El timo del deporte universitario

Una sentencia del supremo abre la puerta a que el mayor caso de explotación laboral de América termine para siempre.

El mayor estadio de Estados Unidos, es Michigan Stadium, en Ann Arbor, Michigan, hogar del equipo de fútbol americano de la universidad de Michigan, los Wolwerines. Tiene capacidad para 107.601 espectadores, todos sentados. Se usa seis o siete veces al año para partidos universitarios, un par de días durante la graduación, y ocasionalmente para partidos amistosos de soccer.

El segundo mayor estadio del país es Beaver Stadium, en University Park, Pennsylvania, hogar de los Penn State Littany Lions. Tiene capacidad para 106.572 espectadores. Recibe más o menos el mismo uso que el anterior.

El tercer mayor estadio de Estados Unidos es Ohio Stadium, en Columbus, Ohio, hogar de los Ohio State Buckeyes. “Sólo” tiene capacidad para 102.780 personas, y alberga la misma cantidad de partidos que los dos anteriores.

Podría seguir con la lista, pero os hacéis una idea. Los diez estadios más grandes de Estados Unidos son campos de fútbol americano para equipos universitarios. El mayor estadio que alberga un equipo profesional (MetLife Stadium, donde juegan los New York Giants) es décimo octavo en la lista. Todas las universidades que albergan estos colosos son públicas.

E inexplicablemente, esto a los americanos les parece normal.

El extraño mundo del deporte universitario

La organización sin ánimo de lucro que coordina y gestiona el deporte universitario en Estados Unidos es la National Collegiate Athletic Association (NCAA), y es, de lejos, una de las organizaciones más abiertamente malvadas del país.

La NCAA regula las competiciones atléticas entre más de un millar de universidades americanas en las que participan casi medio millón de estudiantes cada año. Los alumnos compiten en prácticamente cualquier deporte que os podáis imaginar, desde Curling y Lacrosse hasta baloncesto, esgrima y esquí. Cada deporte se organiza en tres divisiones (según el nivel de juego y recursos para entrenar de los equipos) y una cantidad variable de conferencias regionales.

Los estudiantes-atletas a menudo atienden a la universidad con lo que se llama una “beca atlética”. A cambio de formar parte de uno de los equipos de la universidad, reciben toda o parte de su educación de forma gratuita.

Para las universidades, los equipos deportivos se dividen en dos categorías. Por un lado, está el baloncesto y el fútbol americano, donde los estudiantes suelen ser reclutados activamente (léase: los entrenadores envían gente a suplicar que vengan) ya desde el instituto. Estos son los dos deportes más populares con mayores audiencias televisivas y que son (como veremos) increíblemente rentables para la universidad. Por otro, están el resto de los deportes, que son más o menos tolerados, pero que no generan dinero, y las becas son menos generosas.

El dinero: televisión y donaciones

El deporte universitario mueve una cantidad descomunal de dinero.

CBS acaba de renovar su contrato para televisar March Madness, las finales de baloncesto universitario (68 equipos en un playoff que dura todo el mes de marzo). La cadena paga a la NCAA 1.100 millones de dólares al año, sólo para las finales; los derechos de la liga regular van aparte.

Los derechos para el fútbol americano son aún más delirantes. El contrato de TV de Big 10, una de las conferencias más populares, son 440 millones al año, más 100 millones adicionales. En total, las seis conferencias con más prestigio se reparten unos 1.500 millones anuales. Todo el sistema es de una complejidad apabullante.

Las guerras entre cadenas para conseguir los derechos son especialmente encarnizadas, ya que el deporte en directo es de los pocos programas de TV que no han sucumbido al dominio de Netflix y los servicios de streaming. Del mismo modo, las maniobras políticas de las universidades para entrar y salir de una conferencia son igualmente salvajes, todas ellas maniobrando para estar en competiciones que tengan audiencia, den dinero, y a su vez sean lo suficiente competitivas como para generar afición. Algunas universidades con alumnados numerosos y fieles, como Notre Dame (la mayor universidad católica del país) son independientes y cada año se organizan su calendario por libre, entrando y saliendo de conferencias según le apetece y vendiendo sus derechos televisivos por su cuenta.

El destino de todo este dinero es uno de los grandes escándalos del deporte en Estados Unidos. Para empezar, los entrenadores y equipos técnicos de los equipos universitarios de élites están muy bien pagados. En cuarenta estados, el empleado público mejor pagado es un entrenador en un equipo universitario. Son sueldos gigantes, como los 8,9 millones anuales que se embolsa Nick Saban, entrenador de fútbol americano en la universidad de Alabama. La NCAA y los directivos de las conferencias obviamente tienen sus respectivos sueldazos (Mark Emmert, el presidente de la NCAA, cobra 2,7 millones anuales).

Las universidades, inevitablemente, dicen que todo el rollo de los equipos universitarios, los estadios, los salarios desmesurados, etcétera, genera unos ingresos que sirven para subvencionar becas deportivas para los deportes menos populares, y además contribuye a atraer donaciones de exalumnos que siguen al equipo de la universidad. En realidad, esto es sólo cierto entre las universidades con los equipos más exitosos (Alabama, por ejemplo); la mayoría de los programas pierden dinero a espuertas, incluso antes de tener en cuenta subvenciones hacia otros deportes.

El problema para las universidades, además, es que los equipos deportivos son tremendamente populares, así que cada vez que intentan eliminar su equipo de fútbol (que es, de lejos, el programa más caro), ex-alumnos y legisladores se les tiran encima. En Connecticut es casi una tradición tener a legisladores quejándose de que Uconn es un pozo sin fondo de dinero y a su vez apresurándose a aumentar la subvención cada vez que amenazan con eliminar al equipo de fútbol.

Quien sí que no cobra un duro, aparte de la beca, son los estudiantes representando a la universidad. Los derechos televisivos de la liga española de fútbol rondan los 1.500 millones anuales. Imaginad una competición deportiva que mueve una cantidad comparable de dinero, pero donde los jugadores no cobran un duro, y participan con la esperanza de no lesionarse y que un equipo de la NFL o NBA les llame algún día y puedan por fin ganarse la vida. Bueno, eso es la NCAA.

Y sí, una liga con cientos de millones de dólares de ingresos donde los jugadores no cobran pero que consiga seguir perdiendo dinero tiene mérito, pero esa es la gloria del fútbol americano universitario.

La sentencia del supremo

Por fortuna, la situación de los jugadores va a empezar a cambiar.

Hace unos días el tribunal supremo de los Estados Unidos dictó una sentencia unánime declarando que la prohibición de la NCAA de que los estudiantes se lucren en modo alguno de su participación viola las leyes de competencia del país. La sentencia no permite aún que los atletas cobren, ya que no elimina la potestad de la NCAA para establecer reglas, pero al menos abre la puerta a que las universidades puedan ir más allá de becas y que los estados legislen a favor de permitir que los atletas cobren o que puedan ganar dinero de espónsores, publicidad, y demás. El supremo poco menos ruega al congreso que imponga nuevas normas a la NCAA usando legislación, y casi suplica que alguien, quien sea, pague un sueldo a un alumno para que puedan darle otro bocado a las normas de la NCAA.

La respuesta de la NCAA ha sido previsible: decir que ellos quieren proteger a los niños, la pureza del deporte, y que adoptarán nuevas normas para acomodar la sentencia y responder a leyes estatales sobre espónsores. Eso era lo que habían anunciado que harían esta semana, pero como es costumbre en ese chiringuito, lo han vuelto a aplazar.

La NCAA como metáfora

Aun así, mirad a toda esta estructura en agregado: tenemos una industria colosal donde las TV ganan, los contribuyentes pierden dinero a espuertas, unos cuantos entrenadores estrella se ponen las botas, y los currelas (la mayoría negros, por cierto) no ven un duro. Como indican las audiencias televisivas y los estadios llenos, la afición por el deporte universitario es a pesar de todo gigantesca.

Si buscamos una metáfora del capitalismo americano, esta no está nada mal.

Bolas extra:

  • En las primarias a la alcaldía de Nueva York, Eric Adams, ex- policía y el candidato más moderado, va ganando en el primer recuento. No sabremos el resultado definitivo hasta dentro de unas semanas, merced de la infinita incompetencia de la administración electoral y el uso de voto preferencial, pero es probable que Adams acabe imponiéndose.

  • Los resultados son fascinantes, si miramos las coaliciones y quién ha votado a quien; Adams tiene por ahora sobre un 31% del voto, así que está muy fragmentando y da para mucho. Intentaré escribir algo sobre ello en otro boletín.

  • Los republicanos han bloqueado la reforma para expandir y proteger el derecho a voto. La batalla, sin embargo, no ha terminado.

  • ¿Os gusta Four Freedoms? ¡Suscribíos! Así podréis recibir todos los artículos que escriba, sin perderos los boletines exclusivos para suscriptores, y apoyaréis el trabajo detrás de esta página. Son $6 al mes. No seáis como la NCAA y pagad algo al currela, hombre.

    Subscribe now