Purgando a los disidentes

El partido republicano se pone a cazar traidores y hacerles autocrítica

Liz Cheney es, a todos los efectos, una republicana de pura cepa. Es la hija del vicepresidente Dick Cheney, alguien con credenciales conservadoras impecables.

Ha recibido puntuaciones máximas en las valoraciones de grupos anti- abortistas, tiene una puntuación del 82% por parte de Americans for Prosperity, el grupo conservador más influyente en temas presupuestarios, valoraciones casi igual de impecables por parte de casi todos los lobbies pro-industria, la American Conservative Union, y Heritage for America. Tiene un 92% con la NRA, y una valoración perfecta de la National Shooting Sports Foundation, organizaciones en defensa de la familia, organizaciones religiosas, y básicamente cualquier causa que hayan abrazado los republicanos en cualquier momento. Durante la presidencia de Trump, votó siguiendo los dictados de la Casa Blanca un 93%, muy por encima de la media del partido.

Sus compañeros en la cámara de representantes lo sabían, y por ello la escogieron presidenta de la conferencia republicana en la cámara, el tercer cargo más importante dentro del grupo parlamentario.

La disidente

Ayer Liz Cheney escribía una tribuna de opinión en el Washington Post. Este es su primer párrafo:

In public statements again this week, former president Donald Trump has repeated his claims that the 2020 election was a fraud and was stolen. His message: I am still the rightful president, and President Biden is illegitimate. Trump repeats these words now with full knowledge that exactly this type of language provoked violence on Jan. 6. And, as the Justice Department and multiple federal judges have suggested, there is good reason to believe that Trump’s language can provoke violence again. Trump is seeking to unravel critical elements of our constitutional structure that make democracy work — confidence in the result of elections and the rule of law. No other American president has ever done this.

Liz Cheney dice que Donald Trump perdió las elecciones, y que las repetidas afirmaciones por parte del presidente de que fueron fraudulentas son mentira. Dice también que Trump, con esas palabras, está atacando la democracia americana. Y le responsabiliza, directamente, del asalto al capitolio el día de Reyes.

Todo lo que dice es cierto. Y por ese mismo motivo, sus compañeros de partido en el congreso quieren echarla del cargo.

Dejadme insistir en esta idea, porque es casi increíble. Los republicanos, o al menos lo que parece ser un sector mayoritario de ellos en el congreso, han venido a aceptar la idea trumpiana de que las elecciones presidenciales fueron ilegitimas y que Biden no debería ser presidente. Liz Cheney está escribiendo un artículo en uno de los periódicos más importantes del país pidiendo a sus propios compañeros de partido que dejen de mentir y acepten el resultado.

Dejadme citar de nuevo el artículo:

Finally, we Republicans need to stand for genuinely conservative principles, and steer away from the dangerous and anti-democratic Trump cult of personality. (…)

But this will not happen if Republicans choose to abandon the rule of law and join Trump’s crusade to undermine the foundation of our democracy and reverse the legal outcome of the last election.

Trump está pidiendo la cabeza de Liz Cheney, y el partido republicano en bloque parece ir camino de decapitarla en la plaza pública porque ha osado no repetir sin cesar las mentiras del expresidente.

La gran purga republicana

Durante las últimas semanas, mientras Biden se apresuraba a avanzar el programa de gobierno más ambicioso en décadas, el partido republicano se ha convertido en un gigantesco ajuste de cuentas entre la facción trumpista del partido y los desafectos al anterior régimen.

En los días posteriores a la insurrección del capitolio, un grupo de republicanos en el congreso, tanto líderes del partido como legisladores de base, hablaron en contra de las acciones del presidente. Ese grupo fue reduciéndose conforme pasaron las semanas; durante el segundo impeachment, sólo una minoría del GOP votó censurar a Trump. Lo que está haciendo el presidente y sus aliados dentro del partido es vengarse, uno a uno, de todos los compañeros de partido que han osado criticarle.

El método, por llamarlo de algún modo, es una prueba de lealtad. Es fácil abusar el término “orwelliano” estos días, pero para sobrevivir en el GOP estos días es obligatorio decir que 2+2=5: repetir que el resultado de las elecciones presidenciales fue dudoso y “debe ser investigado”. Sólo hay dos opiniones autorizadas: lo que dice Trump o el silencio, y más vale que ese silencio vaya acompañado de otras señales de veneración al líder ocasionalmente para evitar suspicacias.

Hace unas semanas decía que el GOP se había convertido en el equivalente conservador del PCUS. Bueno, no iba tan desencaminado.

¿Por qué Trump está ganando?

Lo más fascinante de esta historia, a mi parecer, es que los trumpistas se están imponiendo en esta guerra interna en no poca medida por la incomparecencia del rival.

Para empezar, Trump está aún prácticamente ausente. El hombre sigue en Mar-A-Lago, emitiendo comunicados cada vez más incoherentes e interrumpiendo bodas, bautizos y comuniones para dar discursos sobre cómo le robaron las elecciones (no, no es coña). Es difícil para cualquiera que le vea o escuche en televisión no llegar a la conclusión de que al tipo se le ha ido la pinza casi de forma definitiva, y que no está no ya para ser presidente de nada, sino ni para servir hamburguesas en McDonalds. Más que Trump dominando el partido con mano de hierro, estamos viendo algo parecido a un trumpismo-sin-Trump tomando el control del partido y proclamando ser los verdaderos representantes del líder. Es como el leninismo, sólo que con bronceado de pote.

Segundo, es una batalla casi completamente ajena a posiciones ideológicas coherentes. Ya he señalado que Cheney es una republicana de manual; Elise Stefanik, la representante por Nueva York que Trump quiere que la sustituya, no sólo es menos conservadora, sino que votó a favor de Trump mucho menos a menudo (un 77% del tiempo) cuando el presidente estaba en el poder. Lo que tiene Stefanik es que desde el primer impeachment de Trump la mujer se ha convertido en una pelota incansable del presidente, repitiendo todas las bobadas y conspiraciones sin el más mínimo reparo.

Es posible que esto sea un reflejo de un cambio ideológico del partido republicano; un reflejo de que el partido se ha movido al centro en cosas como comercio, gasto público, impuestos (Stefanik votó en contra del recorte fiscal de Trump), y demás temas centrales en la ortodoxia conservadora. Soy más de la opinión, sin embargo, que a los trumpistas les importa menos su programa que el sacarse de encima a la vieja guardia.

El “miedo a las bases”

Lo que muchos republicanos dicen estos días en privado es que tienen miedo a las bases del partido. Los activistas y militantes del GOP aman a Trump, y no pueden más que abrazar su causa o ser condenados.

La verdad, creo que esto es una excusa. Sabemos, porque hay montañas de evidencia empírica al respecto, que las opiniones de las bases del partido no son espontáneas, sino que son fruto de una interacción constante con las élites. En un artículo fascinante recién publicado estos días, Daniel Hopkins evalúa, utilizando datos de un panel de votantes, los cambios en las posiciones políticas de los votantes republicanos antes y después de Trump. Lo que los datos parecen indicar es que el cambio de actitud de las bases del GOP sobre elecciones o legitimidad del sistema democrático eran altos antes del 2020 - y que empezaron a cambiar radicalmente cuando el presidente se puso a hablar sobre el tema sin cesar.

Dicho en otras palabras, el silencio del GOP condenando a Trump tiene mucho que ver con el hecho de que las bases parezcan estar abrazando el trumpismo. Como mencionaba William Kristol ayer, las élites republicanas, desde miembros del partido a grandes donantes, parecen haberse autoconvencido de que no tienen poder alguno para frenar a Trump, así que han decidido no hacerlo. Con ello le están dando de nuevo las riendas del partido a un tipo que perdió la presidencia y las dos cámaras del congreso en cuatro años, y que un puñado de chiflados insisten en llamar un genio político.

Por supuesto, es muy posible que sea demasiado tarde. La facción no-completamente-enloquecida del GOP podría haber detenido a Trump el 2016, y no lo hicieron. Quizás ahora sea imposible evitar este sainete. Pero al menos deberían intentarlo.

Consecuencias

Esta batalla interna del GOP, por cierto, no es una anécdota, o un chiste, o algo trivial, sino algo que puede tener consecuencias tremendas a largo plazo en Estados Unidos.

Primero, es muy, muy probable que los demócratas pierdan la cámara de representantes el 2022. El partido en el gobierno casi siempre pierde escaños en las midterms. Eso, sumado a que debido a los cambios en los distritos electorales (y gerrymandering) los demócratas casi seguro empezarán con menos representantes que el GOP en las papeletas el año que viene, y significa que llegarán al 2024 en minoría en la cámara baja.

El partido republicano estos días parece estar unificándose alrededor de la idea de que pueden y deben rechazar el resultado de las elecciones presidenciales si tienen la oportunidad. Trump quiere volver a ser candidato, y lleva meses hablando a favor de algo que es esencialmente un golpe de estado.

Las presidenciales del 2024 pueden ser un problema.

Bolas extra: