Los problemas del ganador

Los demócratas han ganado las elecciones. Están debatiendo como si las hubieran perdido.

Los dos partidos políticos americanos han reaccionado a los resultados de las elecciones presidenciales de forma contradictoria.

Los republicanos, tras perder el voto popular por séptima vez en las últimas ocho elecciones, están actuando como si hubieran ganado. Normalmente cuando un partido se lleva una tunda electoral por segunda vez consecutiva (no olvidemos que el GOP fue barrido en las legislativas del 2018) se abre un periodo de reflexión, que es una forma educada de decir que se lían a tortazos internamente intentando echarle la culpa de la derrota a otra facción del partido. En trumplandia, esto no ha sucedido; los republicanos han llegado a la conclusión de que si han perdido la Casa Blanca es por mala suerte y tener un mal candidato, pero en el resto de las elecciones les ha ido bien.

Los demócratas, mientras tanto, llevan varias semanas sumidos en la clase de debate semi- depresivo que uno espera ver en el partido tras llevarse una tunda electoral. Debate que incluye, por supuesto, el tradicional baile de guantazos donde cada facción acusa a sus rivales ideológicos de los problemas del partido.

Sobre el porqué de la aparente tranquilidad republicana hablé un poco aquí (“quien diga que hemos perdido, disidente”), así que vale la pena hablar un poco de las tribulaciones del partido demócrata.

Las dudas del ganador

Empecemos por el origen de estas discusiones. El primer factor son las expectativas; el partido esperaba sacar mejor resultados de los que acabaron obteniendo en noviembre. Quizás no en las presidenciales, donde todo el mundo miraba las encuestas con una desconfianza que rozaba la paranoia, pero sí en el congreso, donde sufrieron considerables pérdidas en la cámara de representantes. Esta dualidad de resultados ha hecho que muchos dentro del partido hayan llegado a la misma conclusión que el GOP (Trump era un mal candidato), generando inquietud sobre el futuro de la formación.

El segundo factor está asociado al primero, y parte del reconocimiento en muchos sectores del partido de que las ventajas estructurales del partido republicano y el sesgo institucional del sistema político hacen obligan a los demócratas a cambiar de estrategia. En Estados Unidos un partido no puede hacer nada sin controlar el congreso, y puede hacer aún menos si se muestra incapaz de ganar elecciones a nivel estatal de forma consistente (esto es, gobernadores y estados). Dado que reformar la constitución para reducir el sesgo ruralista del senado es imposible, los demócratas tienen que encontrar una manera de ampliar sus bases para poder competir.

El tercer factor es el típico faccionalismo del partido, con los moderados diciendo que las pérdidas en el congreso son por culpa de los progresistas hablando de defund the police, y los progresistas diciendo que el problema es que los moderados se presentaban con un programa electoral tan ilusionante como un listín telefónico.

Ampliando las bases del partido

De los tres debates, creo que el más interesante es el segundo. El partido demócrata es mayoritario en el país, pero su distribución geográfica es tremendamente ineficiente. Sus votantes se concentran en las grandes ciudades y los suburbios que las rodean, ganando terreno de manera uniforme en las zonas más económicamente dinámicas del país. Es probable que la tendencia actual de ciudades en las dos costas y el Sunbelt (suroeste del país) ganando población se mantenga, ya que vivimos en un mundo donde las economías de red favorecen la concentración geográfica de la actividad económica, así que la desventaja demócrata no hará más que aumentar. El partido necesita más votos rurales y recuperar terreno en el voto blanco sin estudios superiores para poder competir a largo plazo.

El debate, claro está, es cómo hacerlo. Los moderados del partido insistirán que el partido no puede seguir tirando al monte hacia la izquierda, y que la constante presencia de activistas bocachanclas en la periferia demócrata y la ruidosa ala progresista de Sanders, AOC y familia hacen imposible ganar fuera de las ciudades. Los republicanos se han pasado todo este ciclo electoral hablando sobre los excesos progres en cancel culture, señalando como no condenaban la violencia en las calles con suficiente energía y aullando sobre socialismo; esos ataques son letales en sitios como Ohio, Indiana, Iowa, Florida y Texas. La solución sería, en este caso, un giro al centro, dejando de lado la retórica antiracista, hiperfeminista, antipolicía, y super woke de lado, y hablando de reformas concretas dirigidas a esos grupos que queremos atraer.

Una especie de vuelta al partido de Bill Clinton y (en menor medida) Barack Obama, vamos.

Los progresistas, en cambio, dicen que el partido debe cambiar sus prioridades. Para empezar, no importa lo más mínimo lo que defiendan los demócratas, los republicanos les van a llamar radicales socialistas antipatriotas igual, cogiendo a cualquier exaltado de Twitter como símbolo de los males del socialismo que viene. Irse al centro de forma preventiva no funciona, y en un año donde Joe Biden era candidato (la encarnación viviente de la moderación) hemos visto que no funciona. El antiracismo, feminismo, etcétera, es además lo que anima a las bases demócratas a ir a votar; si el partido simplemente se desarma de forma unilateral en estos temas, muchos de sus votantes se quedarán en casa.

La respuesta correcta al fracaso del partido, en todo caso, es cambiar el debate. Este artículo de Eric Levitz en New York Magazine es un buen punto de partida. La teoría de gente como David Shor (seguramente el mejor analista en la izquierda), Ezra Klein, Noah Smith, entre otros, puede resumirse en esta imagen:

Un mensaje nuevo

Para empezar, los demócratas necesitan un programa simple. El partido debe coger tres conceptos que sean populares en las encuestas, fáciles de explicar, ambiciosos en sus resultados y que puedan tener un impacto inmediato y obvio en el electorado y machacarlos sin piedad. “Trabajadores, marihuana, salarios” es un buen punto de partida: hablar sobre pleno empleo, tolerancia social en algo que increíblemente popular (legalizar la marihuana lo es; no preguntéis por qué) y subir salarios. Respetar la dignidad del trabajo, que el gobierno no se meta en tu vida, atizar al patrono que paga mal.

Esta aproximación tiene cuatro ventajas fundamentales. Para los que nos preocupan las desigualdades raciales (etcétera, etcétera) resulta que el pleno empleo y subir salarios mínimos las reduce, y legalizar la marihuana evitará que mucha gente de color vaya a la cárcel (aunque el porcentaje de consumo por raza es similar, casualmente acaban menos blancos en la cárcel por ello). Segundo, es un mensaje que sabemos que puede funcionar en estados conservadores, porque cada vez que algo en este sentido se vota en referéndum (por ejemplo, subir el salario mínimo a $15 en Florida) la opción progresista gana de calle. Tercero, es simple. Es fácil de explicar. Las medidas asociadas son conocidas y sabemos lo que funciona. Cuarto, y más importante, permite que el partido deje de estar a la defensiva todo el santo rato y pueda defender algo, lo que sea, de forma unificada y sin rodeos.

¿Qué haría el partido con el resto de la agenda? Lo mismo que hacen los republicanos con gran parte de la suya: no hablar de ella en absoluto, pero implementarla cuando llegan al poder. El GOP no va por el mundo diciendo que quiere bajar los impuestos a los ricos, porque saben que es impopular. Lo que hacen es ignorar cualquier pregunta o ataque sobre el tema y concentrarse en los que les da votos. Los demócratas deben aprender a mantener esa misma disciplina de mensaje, guardarse los temas polémicos o que movilizan al voto conservador en la mochila, e insistir en su mensaje, una y otra vez.

El debate interno del partido, entonces, debería ser encontrar los tres temas fundamentales que puedan movilizar a los progresistas universitarios en los suburbios y al voto de clase trabajadora simultáneamente - y que sean políticamente aceptables para todo el mundo dentro del partido. “Trabajadores, marihuana, salarios”, por ejemplo, no acaba de cuadrar, porque a los moderados del partido se oponen a legalizar drogas. Mi sensación es que cambio climático tiene que estar en la lista en alguna parte al ser un tema que ha dominado el voto joven; sablar a los ricos con más impuestos es también popular, igual que la sanidad. Los demócratas deben evitar la tentación de hablar de todo, escoger tres, e ir a la guerra con ellos en todo el país. La tentación habitual de los moderados de presentar a gente de extremo centro en estados conservadores es perder el tiempo en un contexto político tan polarizado.

Descubriendo el marxismo

Si esto os suena a “cielos santo, el partido demócrata ha descubierto la socialdemocracia”, bueno, no sois los únicos. Estos días he estado en un buen puñado de reuniones y conversaciones donde gente del partido y otras organizaciones progresistas me decía que la izquierda no puede obviar cuestiones de clase al presentar su agenda. En este país nunca se habla de clase social, a pesar de ser la sociedad más clasista de occidente. La izquierda americana tiene una tendencia increíblemente irritante a irse por las nubes y querer listarte todas las injusticias cometidas por la humanidad desde que el Mayflower llegó a Nueva Inglaterra, sin dar prioridad alguna a la injusticia que domina este país. Y sí, una parte tremenda de las diferencias sociales en Estados Unidos derivan del racismo, pero un poco de lucha de clases también ayudaría a la gente de color en este bendito país.

No sé si el partido demócrata sería capaz de abrazar un programa político de este estilo, o llegar un consenso así. En las primarias presidenciales hubo varios candidatos que parecían entender esta clase de estrategia (Yang, Buttigieg, Warren); Biden no andaba muy lejos, aunque su agenda estaba poco definida.

Y por supuesto, es un poco desesperante que un partido que gana elecciones de forma consistente tenga que acomodar un sistema político demencial de este modo, pero ya se sabe.

Bolas extra:

  • Parece que habrá estímulo fiscal, pero los debates son un poco más complicados de lo previsto.

  • Un tema polémico en el estímulo: ayuda directa a estados y ciudades, algo increíblemente importante para muchos estados, especialmente aquellos con sistemas fiscales más regresivos.

  • El otro tema polémico, si se debe permitir a la reserva federal actuar en caso de que lo crea necesario. Los republicanos se oponen.

  • Trump ha enviado 729 tuits desde el día de las elecciones. En ninguno ha mencionado a los fallecidos por la pandemia, a pesar de que Estados Unidos está por encima de 3000 muertes diarias.

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