Gobernando desde las sombras

Sobre cómo una red de juristas conservadores controla la judicatura en Estados Unidos.

El senado de los Estados Unidos ha votado a favor del nombramiento de Amy Coney Barrett (ACB) al tribunal supremo. Los republicanos la han confirmado en 30 días. Hacía más de 150 años que un nombramiento para este cargo era aprobado con ningún voto de la minoría del senado.

Hablé sobre la filosofía judicial de ACB en un boletín anterior, así que no me voy a repetir; es un producto de la fábrica de nombramientos judiciales creada por la derecha americana durante las últimas dos décadas. Estos grupos (Federalist Society, Judicial Crisis Network, Rule of Law Trust) son organizaciones sin ánimo de lucro únicamente dedicadas a reclutar, cultivar, preparar y nombrar jueces conservadores para los tribunales federales del país.

Reclutando jueces federales

Permitidme que me extienda un poco en esta materia, porque es una de estas cosas extrañísimas de la política americana que parecen ser aceptadas como normales por casi toda la prensa y desconocidas para la mayoría de los votantes.

El movimiento conservador americano, en los años posteriores a Roe v. Wade primero, y especialmente desde el fracaso de la nominación de Robert Bork, vive obsesionado con ganar el control del tribunal supremo. Su impresión (no del todo injustificada) es que la judicatura ha interpretado la constitución y leyes con un sesgo excesivamente progresista, creando e inventándose derechos donde antes no existían y contradiciendo el espíritu de la constitución. Los conservadores, además, estaban hartos de que jueces nombrados por presidentes republicanos acabaran abrazando causas progresistas en vez de ser estrictamente reaccionarios, como el caso de Kennedy con el matrimonio homosexual, o los giros a la izquierda de Souter, O´Connor o John Paul Stevens.

Así que decidieron organizarse.

El primer paso fue la creación de la Federalist Society, una de profesionales del derecho de corte conservador. La principal tarea de esta organización es poner en contacto jueces, profesores de derecho, y estudiantes prometedores para que intercambien ideas, conexiones, y ejerzan de mentores profesionales. En la práctica, lo que sucede es que los catedráticos y profesores conservadores en las facultades de derecho de élite del país se dedican a identificar y reclutar para la causa a aquellos alumnos con sólidos valores republicanos para la causa para que se unan a Federalist. La organización trabaja con ellos para buscarles entrevistas y ponerles en contacto con jueces también conservadores miembros del club, para que ejerzan como judicial clerks (secretarios judiciales, un cruce entre becario y asesor) un par de años en puestos clave al licenciarse de la universidad. Aquellos juristas que sean excepcionalmente buenos y prometedores serán calurosamente recomendados para ser clerks en el supremo, la “marca” de ser una mente legal de primera fila en Estados Unidos.

Os podéis imaginar cómo sigue el proceso. Una vez pasado el paréntesis judicial, los miembros de Federalist tienen la clase de credenciales que abren puertas en cualquier bufete de abogados del país o en casi cualquier departamento de derecho en facultades de élite. Tienen, además, una red de contactos gigantesca y una organización profesional excepcionalmente bien financiada detrás, y como Federalist no acostumbra a reclutar idiotas, talento de sobras para hacer carrera en el sector privado. A los miembros sólo les queda trabajar para embellecer su currículum, y esperar a que sucedan dos cosas: una vacante judicial y un presidente republicano en la Casa Blanca.

Es entonces cuando la cinta transportadora de movimiento judicial conservador entra en funcionamiento: la Federalist Society comparte con el presidente y los republicanos en el senado su lista de recomendaciones judiciales. El presidente nomina, y el senado se pone a confirmar jueces a destajo, algo que los republicanos han hecho a un ritmo frenético durante la administración Trump. Gente de fuera de la judicatura para jueces de distrito, jueces de distrito a jueces de apelación, y jueces de apelación al supremo, todos en fila, (casi) todos miembros de Federalist.

Este mecanismo era bien conocido en épocas pasadas, pero Bush (tanto padre como hijo) tenían ciertas ideas y preferencias sobre quién nombrar para juez. Los dos presidentes no tragaban todo lo que venía de Federalist, que era un lobby influyente, pero no dominante, en el proceso de nominaciones judiciales.

Trump no ha sido tan sutil. El pacto implícito de conservadores con el trumpismo es que le apoyarán siempre que les dejen nombrar jueces, y Trump literalmente pidió a Federalist su lista de recomendaciones durante la campaña electoral. Dado que todos los jueces federales son designados por el presidente y confirmados por el senado (sí, TODOS*) y que Obama había dejado un montón de vacantes debido a que los republicanos se negaron a confirmarle a nadie cuando ganaron el control de la cámara, esta ha sido una relación muy productiva, por decirlo de algún modo.

ACB es un producto de este sistema. Su carrera es bastante típica, aparte de venir de una facultad de derecho de segunda fila (Notre Dame, en vez de Harvard o Yale): clerk en un tribunal de apelación, después clerk con Scalia en el supremo, abogada en un bufete de prestigio, profesora asociada en Georgetown, titular en Notre Dame, nombrada juez de apelación el 2017 por Trump, y ahora dando el salto al supremo. Es muy joven para lo que se estila en el cargo (48 años), y es un nombramiento vitalicio: va a estar en el SCOTUS durante décadas.

Los seis jueces conservadores en el supremo son miembros de Federalist; bien pueden estar contentos.

Os preguntaréis, por cierto, de dónde sale todo este dinero que debe costar montar un chiringuito así, lanzar campañas televisivas, movilizar a las bases republicanas, influir a los senadores para que les hagan caso, etcétera. No es barato (hablamos de cientos de millones de dólares, gastados a lo largo de varias décadas) y no lo sabe nadie.

Literalmente: las organizaciones que llevan todo este proceso mantienen sus donantes en secreto, porque esto es América y aquí todo vale. Sobre la financiación de esta clase de chiringuitos, sin embargo, hablaremos en otra ocasión.

De la independencia judicial

Uno se puede preguntar si todo esto que hacen los conservadores americanos para colocar amiguetes en los tribunales sirve para algo, dado que tienen cargos vitalicios y están de vuelta de todo. Bueno, uno no se gasta cientos millones de dólares en montar cosas así sin estar seguro de que los jueces escogidos van a hacer lo que deben, y estos harán cosas como esta, para dejar claro que entiende su trabajo:

O este emotivo video de campaña:

Como nota adicional, con Barrett son tres los jueces del supremo que trabajaron en Bush v. Gore, el caso que decidió las elecciones presidenciales del 2000: Neil Gorsuch, John Roberts, y Amy Coney Barrett.

Los tres, sobra decirlo, estaban en el equipo legal de George W. Bush.

Gobernando desde las sombras

Los republicanos saben que es muy probable que Trump va a ser derrotado en las urnas la semana que viene, y que el partido va a recibir una tunda descomunal en las urnas. Saben que la demografía del país juega en su contra, y son perfectamente conscientes que muchas de sus ideas políticas son increíblemente impopulares. Dado que no son capaces de abolir regulaciones sobre empresas, prohibir el aborto o abolir la reforma de la sanidad de Obama mediante leyes, han tomado la decisión racional de llenar la gran institución contra mayoritaria del país, el tribunal supremo, de jueces de su cuerda, y dejar que ellos hagan el trabajo.

Es así de simple, y así de sencillo.

Bolas extra:

  • Los 52 senadores que han votado a favor de ACB representan estados con 13,5 millones de personas menos que los 48 que han votado en contra. El presidente que la ha nombrado sacó 2,9 millones de votos menos que su oponente en las presidenciales del 2016.

  • Este supremo con mayoría conservadora 6-3 parece estar muerta de ganas de desmantelar la voting rights act, ilegalizar la ley de sanidad de Obama, además de restringir el derecho al aborto y limitar enormemente la capacidad regulatoria del gobierno federal.

  • Rudy Giuliani es definitivamente el hombre más idiota de Estados Unidos.

  • Los sondeos no han cambiado apenas nada post-debate.

  • *De acuerdo, los jueces de inmigración y los jueces de bancarrotas no son nombrados por el congreso, sino lo son por jueces de carrera. Pero no son jueces “de verdad”, sino que sólo tocan un tema específico.

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