Jurados, testigos, cómplices

El segundo impeachment a Donald Trump esconde preguntas y verdades incómodas

El asalto al capitolio del seis de enero fue un evento extraordinario. Era de esperar que el segundo impeachment de Donald Trump, un evento sin precedentes en la historia del país, también lo fuera.

En términos sustanciales, la acusación contra Trump, incitación a la rebelión, está más que probada. Lo estaba el mismo seis de enero, porque el entonces presidente cometió el crimen en directo, por televisión. Llevaba haciéndolo, en Twitter, prensa, radio, televisión, teléfono y palabra sin cesar, de manera incansable, desde la noche en que perdió las elecciones. Trump llevaba meses subvirtiendo el orden democrático. Había llamado a sus seguidores a Washington el seis de enero, repitiendo que era el día en que iban a luchar. Un día histórico.

Es posible, incluso probable, que Trump o alguien de su entorno supiera que había grupos organizados planeando el asalto. Es posible, incluso probable, que Trump al ver el asalto actuara de forma negligente, negándose a enviar ayuda. Dirimir esto requeriría testigos, investigaciones, pesquisas; el FBI está, a buen seguro, investigándolo. En ambos casos, no obstante, hablaríamos de agravantes, no de pruebas del delito. Todo lo que Trump dijo en voz alta ya es suficiente. No hace falta añadir nada.

Nada de esto importa, porque una mayoría de republicanos van a votar a favor de exonerar al expresidente.

Los argumentos contra la condena

De viva voz, los senadores republicanos dan tres argumentos distintos. Los más sofisticados, o los que conservan aún algún sentido del ridículo, argumentan que el impeachment es inconstitucional. Trump ya no es presidente, así que no puede ser juzgado. Pasemos página, etcétera.

Este es un argumento absurdo. Primero, porque hay un precedente; William Belknap, secretario de guerra bajo Ulysses S. Grant, fue juzgado en el senado en 1876 después de su dimisión, acusado de corrupción. Segundo, porque la constitución no menciona plazos, y es obvio para cualquiera que haya leído los Federalist Papers que los padres fundadores no estarían por la labor de dejar unas semanitas de impunidad presidencial al término de cada mandato. Esconderse en excusas procedimentales, sin embargo, es algo cómodo, ya que no exige entrar en el fondo del asunto. Esta es la vía que tomaron 44 senadores el martes, cuando votaron en contra de que la cámara tomara en consideración el caso.

La segunda línea argumental es básicamente defender que quizás Trump dijo algunas cosas extrañas, pero nada cercano a una ofensa que merezca esta demonización. La excusa más creativa es que animar a tus fans a asaltar el congreso e intentar subvertir repetidamente el resultado de unas elecciones presidenciales forman parte de la libertad de expresión de Trump (no, no estoy bromeando). Un poco como decir que Charles Manson era inocente porque él sólo pedía que asesinaran a gente y esas son sus ideas y hay que respetarlas (aquí tenéis una discusión jurídica sobre este argumento).

La tercera es la que ha tomado Ted Cruz y gente en Fox News como Tucker Carlson, y consiste en decir que todo esto no es más que otra muestra del odio irracional que tienen los medios de comunicación y el partido demócrata contra Trump. CNN, MSNBC, el NYT y el resto de los medios están falseando la realidad, y los videos y argumentos demócratas son exageraciones, conspiraciones, buscar causa y efecto a base de editar y manipular videos y tergiversar lo que dice el presidente. El impeachment es una gran pérdida de tiempo, ya que los demócratas saben que no tienen los votos para ganar. Ah, y lo de Black Lives Matter fue mucho peor.

La importancia de juzgar

Dado que los demócratas necesitan al menos 17 votos republicanos para condenar al presidente y ahora mismo parece muy dudoso que puedan conseguir más de seis, uno diría que, entre todos estos argumentos falaces, el de la pérdida de tiempo quizás tenga algo de verdad. Tras dos días de presentaciones y argumentos legales, sin embargo, creo incluso sabiendo que (casi seguro) van a perder, este juicio tiene un valor inmenso.

Para empezar, el contraste entre los argumentos de los impeachment managers (los miembros de la cámara de representantes que llevan la acusación) y los abogados de Trump ha sido tremendo. Los demócratas han presentado un caso coherente, impecablemente argumentado y preparado, legalmente sólido. Esto no tiene demasiado mérito cuando el acusado es espectacularmente culpable, pero su contraposición con el triste, delirante espectáculo de los abogados del presidente intentando defender lo indefendible sin talento alguno fue brutal. Es público y conocido que Trump ha tenido enormes dificultades para encontrar abogados ya que nadie quería defenderle, pero los argumentos de Bruce Castor, uno de sus letrados, fueron tan esperpénticos que incluso convencieron a que un senador republicano cambiara de opinión y votara que el impeachment era constitucional.

Segundo, exponer, explicar, contar, mostrar, narrar, enseñar negro sobre blanco lo que sucedió el seis de enero y lo que hizo y dijo Trump en las semanas y meses anteriores es casi un imperativo moral, una exigencia histórica. Los representantes que llevan el caso y su equipo de abogados han presentado los hechos con un aplomo y claridad notables.

El asalto al capitolio es, probablemente, uno de los crímenes más filmados y fotografiados de la historia, ya que los patanes que lo ejecutaron se creían héroes y lo grabaron todo ellos solitos. La cantidad de metraje, de declaraciones, de discursos, de anécdotas es tan abrumadora, sin embargo, que era difícil tener una idea clara de lo que sucedió, paso a paso. Los managers han hecho un trabajo excelente conectando esas imágenes unas a otras, dándoles un hilo, una narrativa coherente. La presentación de ayer, cuando detallaron paso a paso lo cerca que estuvieron los insurrectos de alcanzar a legisladores y vicepresidente (Mitt Romney los evitó de puro milagro) fue estremecedora; varios senadores republicanos reconocieron que se sentían abrumados tras verla.

La acusación, casi con total seguridad, va a perder el caso. Los demócratas no van a poder sumar los 67 votos necesarios para una condena. En política, sin embargo, hay veces que uno debe actuar incluso sabiendo que saldrás derrotado, porque es necesario dejar claro dónde estabas, qué sucedió, y quienes estaban en contra.

Un juicio único

El impeachment de Trump es un caso extraordinario ya que los miembros del jurado, los cien senadores que votaran sobre la culpabilidad del expresidente, fueron testigos del crimen. Trump envió una horda de insurrectos a atacar su edificio, a linchar a legisladores en esa misma cámara. En los videos mostrados ayer, la masa enfurecida pedía la cabeza de algunos de ellos gritando sus nombres. Incluso así, tras verse a sí mismos huyendo, siendo evacuados, saliendo de la cámara por puertas ocultas y pasajes secretos, viendo a colegas, amigos, compañeros muertos de miedo, muchos van a votar en contra de condenar al presidente.

Durante el juicio, los representantes que llevan la acusación han evitado puntillosamente decir en voz alta cómo alguno de los senadores en la cámara, alguno de los miembros del jurado, estuvieron ayudando y animando activamente a Trump en los días anteriores al asalto. Ted Cruz, Josh Hawley, Tommy Tuberville, Rick Scott, y muchos otros republicanos no eran víctimas del asalto, eran cómplices. Tuberville incluso estaba pasando información a Trump durante el asalto. Una parte muy significativa del partido republicano vendió su alma al diablo estos cuatro años.

Este juicio, esta votación, dejará claro quiénes son.

Como de costumbre, el rey de los cínicos volverá a ser, otra vez, Mitch McConnell. Tras insinuar que apoyaba el impeachment e insistir en que era necesario aplazarlo hasta después de que Trump abandonara el cargo, seguramente votará a favor de exonerarle bajo la premisa de que juzgar a alguien que ya no es presidente es inconstitucional.

Sí, quizás durante los próximos días tengamos sorpresas, revelaciones inesperadas o Trump dé una rueda de prensa y diga algo excepcionalmente estúpido que anime a los republicanos a condenarle. Ahora mismo, lo más probable es que este impeachment sea para la historia, más que para la política de hoy.

Bolas extra:

  • ¿Os acordáis de esa llamada de Trump al secretario de estado de Georgia que fue un escándalo monumental el cinco de enero antes de que el asalto al congreso hiciera que nos olvidáramos de ella? La fiscalía del estado de Georgia ha lanzado una investigación criminal sobre el caso, porque presionar a un político para que altere el resultado de unas elecciones resulta que es delito.

  • Mi vida esta semana es desmenuzar el proyecto de ley de presupuestos de Connecticut, que me tiene amargado, y apoyar legislación sobre sanidad. Porque la vida sigue en los estados.

  • El Departamento de Justicia de Trump intentó proteger a Rudy Giuliani, el hombre más estúpido de América, de investigaciones sobre sus chanchullos en Ucrania.

  • El ocaso de Rush Limbaugh y la radio conservadora americana.

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    Foto: Blink O´Fanaye.