Diez tesis sobre Afganistán

Una derrota humillante, pero también inevitable

Hoy y mañana todo el mundo, me temo, os va a dar su opinión sobre Afganistán. Dado que esta es la guerra más larga de la historia de Estados Unidos y que este es un boletín sobre política americana, me temo que no podréis escapar del tema por aquí.

Este es un tema complicado, y como casi todo el mundo en internet, no soy un experto en la región, así que tomaos lo que digo con más cautela de la habitual. Aun así, conozco la política americana bien y he leído un poco demasiado sobre batallitas e historia militar como para contenerme, así que estáis avisados.

  1. Nadie se acuerda de Gerald Ford

La caída de Saigón, en 1975, ha estado en boca de muchos comentaristas estos días. Las imágenes de Kabul son parecidas, igual que la derrota. El presidente el día en que se evacuó esa embajada era Gerald Ford, y nadie, nadie, nadie le echa hoy la culpa del desastre que fue Vietnam. Durante las presidenciales de 1976 no fue tema electoral, y de hecho la palabra “Saigón” no fue mencionada ni una sola vez en los tres debates presidenciales. Se habló de Vietnam, por supuesto, pero siempre sobre cómo evitar repetir ese error. Carter no le reprocha a Ford nada.

Nadie en Estados Unidos creía que estar en Afganistán era una buena idea. Vamos a hablar de formas y de la tragedia de la tiranía de los talibanes una temporada, pero dudo mucho que en las mid-terms o las presidenciales esto sea un tema político candente.

  1. Trump también quería irse

El plan que se encuentra Biden al llegar a la Casa Blanca era que Estados Unidos iba a dejar Afganistán antes del primero de mayo. La nueva administración retrasa la retirada hasta este mes. Esto no es para culpar a Trump de cómo han ido las cosas; como dije en abril, sigo pensando que salir de Afganistán era una buena idea. El partido republicano tendrá difícil politizar esto demasiado porque su jefe de filas fue quien echa esto a andar.

  1. Un fracaso político en toda regla

Vale la pena insistir en el colosal, bochornoso fracaso que Afganistán ha representado para tres presidentes de Estados Unidos. Bush invadió el país en una guerra que era hasta justificable, bajo el amparo de un mandato de la ONU. El régimen talibán que gobernaba el país se desplomó como un castillo de naipes. Se coloca a Hamid Karzai de presidente, y después… no tienen ni idea sobre qué hacer con el país. No encuentran a Bin Laden, cometen el error monumental de Irak, y dejan que Afganistán, poco a poco, vuelva a sumirse en el caos.

Obama hereda el desastre, y decide salir de Irak, que era la guerra estúpida, y donde al menos hay algo parecido a un estado funcional. Sale mal, el desastre sirio acaba retroalimentando la emergencia de ISIS, y tienen que volver parcialmente, pero acaba el mandato fuera de Irak con el país más o menos estable. En Afganistán, mientras tanto, Obama se deja convencer por el Pentágono (y con Biden oponiéndose) a hacer otra intentona, enviando decenas de miles de soldados. Matan un montón de gente, bombardean un hospital, y cuando reducen el número de tropas, el país vuelve a irse al carajo.

Llega Trump, que al menos tiene claro que es hora de largarse. El Pentágono le convence repetidas veces de que si quiere negociar con los talibanes lo tiene que hacer desde una posición de fuerza, y se pasa su mandato enviando y retirando tropas según los talibanes avanzan o retroceden. Cuando finalmente se harta y exige salir, firma un acuerdo sólo con los talibanes (¡sin la presencia del gobierno afgano!), no hace nada en absoluto para preparar la evacuación de todos aquellos que han colaborado con la ocupación. Y lo que es peor, se cree la estimación del Pentágono de que el gobierno afgano puede resistir varios meses, así que no hay prisas.

Biden, cuando llega al poder, hereda una situación imposible. A su favor, no repite los errores de sus predecesores creyéndose la narrativa del Pentágono de que con más tropas esto lo arreglamos. En su contra, tampoco hace nada para preparar la salida de los aliados de Estados Unidos, porque se cree la estimación del Pentágono de que el gobierno afgano tiene alguna clase de apoyo.

  1. Un fracaso militar en toda regla

Creo que esto es muy importante de recalcar, especialmente porque casi nadie en el debate público en Estados Unidos va a decirlo en voz alta: el Pentágono ha hecho un trabajo desastroso durante los veinte años de guerra en Afganistán. Como decía Kevin Drum ayer, las fuerzas armadas de los Estados Unidos llevan veinte años luchando al lado del ejército afgano y fueron completamente incapaces de predecir que este iba a hundirse por completo a los diez minutos de que los Estados Unidos dejara de apoyarles.

El problema, además, no es de esta pifia de inteligencia; el ejército afgano llevaba no meses sino años en una situación de extrema debilidad, y era obvio desde hacía tiempo de que no eran una fuerza operativa. Hay todo un género periodístico desde, como mínimo, el 2004-2005 sobre la singular incompetencia, corrupción, y falta de disciplina del ejército afgano. En todos los artículos siempre hay un portavoz del Pentágono diciendo que Estados Unidos está entrenando a miles y miles de soldados y que todo irá a mejor de forma inminente. Esto es del 2019, pero podrías cortar y pegar sus contenidos a cualquier año de la guerra.

Estados Unidos ha destinado más de 83.000 millones de dólares en ayuda militar directa a Afganistán desde que empezó la guerra. El PIB del país no llega a los 20.000 millones. Para que os hagáis una idea de la magnitud de esta cifra, sólo hay dos países con presupuestos de defensa anuales mayores que esa cantidad (China y Estados Unidos). En el 2011, el año de mayor “inversión”, Afganistán recibió solo en ayuda militar más de un 50% de su PIB.

Se puede hablar largo y tendido sobre todos los errores estratégicos detrás de la derrota del ejército afgano estos días, pero hay dos factores importantes. Primero, Estados Unidos intentó, de forma incomprensible, modelar las fuerzas armadas afganas al sistema occidental de hacer la guerra, utilizando infantería motorizada, apoyo aéreo, movilidad extrema, armas combinadas y potencia de fuego. Lo que viene a decirse el modern system (leed este artículo - es excelente) de organización militar.

Los ejércitos construidos bajo estos principios son brutalmente eficaces, y a la vista está como nadie realmente sobrevive demasiado tiempo cuando se mete en una guerra convencional contra un país que usa estos principios. El problema es que organizar un ejército así es muy difícil. Exige una cadena logística hiper- eficiente, muchísimo dinero, y, por encima de todo, soldados y oficiales leales y bien entrenados capaces de actuar de forma independiente pero coordinada.

En un país con ejércitos bien financiados, una base industrial y tecnológica decente, y oficiales competentes, esta clase de diseño tiene sentido. En Afganistán, donde no hay un estado capaz de ni siquiera llevar agua a sus soldados, no ya mantener a los helicópteros y vehículos funcionado, y donde la idea de “oficial leal” es un oxímoron, era un poco como intentar enseñar karate a una vaca.

La guerra en Afganistán siempre ha sido otra cosa; más una subasta con gente armada hasta los dientes (leed) que algo reconocible como una guerra con frentes abiertos, oficiales, regimientos y demás. El Pentágono, tras veinte años allí, seguía con la idea de que lo que dicen los listados de unidades del ejército afgano era algo parecido a lo que existía sobre el terreno. A la práctica, cuando estaba claro que iban a perder, las unidades gubernamentales han cambiado de bando en masa, como llevan haciendo en todas las guerras que ha tenido el país desde hace décadas.

  1. El patético gobierno afgano

Que en el Pentágono sean un montón de patanes incompetentes no excusa, por supuesto, el absoluto desastre que ha sido el gobierno afgano durante estas dos décadas. Tras recibir cantidades absolutamente colosales de ayuda al desarrollo, ayuda militar y asistencia militar directa (a menudo, por valor de más de un 50% del PIB), el régimen se ha hundido de inmediato a los diez minutos de que Estados Unidos dejara de ayudarles. Si no han caído antes es porque los talibanes entendieron, allá por el 2017, que los americanos se irían pronto, y que era cuestión de esperar un ratito antes echarles a patadas.

El gobierno afgano era extraordinariamente corrupto. Durante años hemos estado leyendo sobre cómo comandantes militares inflaban la cuenta de soldados bajo su mando para recibir más fondos y quedarse el dinero. Hemos visto cómo unidades enteras desertaban o cambiaban de bando porque llevaban meses sin cobrar, recibir suministros, comida o incluso agua. No hay programas sociales ni infraestructuras remotamente decentes porque el dinero simplemente se desvanece.

Y por supuesto, nadie de los implicados parecía tener la más mínima lealtad a las instituciones, porque cuando los talibanes han empezado a avanzar, todo Dios ha huido, desertado, o directamente cambiado de bando. De hecho, llevaban meses negociando cuándo rendirse.

  1. Deserciones racionales

Es muy difícil reprochar a los desertores afganos, sin embargo, su comportamiento. Una vez el gobierno empieza a desintegrarse y queda claro que las unidades militares y ciudades que oponen resistencia están solas y no van a recibir ayuda alguna, aguantar hasta el final no tiene demasiado sentido. Cuando fue obvio que los talibanes iban a ganar, porque el ejército afgano no está por la labor de luchar y el gobierno no sabe lo que hace, es mucho más sensato abandonar las armas que una muerte heroica inútil por un régimen incapaz.

Las guerras, de hecho, sólo acostumbran a durar hasta que está claro quién va a ganarlas; una vez un bando está obviamente derrotado luchar más sólo sirve para acumular cadáveres, pero no cambia nada. Todo el mundo sabía que los talibanes iban a derrotar al gobierno. La elección, para las unidades del ejército, era resistir unos meses, morir o ser fusilados y que los talibanes impongan una teocracia totalitaria en enero, o desertar, huir discretamente, y que los talibanes impongan una teocracia totalitaria en septiembre.

La verdad, me parece bien lógico que opten por lo segundo. Y todos los héroes de Twitter diciendo que había que resistir hasta el final hacen un trabajo estupendo pidiendo que mueran otros.

Dentro de la catástrofe, la caída rápida del régimen afgano es la menos mala de las noticias; al menos no tendremos miles de muertos en un asedio a Kabul inútilmente.

  1. La alternativa inexistente

También estamos viendo mucho estos días a comentaristas diciendo de que Estados Unidos no debería haber salido de Afganistán, y que el coste de mantener el statu quo era justificable para evitar que los bárbaros tomen el control del país.

Esto es absurdo por tres motivos. Primero, políticamente es insostenible. Los dos candidatos a la presidencia prometieron salir de Afganistán, y el electorado americano parece estar de acuerdo con ellos. Estados Unidos le ha dado veinte años a los afganos, y estos parecen no haber querido defenderse de los bárbaros cuando les ha tocado hacerlo. Es su problema.

Segundo, el statu quo era insostenible sobre el terreno. Los talibanes llevaban meses ganando terreno, y el Pentágono llevaba meses pidiendo enviar más tropas. Las dos opciones sobre la mesa no eran seguir igual o retirada, eran escalada militar o retirada. No cambiar nada sólo hubiera significado que la ofensiva talibán hubiera sucedido con más tropas americanas sobre el terreno, pero con el ejército y gobierno hundiéndose igual.

Tercero, esto no era cuestión darles un poco más de tiempo a los afganos. Durante los peores días de la insurgencia en Irak se hablaba de la “Friedman Unit”, en referencia al columnista del NYT Tom Friedman, que siempre decía que Irak estaba a seis meses de arreglarse. Hay muchos pidiendo el retorno a esos días de “ahora sí, de verdad”. Mira, han tenido veinte años. No aprenderán.

  1. Imperialismo por otro nombre

Estos días he visto a mucha gente, demasiada, justificando la ocupación de Afganistán usando argumentos de responsabilidad moral. Es nuestro deber proteger a las mujeres afganas de la barbarie. Es nuestro deber evitar que el país vuelva a caer en la edad media. Es nuestro deber mejorar la vida de los afganos, y debemos seguir allí hasta que terminemos el trabajo.

Estos argumentos me han recordado este poema:

Take up the White Man's burden—
    Send forth the best ye breed—
Go bind your sons to exile
    To serve your captives' need;
To wait in heavy harness
    On fluttered folk and wild—
Your new-caught, sullen peoples,
    Half devil and half child.

Take up the White Man's burden—
    In patience to abide,
To veil the threat of terror
    And check the show of pride;
By open speech and simple,
    An hundred times made plain.
To seek another's profit,
    And work another's gain.

Esto lo escribió Rudyard Kipling en 1899, en defensa de la brutal guerra de ocupación de Estados Unidos en Filipinas (cuando nos largamos tuvieron una guerra peor), y es una defensa acérrima del imperialismo. Es el deber moral del hombre blanco de civilizar a otras culturas, porque sin nuestra intervención, caerán en el salvajismo y la oscuridad.

Kipling era un escritor maravilloso y no dudo que tuviera las mejores intenciones, pero estamos hablando, insisto, de imperialismo. Los afganos no quieren que estemos allí. El gobierno afgano no representa a nadie, y nadie ha levantado una ceja para defenderlo. Sabemos que los talibanes van a construir una teocracia opresiva y cruel que hará de la vida de millones de mujeres un infierno. Es increíblemente arrogante, sin embargo, creer que eso basta para justificar la ocupación imperial de un país.

Porque el “mantenerse ahí” no era gratis, y no me refiero al coste de mantener tropas, que para Estados Unidos es un error de redondeo. Me refiero al coste que representa para los afganos una guerra civil constante contra una insurgencia talibán, un país viviendo eternamente al borde del caos y miles de muertes cada año. Valoramos nuestras libertades, pero no sé hasta qué punto podemos justificar nuestro deber moral de imponerlas a sangre y fuego en un lugar como Afganistán.

Quizás valga la pena, y quizás sea un coste que debamos asumir - pero el problema es que, tras veinte años de ocupación, parece obvio que estas libertades no han sido tomadas por los mismos afganos como algo que merece ser defendido. No sé si podemos salvar de la barbarie a alguien que parece preferirla.

  1. El error imperdonable

De todo este desastre, hay un error imperdonable de occidente en general y de la administración Biden en particular: no abrir la puerta de inmediato para admitir a los afganos que colaboraron con Estados Unidos y la OTAN durante la ocupación como refugiados. La evacuación debería haber empezado hace meses, y las facilidades de entrada deberían ser completas.

Me temo que muchos de los que nos ayudaron a ocupar el país y defenderlo, sin embargo, no van a poder huir a tiempo. Y acabarán siendo asesinados. Es imperdonable.

  1. Una tragedia a cámara lenta

Es obvio que este final de la guerra de Afganistán es una tragedia. Lo es por los veinte años tirados a la basura. Lo es por los más de 200.000 muertos (entre civiles y militares) afganos estas dos décadas. Lo es por el brutal régimen teocrático que volverá al poder esta semana.

Estados Unidos debería haber invadido Afganistán, puesto a Karzai en el gobierno, darle una palmadita en la espalda, y largarse el 2003. Quizás entonces, con los talibanes aún débiles, el país quizás hubiera aguantado. Pero se decidió seguir, y quedarse eternamente. Una tragedia, sin más.