Dos escándalos, dos partidos

Un poco de todo para empezar la semana, incluyendo gobernadores, republicanos, escuelas y otros desastres

Dejadme hablar hoy de dos escándalos políticos paralelos sobre dos héroes mediáticos recientes, uno en cada partido. Hasta cierto punto son anecdóticos; son dos casos aislados, acciones individuales de políticos caídos en desgracia. El impacto de estos escándalos en las carreras de ambos líderes, sin embargo, y cómo han sido recibidos por sus partidos, dicen bastante de las instituciones y equilibrios internos de cada uno, y de sus problemas a largo plazo.

Odiando a Andrew Cuomo

El ala izquierda del partido demócrata en el estado de Nueva York (con Working Families en frente) siempre ha odiado a Andrew Cuomo. El gobernador es la clase de demócrata de político que no sólo irrita profundamente a los progresistas, sino que se divierte con ello. Es un centrista militante en un estado donde los demócratas ganan de calle, capaz de sabotear a legisladores de su propio partido para encontrar excusas para no hacer nada.

Su padre, Mario Cuomo, ocupó el cargo durante doce años. Él lleva ahí desde el 2011, y todo apuntaba que quería presentarse a la reelección el año que viene. Es un político dinástico, irascible, vengativo, al viejo estilo de las dinastías demócratas tan comunes en el noreste del país.

El año pasado, durante los días más duros de la pandemia en Nueva York, Cuomo se convirtió en una especie de héroe mediático para un amplio sector de la prensa del país. Lo fue en parte por ese sesgo tan típico de Estados Unidos de prestar una atención desmedida a lo que sucede en Nueva York, porque es donde están todas las redacciones de medios nacionales, pero también por su innegable talento en chupar cámara y ser un contrapunto a Trump. Mientras que el presidente se escondía o decía cosas como que quizás deberíamos probar a beber lejía para curar el virus, Cuomo daba conferencias de prensa largas, disciplinadas y cargadas de datos y jerga científica. En vez de decir que eso no era cosa suya, el gobernador estaba allí, poniendo cara de líder, impasible el ademán, una voz racional en medio de la tragedia.

Ya entonces, un sector en absoluto irrelevante de expertos se hartó de señalar que la respuesta de Cuomo al COVID había sido tan patán, aleatoria, y tímida como la de cualquier país europeo con brotes gigantescos, sólo con el mérito adicional de haber visto la historia en otros lugares sin aprender nada. También se señaló cómo su persistente (e irracional) rivalidad con el alcalde de la ciudad de Nueva York, Bill DeBlasio, había empeorado las cosas. Incluso entonces, algunas voces hablaron sobre errores graves en las residencias de ancianos.

Daba igual. Los medios estaban en pleno fervor cuomista. Incluso hubo gente que fantaseaba con que Biden se retirara y Cuomo fuera el candidato a la presidencia.

Durante las últimas semanas, sin embargo, mucha gente en la izquierda demócrata de Nueva York (y en el Slack del trabajo) están teniendo una sesión extendida de “mira que os lo había dicho” con el resto del país. El primer escándalo fue que Cuomo no sólo cometió el error colosal de devolver a residencias de ancianos a gente que había dado positivo por COVID, sino que había ocultado la información sobre ello a sabiendas después. El segundo ha sido dos acusaciones de acoso sexual creíbles de dos miembros de su equipo, Charlotte Bennett y Lindsay Boylan, diciendo en voz alta lo que todo el mundo en Nueva York sospechaba desde hacía tiempo - que Cuomo es un cerdo.

Ayer el gobernador hizo algo que nadie recuerda haberle escuchado antes, pedir perdón, pero todo parece apuntar que no será suficiente para sacarle del lío. Sin Trump como contrincante, con su aura de competencia hecha trizas, y con un estado en una crisis económica profunda tras la pandemia, hay muchas voces pidiendo su dimisión. No creo que pierda el cargo, pero la idea de un cuarto mandato tras ser reelegido el año que viene me parece difícil.

Lo fascinante de esta historia es que Cuomo parece que seguirá el camino de su padre, alguien que siempre soñó con alcanzar la presidencia, pero nunca se atrevió a dar el salto. Mario Cuomo tuvo su oportunidad en 1992, pero la popularidad de George Bush tras la guerra del Golfo le hizo dudar y no se presentó a las primarias, que ganó un don nadie (¿gobernador de Arkansas?) llamado Bill Clinton. En 1994, Cuomo perdería las elecciones a gobernador contra George Pataki.

Su hijo quizás hubiera sido un buen candidato el 2016, pero cedió el paso a Hillary Clinton, o el 2020, pero nunca acabó de decidirse. La victoria de Biden y esta serie de escándalos este año le apartarán, casi seguro, de la Casa Blanca para siempre.

La leyenda de Madison Cawthorn

Madison Cawthorn es un congresista de 25 años, recién escogido para ocupar un escaño en un distrito de Carolina del Norte. Aparte de tener uno de los mejores nombres para un político que recuerdo (sólo superado por el mítico Luther Strange), Cawthorn es uno de esos famosos de Fox News y la mediocracia conservadora americana: telegénico, estridente, muy en internet. Es una promesa, el futuro del partido republicano.

Durante los últimos meses, Cawthorn ha explicado muchas historias sobre sí mismo. Por ejemplo, le gustaba contar cómo en el accidente de coche que le dejó en una silla de ruedas, su amigo que iba con él le dejó atrapado en el coche en llamas, pero escapó milagrosamente. También hablaba a menudo sobre cómo el accidente frustró su ingreso en la academia naval. También cuenta cómo dejó la universidad tras un semestre de malas notas debido a las secuelas del accidente.

El problema es que nada de lo que cuenta es cierto. Su amigo fue quien le rescató del coche en llamas. Su candidatura a la academia naval había sido denegada antes del accidente. Más de 150 estudiantes de la universidad firmaron una carta acusándole de ser un depredador sexual, diciendo que por eso fue expulsado. Os recomiendo leer el artículo del WaPo sobre él entero.

Cawthorn fue uno de los oradores en el infame mitin del seis de enero en el que Trump animó a los manifestantes a asaltar el Capitolio. El hecho de que un tipo que es a todas luces un cretino oportunista con una cara bonita, amplias dosis de cinismo, y cero escrúpulos sea una estrella emergente del GOP por el mero hecho de haber abrazado el trumpismo más estridente y estar constantemente en Fox News dice mucho del estado del movimiento conservador estos días.

Comparado con Cuomo, Cawthorn es obviamente un don nadie; un representante en el congreso es una tachuela comparado con el gobernador de Nueva York. El partido demócrata entero, sin embargo, está ahora mismo haciendo cola para atizar a Cuomo; el GOP ha dado a Cawthorn un discurso en CPAC y nadie le ha dicho ni pío. Los demócratas no es que sean especialmente competentes escogiendo candidatos o gobernando, pero cuando tienen un escándalo mínimamente creíble (al menos en la era post-Clinton) son los primeros en linchar a sus líderes con entusiasmo (léase Elliot Spitzer, uno de los antecesores de Cuomo, o Al Franken) en tiempos recientes. Los republicanos, con contadas excepciones, se quedan con su candidato caiga quien caiga, porque la lealtad al partido es más importante que purgar malos candidatos.

Esta clase de malos hábitos ha hecho que los demócratas hayan sacrificado varios líderes competentes por cosas que quizás eran menos importantes de lo deberían. Con el GOP, nos ha dado la presidencia de Donald J. Trump.

¿Por qué los partidos son tan distintos en este aspecto? De eso hablaremos en el próximo boletín.

Bolas extra

  • Un conflicto político en Estados Unidos del que debería hablar más: la reapertura de los colegios durante COVID. Al contrario que en Europa, muchos, muchos sistemas escolares aquí siguen con educación a distancia, con los sindicatos de profesores poniendo una resistencia numantina a la educación presencial. Son batallas hiper- locales (el gobierno federal no tiene competencia alguna en educación) y absolutamente salvajes en algunos lugares.

  • Hablando sobre escándalos idiotas, la nominación de Neera Tandem para la oficina de presupuestos de la Casa Blanca, es tonta incluso para Washington. Los republicanos (y algún demócrata) se oponen a ella porque dijo cosas feas en Twitter sobre varios políticos. Son los mismos senadores republicanos que fingieron nunca haber leído un Tweet de Donald Trump, por supuesto.

  • El partido republicano como una versión del PCUS de la era Breznev.

  • Una víctima inesperada de la pandemia: las audiencias televisivas de espectáculos deportivos en Estados Unidos han caído en picado, y nadie sabe exactamente por qué.

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Caricatura de Cuomo obra de DonkeyHotey.