Malos populistas

La posible derrota de Trump no significa el final del populismo. Simplemente, Trump es mal político.

Hay algunas voces que hablan sobre el posible final del ciclo político populista. Ramón González Férriz hablaba sobre ello hace unos días, sin ir más lejos, en una interesante columna donde ponía en relación el declive de Trump y el creciente malestar en muchos lugares de los debates identitarios y simbólicos del último lustro.

Es cierto que los vientos populistas están empezando a amainar. Salvini, en Italia, parece haber perdido fuelle; el Frente Nacional francés se ha estancado, la extrema derecha alemana está retrocediendo, y Trump está por ahora lejos en los sondeos. Incluso en España, el fervor identitario parece estar remitiendo, con Podemos perdido, el independentismo dividido, y Vox en segundo plano.

No soy amigo de hablar de grandes tendencias ideológicas compartidas entre varios países; la política británica y americana, que son las que mejor conozco fuera de España, funcionan cada una con unas dinámicas completamente distintas. Es posible, sin embargo, que todos los populismos ahí fuera sean de derechas o de izquierdas, estén sufriendo problemas similares. Es complicado, al fin y al cabo, convencer a los votantes que tu identidad nacional, la inmigración, el antifeminismo, el color de piel o los crímenes de la guerra civil son temas que merecen debate cuando hay una enfermedad letal ahí fuera matando a cientos de miles de personas por todo el planeta.

No obstante, y viendo cómo está siendo la campaña electoral en Estados Unidos, creo que la decadencia aparente del populismo tiene más que ver con los errores de los populistas que con una tendencia global o un retorno a la vieja política de clases. No hablo de errores de gestión o respuestas chapuceras a la pandemia, sino errores estratégicos de fondo, malinterpretando qué es lo que los votantes entendieron o quisieron entender en campañas electorales pasadas.

Mucha gente no recuerda que allá por el 2015-2016, en las primarias republicanas, Trump era el candidato moderado. La ortodoxia republicana era y es defender impuestos bajos, recortes en servicios sociales, desregulación y oponerse a cualquier intento de redistribución de renta en lo económico, y defender valores conservadores en lo social (pro-vida, pro-libertad religiosa, pro-asimilación cultural). El GOP además era mayoritariamente intervencionista en política exterior, y opuesto, pero con cierta ambivalencia, a la inmigración (sí a la legal, no a la ilegal).

Trump dio un giro radical a la mitad de ese programa. Mientras los republicanos ortodoxos (desde John Kasich a Ted Cruz) hablaban sobre los terrores del déficit y deuda, la necesidad de desmantelar la ley de sanidad de Obama, recortar la cobertura de salud para millones de personas y retrasar la edad de jubilación, él fue en dirección contraria. Trump iba a cambiar la ley de sanidad por una mejor que cubriría a más gente y garantizaba que no se iba a recortar la seguridad social o medicare en absoluto. Como buen republicano, prometía bajar impuestos, pero insistía que subiría los impuestos a gente como él, los ricos, mientras los recortaba a las clases medias.

Junto con estas promesas bien poco ortodoxas y muy centristas en el plano económico, Trump sí que era un candidato extremista en todo lo social. En la campaña abrazó con total devoción el programa completo de la derecha cristiana, aunque nunca había sido religioso.  En inmigración, habló sobre su oposición radical a cualquier nueva entrada al país. En temas sobre seguridad ciudadana, educación, igualdad de oportunidades y disparidades sociales, abrazó posiciones esencialmente racistas, sin ni siquiera ocultarlas bajo la tradicional retórica de responsabilidad individual para darles algo de respetabilidad.

Fue esta combinación de casi-izquierdismo en lo económico y extremismo en lo social lo que dio a Trump la victoria. Los sondeos han demostrado que en Estados Unidos hay tres grandes grupos ideológicos: progresistas puros (izquierda en lo económico y en lo social), conservadores puros (derecha/derecha) y esta combinación trumpiana de progresismo al hablar de dinero, conservadurismo en todo lo demás. El grupo de gente que es “centrista” en la definición periodística del término (“socially liberal, fiscally conservative) son un porcentaje minúsculo del electorado.

Lo interesante de pensar sobre ele electorado de este modo es que en Estados Unidos (y en gran parte de occidente) hay más progresistas que conservadores en lo económico, pero también más conservadores sociales que liberales. Es decir, el votante mediano en la política americana es muy posible que caiga en algún lugar de este tercer cuadrante trumpiano, un sector del electorado que ni demócratas progresistas ni republicanos tradicionales parecían querer representar.

Trump fue tremendamente efectivo activando este voto en las elecciones (racista amante del gasto social, para decirlo de algún modo), pero ha sido muy, muy, muy torpe haciendo lo mismo una vez en el poder. En el bloque de políticas públicas que apasionan a Trump (básicamente inmigración y mantener a “esa gente” en su sitio), el presidente ha hecho todo lo que prometió durante la campaña. En materia económica, ha gobernado como un republicano ortodoxo que baja impuestos a los ricos, desregula todo lo que puede e intenta una y otra vez desmantelar la sanidad.

Mientras tanto, los demócratas se han olvidado de presentar candidatos superprogresistas en temas sociales y han escogido a Joe Biden, un viejo católico de Pennsylvania que habla sobre racismo estructural como Chiquito de la Calzada hablaría de ópera, es decir, como un idioma ajeno a su mundo.

Hay más progresistas económicos y moderados sociales que conservadores sociales y económicos ahí fuera, así que Trump anda por debajo en los sondeos, y ya estaba entre cinco y seis puntos por detrás incluso antes del COVID 19. Trump no está en problemas porque el votante americano se ha hartado de su racismo, su retórica antiinmigración o su capacidad para llenar los tribunales con jueces conservadores. Lo que le ha hundido, por encima de todo, es que lejos de ser el populista que prometía, ha acabado siendo una versión extrema y ruidosa del republicano tradicional.

Es posible que alguien ahí fuera, en el partido republicano, esté tomando notas y haya aprendido la lección: el partido tiene que ser menos conservador en lo económico si quiere aspirar a ganar. Este era el mensaje que Steve Bannon y Tucker Carlson, ambos observadores atentos e inteligentes de la opinión pública americana, llevaban diciendo desde las primarias. En el 2024 ó 2028, es posible los republicanos tengan a un populista de verdad como candidato a la presidencia (incluso que este sea Carlson). Quizás el momento populista no haya acabado, sino que está a la espera de que haya populistas mejores.

Bolas extra: