¿Cuándo se rompió Estados Unidos?

Un país seguro de sí mismo y orgulloso de su capacidad de solucionar problemas - hasta que se olvidó de cómo hacerlo. ¿Por qué?

Hubo un periodo mágico, casi irreal, en que Estados Unidos era capaz de hacer todo lo que se proponía, y hacerlo con éxito.

Los años exactos de esta época de gloria son difíciles de definir con precisión, pero más o menos abarcan las tres décadas entre el 4 de marzo de 1933 y el 22 de noviembre de 1963. Entre estas dos fechas (la toma de posesión de Franklin Delano Roosevelt como presidente y el asesinato de Kennedy en Dallas) el país alcanzó una hegemonía industrial, tecnológica, militar y cultural casi completa, lanzando, uno detrás de otro, proyectos revolucionarios, ambiciosos, e inmensamente caros y llevándolos a buen puerto.

La lista es francamente extraordinaria: salir de una gran depresión sin precedentes sin sufrir una quiebra democrática, desplegar las bases del estado de bienestar moderno en el país, movilizar su gigantesca capacidad industrial en un esfuerzo sin precedentes para aniquilar el nazismo, crear un nuevo orden económico mundial anclado en el dólar, ocupar y reconvertir a las tres potencias derrotadas en la guerra en prósperas democracias aliadas, desarrollar la energía atómica, ordenadores, y lanzar el programa espacial que llevaría el hombre a la luna, hacer que la cultura, cine, y música del país dominen el mundo, “inventando” la adolescencia en el proceso, y convertirse en el país más poderoso y rico en la faz de la tierra, a años luz de distancia del resto.

Todos estos logros, concentrados en apenas treinta años, se hacen gracias a un gobierno federal enérgico y competente, unas élites bien preparadas y con un ethos de servicio público inigualable. Un ejemplo: los cuatro hijos varones de FDR sirvieron en puestos de combate en la segunda guerra mundial, todos como voluntarios. John, el más joven, quería hacerse objetor de consciencia, pero sus hermanos le convencieron (a gritos, supongo) que se alistara en la marina.

Todo esto pareció romperse, poco a poco, a partir de 1963. Estados Unidos empezó a acumular pifias, proyectos fallidos, y derrotas militares. Sus líderes dejaron de comportarse como servidores públicos primero y políticos después y buscaron ventaja creando divisiones. El gobierno federal perdió poco a poco la capacidad de gestionar proyectos complejos, responder a crisis o ser visto como un actor competente. El país se sumó en un mar de dudas, cada vez más incapaz de solucionar problemas internos o externos. Estados Unidos está hoy gobernado hoy por un patán naranja orgulloso de su incompetencia, abiertamente hostil al ejecutivo que el mismo preside.

¿Qué ha pasado? ¿Dónde se fue este país prodigioso al que todo le salía bien?

Primero, porque ese era un país que realmente nunca existió. Aunque ciertamente los años de hegemonía entre 1933 y 1963 fueron prodigiosos, la era dorada de Estados Unidos está puntuada de sombras. El sistema de Breton Woods era imperfecto, y sólo sostenible si Estados Unidos actuaba de forma impecablemente virtuosa. El terror de la guerra fría había dejaba a la humanidad más cerca que nunca de su propia extinción. El espejismo de la sociedad de clase media de la era Eisenhower ocultaba las semillas del final del movimiento obrero y de las desigualdades que vendrían después.

Por encima de todo, sin embargo, estaba el racismo, la lacra de la segregación racial. Gran parte de Estados Unidos distaba mucho de ser un país democrático, gobernado como estaba bajo un estricto, brutal, y opresivo sistema de discriminación racial que relegaba a millones de personas a ser ciudadanos de segunda. Es el racismo de Jim Crow, del confinamiento de ciudadanos de origen japonés durante la guerra. La América del New Deal se basa en un pacto implícito entre progresistas norteños y racistas del sur donde los primeros aprueban reformas sociales a cambio de que los segundos mantengan regímenes autoritarios en el sur que oprimen a negros y condenan a blancos al odio racial y la pobreza. La harmonía entre las élites políticas, el espíritu indomable del país, está construido sobre estos cimientos.

El dos de julio de 1964 el presidente Lyndon Johnson firma la ley de derechos civiles. Un año después, se aprueba la Voting Rights Act, la ley que desmantela, de forma definitiva, las restricciones al voto negro en todo el país. No son las primeras leyes sobre estos temas (Johnson mismo, como líder del senado, había sido instrumental en la aprobación de una ley de derechos civiles más débil en 1957), pero representan el punto de inflexión decisivo, el golpe que rompe con el racismo institucional en el centro del sistema político americano.

Estas dos leyes representan también el fin del viejo consenso de los años de hegemonía americana, y el origen de las divisiones políticas que incluso aún hoy atenazan el país. Como escribí hace una temporada por Jotdown, todo empezó con Richard Nixon, la revolución conservadora, y la política del resentimiento que domina el debate en Estados Unidos desde hace décadas.

En los 30 años pre-derechos civiles, el debate político americano se centra en qué queremos hacer y cómo hacerlo. Las minorías raciales hasta entonces estaban fuera del sistema; los racistas del país estaban dispuestos a apoyar todo mientras eso se mantuviera.

A partir de los años sesenta, una coalición de republicanos y demócratas del norte dice basta y acaba con la discriminación de iure en todo el país. La reacción contraria es una contra-coalición de racistas que no toleran que esa gente (la gente de color) pueda obtener nada del gobierno, y oligarcas que les aplauden las gracias a cambio de que les bajen los impuestos y nadie tenga acceso a un estado de bienestar decente.

El debate político deja de ser sólo sobre qué o cómo; ahora incluye la pregunta “para quién”. El proyecto común, de un consenso amplio, de un gobierno del que todos confían, que goza del respeto y prestigio de las élites, se ha roto.

Llevo en Estados Unidos 16 años. Si hay algo que nunca deja de sorprenderme y horrorizarme de este país, incluso en un estado en teoría progresista y liberal en el norte, es el enorme peso del racismo y los debates de los años sesenta en las luchas políticas de hoy. Un estado de bienestar basado en la presunción de quienes piden ayudas están intentando cometer fraude. Un sistema de justicia que asume culpabilidad cuando el sospechoso no es blanco. Un urbanismo dirigido a separar y discriminar. Una tendencia marcada y persistente por parte de muchos dirigentes a ignorar o ningunear el sufrimiento de negros y latinos, pero responder con alarma al sufrimiento de blancos.

Un ejemplo: la pandemia de coronavirus está teniendo un impacto desproporcionado sobre minorías raciales en número de enfermos y muertes. Los que protestan para levantar las restricciones son, casi sin excepción, blancos, empezando por un presidente que ha hecho del resentimiento racial una de sus señas de identidad.

La América de los años dorados nunca fue el país que decía ser. Cuando intentó remediarlo, las fuerzas hostiles al cambio hicieron que dejara de aspirar a serlo.

Bolas extra:

  • Hemos pasado del millar de subscriptores, algo que me parece asombroso en menos de dos meses. A todos los que habéis compartido enlaces y animado a gente a apuntarse, muchísimas gracias.

  • Espero anunciar algunas novedades y contenidos extra pronto, sin tengo tiempo y ánimos para hacerlo. Estáis avisados.

  • El debate político más importante estos días es si el congreso debe ayudar a estados y ciudades a cuadrar presupuestos este año. Lo dejo para la siguiente edición.