Lecciones de simetría

Biden tiene el primer escándalo de su campaña presidencial. No será el último.

En medio de una pandemia, el partido demócrata ha encontrado tiempo de meterse en una de sus grandes tradiciones, un escándalo estúpido. Y como siempre, la prensa americana ha picado en el anzuelo de lleno.

Por partes. Joe Biden es la clase de político que abraza a la gente. Es un tipo efusivo que siempre ha tenido la reputación de echarse encima de la gente, sean votantes o sea un gobernador cualquiera. Le gusta dar abrazos. El tipo es así.

El pasado abril, hará cosa de 15 años (en esos tiempos en que Bernie tuvo un infarto y Warren iba líder en los sondeos, empatada con Biden), hubo una mini-polémica de tres o cuatro días en la que varias mujeres salieron a acusar a Biden de tocarlas de forma poco apropiada. En estos días de Me too y con el ala progresista del partido demócrata abrazando el feminismo, se habló varios días sobre cómo Biden era demasiado cariñoso con las féminas, y que eso quizás en los ochenta y noventa estaba bien, pero que ahora quedaba feo.

Una de las mujeres que acusó a Biden de abrazarla demasiado fuerte fue Tara Reade, una ex-asistenta de Biden en el senado a principios de los noventa.

El debate pasó, y el partido demócrata resultó ser más centrista de lo que creían los sanderistas. Biden barrió Carolina del Sur, reventó la campaña el supermartes, y se llevó la nominación tras gastarse dos duros con relativa facilidad.

El 25 de marzo, en una entrevista en una radio independiente de Nueva York, WBAI, Reade cambió su historia. Biden, dijo, no le había llamado guapa o puesto su mano en el hombro o tocado el cuello un poco demasiado, sino que le metió la agredió sexualmente - podéis encontrar la descripción de lo que acusa a Biden aquí. La acusación en un principio pasó un tanto desapercibida hasta que el coro de medios conservadores americanos, ex-Sanderistas post-derrota electoral y Trumpistas en Twitter hizo que los medios generalistas empezaran a investigar las nuevas alegaciones.

Durante las últimas tres semanas, el NYT, Washington Post, AP, y en general todos los medios que cubren las presidenciales han tenido reporteros investigando la historia. Como era de esperar ante una alegación de algo que ocurrió en 1993, han encontrado pocos datos concretos (algunas historias de segunda mano, conocidos de Reade que recuerdan que en algún momento les había dicho algo sobre una agresión sexual de cuando trabajaba en el senado, una llamada al programa de Larry King en CNN de la madre de Reade insinuando problemas en el trabajo de su hija) pero no una confirmación directa. Nadie ha encontrado evidencia documental de una queja formal de Reade a sus supervisores o al senado. Las pruebas contra Biden son, en el mejor de los casos, bastante endebles; hay buenos motivos para dudar que la historia de Reade sea cierta.

Biden lleva en política desde hace unos tres mil años y aunque tiene fama de cariñoso, su reputación en cómo trataba sus empleados en el senado era intachable. La campaña de Obama hizo, antes de nominarlo vicepresidente, un repaso exhaustivo de todo su historial, incluyendo documentos privados, y no encontraron nada entonces. Lindsey Graham, senador republicano muy amigo de Trump, le ha defendido públicamente.

¿Quiere decir eso que Tara Reade miente? Por supuesto que no; no lo sabemos. Y ese es el problema en que se ha metido el partido demócrata.

El año pasado, durante la confirmación de Brett Kavanaugh para un puesto en el tribunal supremo, el partido perdió (un poco bastante) la cabeza cuando una mujer le acusó de haberla violado cuando ambos eran adolescentes. El caso era parecido (décadas después, poca o ninguna evidencia directa), pero los demócratas se pasaron alegremente de frenada intentando bloquear la nominación, oponiéndose como si no hubiera duda alguna. Los republicanos (y el sector sanderista palizas del partido, que parece que no aprende) están cantando todos a una eso de que “yo creo a Tara Reade” y acusando a los demócratas de hipocresía por mantener a Biden como candidato.

Tienen razón en la hipocresía, obviamente, aunque en vista de que ni un sólo demócrata de peso haya pedido la retirada de Biden, creo que la hipocresía fue con Brett Kavanaugh, no con Biden ahora.

La acusación de Reade no será suficiente para que Joe Biden pierda la nominación, fuera de la aparición de pruebas mucho más concluyentes de las que han aparecido hasta ahora. Biden es muchas cosas, pero no es Bill Clinton. El problema, sin embargo, será la cómo los medios americanos van a cubrir esta noticia, que sí será un problema para la campaña.

Los medios conservadores americanos están pidiendo que para demostrar su inocencia Biden debe abrir sus archivos personales, ahora mismo bajo llave hasta que se retire de la política en la universidad de Delaware. Sólo una investigación independiente, dicen, puede aclarar el caso y disipar cualquier duda. Si hay algo que el resto de prensa en Estados Unidos teme sin mesura es que Fox News les acuse de ser “progresistas” o “pro-demócratas”, así que, como un reloj, el editorial del NYT del viernes pedía que Biden abriera sus archivos a investigadores imparciales.

¿Os acordáis de los dichosos e-mails de Hillary Clinton el 2016? Bueno, aquí lo tenemos de nuevo. Fox y sus mariachis están pidiendo a alguien que demuestre su inocencia y pedirán documentos, investigaciones, y más documentos sin cesar. Si Biden le da a alguien acceso a sus archivos, obviamente se quejarán de la imparcialidad de los investigadores, y harán todo lo posible para expandir la investigación y buscar cualquier cosa que suene mal. No importa lo que encuentren, no estarán satisfechos en absoluto con las pruebas presentadas, y seguirán pidiendo, pidiendo, y pidiendo hasta el fin de los días. El resto de los medios verán los ataques de Fox y se sentirán obligados a cubrir la polémica para no parecer parciales, y estaremos semanas y semanas y semanas dando igual importancia a un caso endeble de acoso sexual de hace 27 años que a la montaña de escándalos de Trump durante toda su carrera, incluyendo, por cierto, más de una docena de acusaciones creíbles de abusos sexuales.

¿Creéis que exagero? En el 2016, los e-mails de Clinton recibieron más atención en solitario que todos los escándalos de Trump juntos. Y estamos hablando de Trump, un tipo con múltiples bancarrotas, juicios por fraude, acusaciones de violación, grabaciones en audio donde presume de abusar sexualmente a mujeres, conexiones con la mafia, un jefe de campaña que era un agente ruso (¡y que dimitió tras la convención!), y Dios sabe qué clase de fraudes fiscales en sus impuestos. Todo apunta, leyendo la prensa y viendo la cobertura televisiva estos días, que Tara Reade está recibiendo exactamente el mismo trato que el escándalo estúpido del servidor de Hillary que nunca llevó a nada coherente.

Los medios americanos parecen no haber aprendido nada, nada, nada de la campaña del 2016.

Bolas extra:

  • Es demasiado temprano para hacer predicciones sobre las elecciones de noviembre. Si la tasa de paro está rozando el 20% en octubre, Biden puede arrancarles la cabeza a gatitos a dentelladas durante el debate presidencial y ganaría igual.

  • Si insisten, los sondeos están llenos de malas noticias para Trump estos días, pero sigue teniendo una ventaja inherente en el colegio electoral: los estados decisivos parecen serle más favorables que la media nacional.

  • Hace uno o dos correos señalaba que mi temor era que Estados Unidos se quedara encallado en 1800-2000 muertes de coronavirus diarios, sin que bajara la curva más allá de donde estamos. Llevamos cuatro semanas en esas cifras, y hay motivos para creer que esto es lo que está sucediendo. Los casos en Nueva York han caído en picado gracias a un confinamiento casi tan duro como el que hemos tenido en España. El problema es que en el resto del país o se han estancado o siguen creciendo.

  • De forma más preocupante, hay muchos estados que están reabriendo, incluso cuando su curva de contagios sigue en fase de crecimiento, como Texas o Georgia. Es muy posible que los americanos estén tan asustados como el resto del mundo y las medidas de distanciamiento social más o menos persistan y tengan un aumento de muertes al estilo sueco, malo, pero no atroz.

  • El problema es que “ser como Suecia” pondría a Estados Unidos con más de 100,000 muertes a finales de mes. Y por supuesto, no es algo que esperas ver que suceda en Alabama o Texas, que muy suecos no son. No lo sabremos hasta finales de mayo; esperemos que haya suerte y el virus remita cuando empiece a llegar el calor. La alternativa es… bueno, ya os la imagináis.