better, su monumental plan de política social. El ala progresista del partido estaba insatisfecha pero dispuesta a votar que sí. Los líderes de ambas cámaras estaban preparados. Los moderados, aunque no de forma entusiasta, daban señales de que iban a sacar adelante la ley. Incluso Joe Manchin y Sinema, los dos votos claves en el senado, empezaron a moverse hacia el sí. Todo parecía indicar que se podría votar el martes o miércoles de esta semana.

Pero claro, eso sería fácil, y el congreso de los Estados Unidos no hace nada fácil. Aunque parece bastante claro que todo el mundo quiere votar, todo el mundo sabe qué van a votar, y todo el mundo ha hecho las paces con la idea de que este es el acuerdo y nadie se levantará de la mesa habiendo ganado todo, el cómo se vota el acuerdo se ha convertido otra vez en un problema, y todo por Joe Manchin.

Ayer, en una rueda de prensa que pilló a todo el mundo por sorpresa, el senador por West Virginia pidió una pausa para “evaluar” el texto negociado, y exigió que la cámara de representantes votara de inmediato la otra ley en liza, el plan de infraestructuras bipartidista aprobado por el senado.

La respuesta de los progresistas en la cámara de representantes ha sido, como viene siendo costumbre en toda esta negociación, bastante sensata. Han cedido mucho, negociado mucho, y reducido sus ambiciones de seis billones de dólares en diez años a tres billones y medio primero, y a 1,75 billones ahora; quieren que la ley se apruebe. Le han dicho a Manchin que ya vale, que van a votar las dos leyes, y que es hora de que el senado haga su trabajo y vote de una vez.

Es decir: entienden (creo) que Manchin está haciendo teatro. El senador de West Virginia no puede volver a casa con la imagen de que los progresistas y Pelosi le han obligado a aprobar el socialcomunismo o algo peor, así que tiene que ser siempre la voz discordante… mientras negocia y llega a un acuerdo más o menos decente para todos. Mi sensación, por los comentarios de legisladores progresistas y la calma (relativa) de la izquierda en general, es que Manchin quiere victorias simbólicas (que el plan de infraestructuras sea votado primero, por ejemplo), pero confían en que el acuerdo sí está cerrado y es sólido.

La ironía, en este caso, es que las maniobras y quejas de Manchin son sólo comprensibles para alguien que siga la política muy de cerca o sea parte del mundillo de lobistas y expertos de Washington. Fuera de la burbuja, lo único que ven los votantes es un montón de demócratas hablando y negociando durante meses sobre una ley que no tienen ni idea qué contiene, porque esos mismos demócratas están centradísimos en esta clase de postureo simbólico y la prensa cubre las batallitas, no el texto de la ley.

Todos estos retrasos eran inevitables (negociar una ley de casi dos billones de dólares es complicado), pero las peleas y los discursos de este estilo son contraproducentes. Los demócratas deberían haber dedicado estos meses a hablar bien de la ley, no enviarse a parir mutuamente.

Fue un golpe de estado…

El Washington Post ha publicado un reportaje extraordinario (y larguísimo) sobre el antes, durante, y después del asalto al capitolio del seis de enero. Os recomiendo encarecidamente que los leáis; es un repaso demencial a todos los fallos de seguridad, forzados o no, que abrieron la puerta al asalto, la increíble pasividad de Trump durante el ataque, y todo lo que vino después.

Es una pieza más de lo que hemos ido aprendiendo estos meses de todas las estrategias seguidas por Trump y sus secuaces para mantenerse en el poder y anular el resultado de las elecciones. Lo probaron con artimañas legales, lo probaron intentando subvertir el departamento de justicia, lo probaron intentando reventar leyes estatales, y lo probaron con violencia, directa y literal, contra su propio legislativo. El presidente de los Estados Unidos intentó dar un golpe de estado. Y es imposible negarlo a estas alturas.

...y el partido republicano apoya la idea

Lo que es extraordinario es que el GOP, de forma cada vez más abierta, defiende ahora que las elecciones del 2020 fueron fraudulentas, y que Biden no debería ser presidente. Esta mentira la repite Trump, una y otra vez, y se ha convertido en un artículo de fe para cualquiera que quiera recibir su bendición.

Ayer Fox News emitió un documental de Tucker Carlson en Fox Nation, su plataforma de streaming, titulado “Patriot Purge”. En este reportaje el presentador estrella de cadena “revela” que el asalto al congreso fue una operación de falsa bandera orquestada por el FBI.

Hay otra palabra que empieza por F que era aplicable desde hace tiempo a Carlson, y que es cada vez más cercana al GOP: fascismo. El partido cada vez está más cerca de negar de plano cualquier legitimidad a sus oponentes, e inventarse toda clase de excusas para justificar su violencia. Muy tranquilizador.

Arquitectos con dinero

Charlie Munger es vicepresidente de Berkshire Hathaway, y es un anciano con mucho dinero. Es también un filántropo que tiene entre sus principales aficiones donar edificios a universidades y colegios de Estados Unidos que le caen bien. Un ejemplo de infraestructura-que-es-un-monumento-a-mi-persona tan típico de Estados Unidos. Munger diseña personalmente los edificios y tiene muchas, muchas opiniones sobre ellos. Sus donaciones son “lo tomas o lo dejas”; nunca admite cambios.

Su última ocurrencia es una residencia para albergar 4.500 estudiantes en la Universidad de California - Santa Bárbara de 11 plantas y 156.000 metros cuadrados construidos que es un pelín megalítica y con algunas decisiones peculiares. Aquí tenéis un plano:

Cada planta tiene ocho “casas” con ocho “suites”, cada una con ocho habitaciones. La inmensa mayoría de cuartos (un 94%) no tienen ventanas exteriores, en un arreglo entre distópico y claustrofóbico que ha sentado un poco mal a la comunidad estudiantil. El jefe del consejo asesor de arquitectura de la universidad ha dimitido, airado. UCLA, mientras tanto, ha dicho que sigue adelante, porque si no se quedarán sin los 1.500 millones de dólares que costará el invento.

Os preguntaréis por qué, en vez de construir un mega- bloque compacto de 11 plantas Munger no ha propuesto cuatro torres más esbeltas de 20-25 pisos, con muchas más ventanas exteriores. La respuesta, como de costumbre, es que Santa Bárbara tiene normas urbanísticas absurdas que imponen límites a la altura de los edificios, así que tienen que recurrir a un monolito.

Y sí, 1500 millones para construir un edificio parcialmente prefabricado de 156.000 metros construidos es increíblemente caro. Los costes de obra en España, si mal no recuerdo, rondan los 1500-2000 euros por metro en edificios grandes; estamos hablando de 9.600 dólares largos en UCSB. No es sólo cuestión de costes de infraestructuras, parece.

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