Hablando sobre COVID

¿Qué tienen que hacer las autoridades para convencer a los antivacunas?

Este pasado miércoles la CDC (Center for Disease Control) anunció un cambio en sus recomendaciones sobre uso de mascarillas para combatir la pandemia de coronavirus.

La recomendación anterior, publicada a mediados de mayo, venía decir que las personas que estuvieran vacunadas contra COVID no necesitaban utilizar mascarillas en casi ningún sitio, ni en interiores ni en exteriores. Sólo aquellos que no estaban inmunizados (y personas con insuficiencia inmunológica) debían seguir utilizándolas.

En su comunicado de esta semana, la CDC recomienda ahora que todo el mundo, sin excepción, debe volver a cubrirse la cara con una mascarilla dentro de edificios en zonas donde la incidencia del virus es alta (100 casos por cada 100.000 habitantes, en el baremo de la CDC), es decir, más de la mitad del territorio de Estados Unidos.

La recomendación central sigue siendo, por supuesto, vacunarse. Delta parece infectar a vacunados más a menudo y los vacunados son más contagiosos que con las cepas anteriores, pero las vacunas siguen ofreciendo una protección casi completa frente a complicaciones o muerte. Es decir, no hay motivos para alarmarse, pero sí para llevar mascarillas y limitar la extensión de la enfermedad.

Reacciones

Como de costumbre en este bendito país, este nuevo informe ha sido politizado casi de inmediato. El colectivo de histéricos progres asustadizos (porque existen) ha entrado en (otro) ataque de pánico y ya hablan de cerrar colegios, educación a distancia, y qué pensemos en los niños, porque aquí la obsesión de algunos parece ser que las escuelas no vuelvan a abrir nunca, o algo parecido.

En el mundo de los medios conservadores y republicanos soliviantados, sin embargo, la noticia ha sido la confirmación (otra vez) que la CDC no tiene ni idea de lo que dicen, que los progres quieren robarnos nuestras libertades, que todo es una conspiración socialcomunista, y que eso demuestra que el coronavirus es un fraude, las vacunas no funcionan, y que, si Dios quiere que me infecte, que así sea. Otra vez.

Es decir, nada nuevo, pero estos días chillan aún más fuerte.

¿Cómo convencer a los anti- vacunas?

Dejando de lado los chiflados (desgraciadamente influyentes), queda el debate sobre por qué la CDC ha cambiado de opinión, y qué estrategias de comunicación deberían haber tomado desde el principio de la crisis para que los ciudadanos confíen en sus recomendaciones. En este caso está siendo especialmente intenso porque las nuevas medidas se han hecho públicas antes de que los informes y evidencia empírica que los ha llevado a adoptarlas se hiciera pública. Lo que tenemos es, por ahora, una serie de filtraciones y documentos preliminares en el Washington Post.

Epidemiólogos hay pocos, pero expertos en comunicación y opinión pública (o gente que cree serlo) en este mundo está lleno, así que no faltan opiniones. Las posturas van desde los que podemos llamar “pro-simplificadores”, que dicen que la CDC debe hablar simple y claro, dar una recomendación fácil de entender y machacar con ello, a los “transparentistas” que dicen que la CDC debe primar la transparencia, explicar por qué tomas las decisiones que toma en detalle, y ser muy honesta en que según reciben nueva evidencia empírica irán cambiando de opinión.

Mi impresión, y en esto creo que tengo bastante evidencia empírica detrás, es que lo que diga la CDC realmente no importa demasiado. Ezra Klein hablaba de ello ayer en su columna en el NYT, y tiene mucha razón: en general, la persuasión no funciona. Es extremadamente difícil conseguir que alguien cambie de opinión sobre nada; los expertos pueden utilizar los mejores argumentos, probados en estudios, entrevistas, y demás, pero la apelación racional siempre será derrotada por la ideología e identificación partidista. Los seres humanos, más que seres racionales, somos seres racionalizadores, con una capacidad casi infinita de encontrar argumentos que justifiquen lo que ya pensamos. En un país donde un número significativo de vendedores de crecepelo, oportunistas políticos, demagogos y cretinos variados han hecho del politizar la vacuna una forma de vida, la CDC podía decir misa, que nadie iba a cambiar de opinión.

Si esto es cierto (y creo que lo es), lo de hablar clarito, despacio, y ser amable para que los escépticos se bajen del burro hará poco por mover el número de vacunados de forma significativa. Lo que debemos es recurrir a una estrategia que sabemos que funciona porque es como hemos llegado a los niveles de vacunación del 95% con otras enfermedades: hacer que las vacunas sean casi obligatorias.

Una cuestión de incentivos

El modelo es el que han empezado a adoptar algunos estados (como Nueva York y California) y el gobierno federal con sus empleados, además de muchas universidades y empresas privadas como Google. A partir de septiembre, hay que volver a la oficina. Los vacunados pueden reincorporarse sin más. Los no-vacunados deben hacerse un PCR dos veces por semana, tienen prohibidas comidas o viajes de trabajo, y deben llevar máscara todo el día en todas partes. Digamos que es el modelo a la francesa, pero en versión descentralizada light. Uno puede seguir sin vacunarse, pero si lo hace, su vida va a llenarse de inconvenientes.

Por desgracia, esta clase de iniciativas se va a topar con varios obstáculos. Primero, en el caso de los empleados públicos, tenemos unos sindicatos que son a menudo excepcionalmente carcamales y que se opondrán a ello. Segundo, en Estados Unidos no existe nada comparable al pasaporte de vacunación de la UE, porque los republicanos hubieran perdido la cabeza por completo, así que implementarlo será difícil. Algunos estados, como Nueva York, si tienen aplicaciones parecidas, pero no son habituales.

Tercero, y más importante, los lugares donde esta clase de incentivos son más necesarios porque hay menos vacunados son también donde más resistencia encontrarán. Si Ned Lamont, el gobernador de Connecticut, decide implementar medidas de esta clase, quizás viéramos algunas protestas de los flipados de siempre, pero dado que el estado tiene a un 82% de mayores de edad con al menos una dosis (y un 75% con la pauta completa) las restricciones no molestarán a casi nadie. En un lugar como Wyoming, Mississippi o Luisiana, donde el porcentaje de vacunados no llega al 50%, adoptar estas medidas hará que más de la mitad del estado se vea perjudicado, y la presión política será casi insostenible.

Y por supuesto, esa es la clase de sitios donde una regulación federal será vista con aún mayor hostilidad. No que importe, porque las competencias de salud pública están en manos de los estados.

Escenarios para terminar la pandemia

Así que quedan tres posibles salidas. La primera, y más obvia, es que los republicanos dejen de dar la murga con las vacunas y empiecen a hacer campaña en serio a favor de ellas. Por “los republicanos” realmente quiero decir Trump, porque si hay alguien que puede mover este debate es él. Por desgracia, el tipo es un cretino, así que dudo que lo veamos.

La segunda opción es que el sector privado sea quien cree esta clase de restricciones, sin interferencia federal. Si Walmart, Amazon, McDonalds y demás grandes empleadores del país empiezan a decir que o vacuna o PCR, la ideología empezará a dejar paso a la voluntad de que no te metan un palo por la nariz dos veces por semana hasta el fin de los días, especialmente si la prueba te la tienes que pagar tú. De momento, las empresas que están poniendo estas condiciones son sitios como Facebook o Apple, pero si Delta sigue extendiéndose quizás otras se sumen.

La tercera, me temo, es la opción más probable, y es la que (creo) que la CDC asume como el futuro que nos espera. En este escenario el 30% de americanos que no quieren vacunarse sigue sin hacerlo, y COVID básicamente acaba por infectar a todo el mundo tarde o temprano. Dado que los no-vacunados son (relativamente) jóvenes, la mortalidad nunca llega a los picos de abril del año pasado o enero de este año, pero la enfermedad sigue matando varios centenares de personas cada día durante meses.

La pandemia nunca acaba de desaparecer, y el coronavirus acaba por convertirse en una enfermedad endémica, tras matar a muchísima más idiotas de los que debería porque no quisieron ponerse la inyección. Como señala Brad Delong, si el R0 de la variante delta es tan alto como parece (7,5), incluso con un 90% o más de vacunados el virus puede seguir activo aun con las vacunas reduciendo considerablemente la probabilidad de infectarse.

Es un futuro menos malo de lo que parece, si el virus no muta mucho más; COVID sería una gripe especialmente insidiosa y ligeramente más letal, pero no una pandemia con cientos de miles de muertes. Pero para llegar a ello vamos a tener que comernos meses y meses de muerte y sufrimiento completamente innecesario.

Y todo porque Fox News y sus mariachis decidieron que politizar una vacuna era buena idea.

Bolas extra: