¿Quién paga por las ideas políticas?

El papel de la filantropía y el dinero privado en el activismo en Estados Unidos

He hablado alguna vez sobre el pequeño submundo de los capitolios en Estados Unidos. Antes y durante el periodo de sesiones, existe alrededor de los legisladores un enjambre de lobistas, ONGs, activistas, organizaciones sociales y demás agitadores pidiendo montones y montones de cosas. Tenemos grupos de interés buscando bloquear leyes que les perjudican, empresas en crisis cazando subvenciones, activistas pidiendo más dinero o nuevas regulaciones sobre algo que les preocupan, y así sucesivamente.

El origen de estos grupos es a veces bastante evidente. Cuando la NRA (National Restaurant Association, que son los lobistas que más miedo dan) tiene un equipo de lobistas organizando reuniones con representantes o senadores, no es un misterio saber de dónde sale el dinero. Los dueños de restaurantes tienen una asociación y pagan su cuota, y las empresas que controlan cadenas nacionales ponen cantidades ingentes de dinero para pagarlas. No es un gran misterio.

Lo que es un poco más difícil de seguir es de dónde viene el dinero para pagar a los white hat lobbyists, los activistas que están en el capitolio pidiendo más dinero para educación infantil, regulaciones sobre pesca del salmón, reformas en los departamentos de policía, subir los impuestos a los ricos o eliminar tasas bancarias abusivas para gente con pocos ingresos. Estos grupos, aunque acostumbran a tener menos dinero y lobistas que la gente de la NRA y entidades similares, son bastante numerosos, y a menudo tienen suficiente poder e influencia como para no ya marcar la agenda, sino conseguir cambios substantivos en muchas políticas públicas. ¿Qué hacen para financiar sus operaciones?

Fundaciones y lobistas

Este es un tema que conozco de primera mano; llevo en este mundillo, directa o indirectamente, desde hace trece años. En empleos pasados (por fortuna, donde estoy ahora no me toca hacer demasiado en este lado) parte de mi día a día era conseguir dinero para financiar la ONG donde trabajaba. Aunque es un tema bien conocido para la gente que vive dentro de este mundillo, es algo que se discute muy poco fuera de este, y que, hasta donde sé, hay poquísima investigación académica.

El mito, u la imagen que las organizaciones a menudo proyectan hacia el exterior, es que organizaciones como la Early Childhood Alliance, Indivisible, o cualquier otra ONG de este estilo se financian gracias a las donaciones de cientos o miles de miembros, y que una parte importante de su trabajo es realizado por voluntarios. Esto quizás sea cierto para algunas organizaciones muy de masas, pero dista bastante de ser cierto en la inmensa mayoría de los casos. En realidad, muchas de estas organizaciones dependen de donaciones, a veces millonarias, de grandes fundaciones privadas, a menudo controladas por las grandes fortunas del país.

Esto puede parecer una premisa para miles de conspiraciones sobre cómo un grupo de capitalistas controla a casi toda la izquierda americana, pero creedme, no es así.

¿Quién piensa en los niños?

Tenemos, por ejemplo, a la Annie E. Casey Foundation (AECF), una enorme organización nacional con casi 3.000 millones de dólares en fondos propios. Casey fue fundada en 1948 por la familia que controla UPS, y da más de 170 millones de dólares en subvenciones a organizaciones por todo el país, incluyendo dos ONGs en las que he trabajado (CAHS y CT Voices for Children). Aunque estas cifras pueden parecer un dineral, AECF no está ni siquiera en el top-25 de las fundaciones privadas más ricas del país; es grande, sin duda, pero no colosal.

Casey empezó como trabajando sobre todo en adopciones, pero en las últimas décadas se ha concentrado en temas de infancia y juventud. Su programa estrella es Kids Count, una red de decenas de ONGs desperdigadas por todo el país dedicadas a apoyar legislación de bienestar infantil a nivel estatal. No estoy seguro cuánto dinero da AECF a cada organización ahora; hace unos años, cuando me tocaba pedirles dinero y enviarles copiosos informes sobre cómo lo gastábamos, rondaba los $150.000 al año, suficiente para pagar el sueldo a un par de lobistas/expertos. El dinero de AECF era complementado con donaciones de varias fundaciones locales más pequeñas (léase con fondos de decenas o cientos de millones, no miles) para financiar la organización y hacer nuestro trabajo. Sí, también hay pequeños donantes, pero el grueso de la financiación, para muchas, muchas organizaciones, viene de grandes donantes.

Lidiando con quien paga las facturas

La relación entre los activistas que trabajan en una ONG y las grandes fundaciones que les pagan el sueldo no es entre iguales, pero en mi experiencia, no es especialmente tensa. AECF nunca nos daba órdenes sobre qué leyes podíamos o no podíamos defender, o nos imponía una agenda legislativa. Aparte de la (inevitable) exigencia de que usáramos UPS cuando les enviábamos papeleo, nunca nos pidieron que en nuestros ratos libres nos opusiéramos a legislación que perjudicaría a empresas de mensajería, ni nada parecido. El objetivo de la fundación era que Connecticut aprobara programas chulos sobre educación infantil, y eso era lo que intentábamos hacer.

Cada materia tiene 2-3 fundaciones enormes a escala nacional que dominan la filantropía en ese campo. Por lo que conozco de primera mano (me he movido en dos o tres temas) la inmensa mayoría de estas instituciones son bienintencionadas, están genuinamente interesadas en mejorar las vidas de la gente, y no reflejan en absoluto los intereses de la dinastías o empresas que las financian.

Esto no quiere decir, sin embargo, que estas fundaciones y filántropos no tengan un peso considerable en el activismo por todo el país, y, por ende, en la agenda política de Estados Unidos.

Aunque nuestro radio de acción para escoger prioridades era amplio, sin embargo, eso no quería decir que fuera infinito. AECF habla de niños, pero tienen también sus expertos, investigadores, y ejecutivos que tienen sus ideas sobre qué clase de medidas funcionan mejor. Durante una temporada, por ejemplo, Casey estuvo obsesionada con mejorar el nivel de lectura infantil en todo el país; otros años hablaban mucho de guarderías y educación entre cero y tres años; en otra época, programas bigeneracionales. En todos los casos, estaban hablando de niños, y en todos los casos, que se fijaran en estos temas tenía base empírica, ya que son cosas importantes. Para los que escribíamos las propuestas cada año para pedirles dinero, a su vez, implicaba que teníamos que pensar en cómo acomodar nuestro trabajo a las prioridades de AECF si queríamos recibir más dinero. Esta clase de cambios, y esta clase de relaciones, se reproducen en casi cualquier tema de la agenda política en Estados Unidos.

En un sitio como Connecticut, en un periodo de sesiones normal, había entre cinco y siete organizaciones con lobistas en el capitolio hablando de materias de educación infantil, muchas de ellas receptoras de fondos de AECF. Esta coalición algunos años hablaba de lectura, otros de guardería, otros de programas de dos generaciones, dependiendo del humor de Casey; los legisladores escuchaban propuestas diferentes, y las leyes aprobadas por todo el país a menudo acaban por seguir los ritmos que marcaba AECF. Las fundaciones, además, son proclives a “estar a la moda” y se enamoran de la última propuesta innovadora salida del gurú de turno sobre el tema, así que no es inusual que todos los donantes acaben hablando y financiando cosas parecidas.

Esto puede significar que en algún momento se aburran de algún tema que les apasionaba, y que por ejemplo decidan que quieren centrarse en educación en niños de entre 12 y 14 años en vez de 0 a 3. Cosa que acaba de hacer AECF, dejando a decenas de ONGs por todo el país repentinamente descubriendo la crucial importancia de la primera adolescencia para mejorar la trayectoria vital de una persona. El año que viene en Connecticut habrá muchos más lobistas hablando sobre delincuencia juvenil y escuelas y muchos menos hablando sobre guarderías, simplemente porque una gran fundación ha cambiado sus prioridades.

No sé hasta qué punto esta dinámica se repite en otros sectores del activismo ahí fuera, pero por lo que tengo visto, la educación no es para nada inusual. Muchos temas de políticas públicas han visto bandazos considerables en años recientes (por ejemplo, los ecologistas han pasado de hablar de impuestos sobre el carbono a límites de emisiones), y a menudo es difícil saber si el cambio es el resultado de nueva evidencia empírica, un consenso emergente entre qué es políticamente viable entre activistas, o que un puñado de donantes han cambiado de opinión. Las fundaciones a veces siguen a los activistas para decidir sobre qué se preocupan (léase el año pasado al hablar de racismo y policía), pero los activistas, sin duda alguna, siguen a las fundaciones con devoción.

Un sistema por explorar

Todo este batiburrillo de donantes, activistas, investigadores, políticos, y voluntarios, por supuesto, no es único de temas de izquierda (aunque es el mundo que yo conozco); el movimiento conservador, hasta donde yo sé, tiene una dinámica parecida. En ambos casos, no podemos hablar de un sistema coherente; hay decenas, sino cientos, de fundaciones nacionales y miles de regionales, y no hacen demasiado por coordinarse. Todo el tinglado es una forma la mar de ineficiente de meter temas en política, y la cacofonía de voces resultante es más una subasta que un debate coherente. Lo que es innegable es que esta clase de filantropía tiene un papel relativamente importante metiendo temas en la agenda en la política americana, a veces incluso sacando legislación adelante.

Es un tema fascinante, y creo que es casi invisible para aquellos fuera de este mundillo. No conozco apenas investigación académica al respecto (aunque disto mucho de ser un experto en esta literatura); mi sensación es que este es un tema mucho más importante de lo que parece, pero casi nadie le presta atención. Es algo que ni siquiera se habla demasiado entre activistas, por cierto, y no estoy seguro de que las fundaciones sean demasiado conscientes de su papel.

Aquí hay un programa de investigación académica estupendo esperando ser explotado.