Hablar sobre inmigración

El debate artificial de la política migratoria en Estados Unidos

El discurso de Kamala Harris en Guatemala pidiendo a aquellos que quieren emigrar a Estados Unidos que “no vengan” ha sido recibido con cierto estupor en la izquierda demócrata. Alexandria Ocasio-Cortez criticó las palabras de la vicepresidenta, diciendo que pedir asilo político en la frontera es una legítima de inmigración. Varios grupos de activistas han hablado de los conflictos internos del país y cómo aquellos que huyen de Centroamérica lo hacen por necesidad, no por gusto.

Como casi todo lo que tiene que ver con inmigración en Estados Unidos, es un debate absurdo, ya que evita hablar directamente tanto de las causas como de las consecuencias de la inmigración en el país, o sobre posibles reformas legales para cambiar la situación.

Por encima de todo, ignora el factor más importante: la inmigración no es un problema. Veamos.

Causas y consecuencias

Sobre las consecuencias de la inmigración he hablado otras veces en otros sitios. En este tema, soy un integrista: es increíblemente positiva para el país receptor, no genera perdedores (o muy, muy pocos), y deberíamos tener mucha más, no menos. Mi posición no se debe a temas morales, de justicia social, aprecio por el multiculturalismo o refugees welcome (aunque simpatizo con muchas de esas ideas), sino es puramente economicista y utilitario.

Recibir inmigrantes es crecimiento económico gratis. Los costes de asimilarlos son mucho menores que el retorno que generan. Los temores de invasión cultural, identidad de occidente y demás chorradas parecidas me parecen de una cobardía insufrible y de un iliberalismo atroz.

Mi condición de inmigrante en este país de locos, por supuesto, tiene algo que ver, pero lo cierto es que la evidencia empírica es abrumadora en este aspecto.

De las causas también se está hablando mucho, porque como de costumbre los demócratas empiezan todos los debates a la defensiva y después se extrañan cuando nunca parecen ganarlos. La gente quiere mudarse a Estados Unidos porque es un país increíblemente rico donde uno puede aspirar a una vida mejor. Este sigue siendo un lugar que sabe recibir y asimilar inmigrantes, convirtiéndolos en esa bonita mezcla de patriotismo hortera y nostalgia de la madre patria en pocos años. Que Guatemala tenga bandas armadas o no es casi irrelevante cuando el salto de prosperidad y expectativas de futuro es tan colosal.

Esto hace que, ya de entrada, el debate sobre inmigración me parezca absurdo, especialmente en Estados Unidos. La extraordinaria riqueza del país ha sido construida sobre colosales llegadas de inmigrantes de todo el mundo, y es un sitio donde vive, medio bien, gente de todo el planeta.

En política, sin embargo, sólo hay un cierto consenso de que la inmigración es positiva (y todo el mundo se va a apresurar a contarte de qué país eran sus abuelos, que es una tradición americana), pero debate sobre el cómo y el quién puede entrar en el país se ha convertido en un auténtico circo que nadie quiere arreglar.

Sobre leyes migratorias

La mejor forma de describir las leyes migratorias de Estados Unidos ahora mismo es decir que son un galimatías incomprensible que llevan sin actualizarse de forma significativa desde mediados de los noventa, sino antes. Los canales para inmigrar de forma legal al país son múltiples, variados, y complicados hasta decir basta. Pedir un visado, permiso de residencia, naturalización o cualquier otro estatus migratorio es algo que a menudo requiere toneladas de papeleo, cantidades ingentes de dinero (porque uno tiene que pagar por los trámites) y en muchos casos un abogado competente.

La cuestión es que Estados Unidos es un destino tan atractivo que hay literalmente millones de personas dispuestas a tragarse estos trámites. Incluso durante los años de Trump, cuando la administración hizo todo lo posible para disminuir los niveles de inmigración, cada año más de un millón de personas entraban al país legalmente.

Dado que inmigrar legalmente es complicado hasta niveles casi cómicos, es comprensible que un porcentaje considerable de entradas sean de gente sin papeles. Como era de esperar, los datos en este caso son un poco menos fiables, pero todo indica que el número de inmigrantes sin documentos lleva bajando desde al menos el año 2007, hasta rondar los 10 millones en la actualidad. Si alguien cree que la inmigración ilegal es un problema (que no lo es), estamos ante poco más de un 3% de la población del país. Es un error de redondeo.

En agregado, menos de un 14% de la población de Estados Unidos ha nacido fuera del país, una cifra que está cerca (pero no alcanza) los máximos históricos de principios del siglo XX. Como referencia, esta cifra está por debajo de la media de la OCDE - y es menor que la de España.

La “crisis” de la frontera

El histerismo de los republicanos sobre inmigración, incluso pre-Trump, siempre tiene el mismo punto de partida: “recuperar el control sobre nuestras fronteras”. La imagen de refugiados e inmigrantes cruzando el Río Grande de noche para entrar en el país es una de las fijaciones de Fox News y el discurso conservador americano, y es lo que acaba monopolizando el debate, una y otra vez.

En realidad, lo que vemos es lo siguiente:

Cada año sobre 400.000 personas que intentan cruzar la frontera son detenidos, y casi en su totalidad, devueltos a Méjico. En tiempos recientes hemos visto picos de entrada más altos, pero lo que sucede sigue siendo lo mismo. No tenemos cifras exactas sobre cuántos logran entrar, pero es difícil creer que sean demasiados en vista del descenso sostenido del número de inmigrantes residentes en el país sin papeles. No hay mucha historia que debatir.

Reformando el sistema

Es bastante obvio que si entendemos que la inmigración legal es buena para el país, y que el sistema actual es un caos ridículo que no hace más que crear incentivos para que la gente se salte la ley, quizás valdría la pena aprobar una reforma. El congreso lleva fracasando en ello desde la presidencia de George W. Bush, y no hay visos de que se pueda cambiar gran cosa.

En el fondo, lo que tenemos es una adorable paradoja política. La inmigración no es un problema urgente y el sistema actual, aunque caótico, más o menos hace lo que se supone que debe hacer. Todo el mundo, dice, sin embargo, que debemos arreglarlo, pero se ha politizado tanto y el congreso es tan disfuncional que no se aprobará ninguna reforma migratoria.

Así que seguiremos sin arreglar este gran problema que no existe.

Por supuesto, hay bastantes cosas que se podrían mejorar, y aquí es donde entra la “flexibilidad” de la legislación migratoria actual. Dado que al legislativo ni está ni se le espera, todos los presidentes desde Bush han “interpretado” las normas sobre inmigración de manera creativa, haciendo el sistema más o menos hostil a los inmigrantes (legales e ilegales) en el proceso. Obama, por ejemplo, fue muy hostil aplicando la ley al principio de su mandato, ya que quería pactar una reforma migratoria con el GOP, pero su administración fue moderándose con el tiempo. Trump habló como un intransigente, pero a menudo su administración fue demasiado incompetente como para reducir la inmigración de manera efectiva.

Biden ya ha dado señales que será más flexible, anunciando cambios en cómo se procesan aplicaciones de residencia, aumentando la cuota de refugiados y estudiando ampliar el número de visados para inmigrantes cualificados. El único fleco que no se puede alterar con regulación es la legalización de los sin papeles, por desgracia.

En realidad, los votantes americanos son bastante favorables a permitir más inmigración. Están preocupados por la “crisis” de la frontera, pero no hay una amplia mayoría social hostil a nuevas llegadas. La minoría que está obsesionada con estos temas, no obstante, parece votar con entusiasmo en primarias republicanas.

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