Regateando durante un naufragio

Los republicanos se enfrentan a su mayor enemigo imaginario: el gasto público

Estados Unidos sufrió una caída del PIB modesta el segundo trimestre de este año comparada con el resto de los países desarrollados. Mientras la eurozona sufría un desplome del 12,1%, la economía americana “sólo” caía un 9,5%.

Es la peor caída de la serie histórica (sólo hay datos desde 1947) y un desastre colosal para todos los implicados, con millones de personas perdiendo su trabajo, empresas cerrando, y un impacto difícil de calcular en el tejido productivo a largo plazo. Pero gracias a una serie de medidas económicas extraordinariamente agresivas del congreso aprobando tres planes de estímulo fiscal gigantescos (hasta el punto el número de americanos por debajo del umbral de la pobreza disminuyó durante una pandemia), el golpe económico ha sido menor que en la eurozona, al menos a corto plazo.

Quien llevó la iniciativa en estos planes de estímulo fueron sobre todo los demócratas. Nancy Pelosi, Speaker y la política más infravalorada del país, se las arregló para convencer a la Casa Blanca y a Mitch McConnell de que era necesario gastarse tres billones de dólares en programas de emergencia tirando de la tarjeta de crédito. No sólo llevó la iniciativa en casi todo el proceso, sino que además se plantó repetidas veces exigiendo que varias de las ideas más idiotas del GOP (como bajar los impuestos sobre beneficios empresariales como medida de “estímulo”) fueran eliminadas, ganando todas las batallas. Estados Unidos hizo un estímulo fiscal enorme, lo hizo rápido, y lo hizo bien, con multitud de programas que ponían dinero en las manos de empresas, parados y familias casi de inmediato.

Allá por abril/mayo, sin embargo, las cosas se torcieron. La Casa Blanca ya andaba cantando victoria diciendo que la pandemia estaba solucionada (a pesar de que había dudas muy serias sobre ello), diciendo que tocaba reabrir la economía y no hacía falta más estímulo. Los republicanos empezaron a criticar la medida más efectiva de todas las aprobadas, un suplemento de $600 semanales a todo aquel que recibiera desempleo (junto una enorme expansión de quien podía solicitar el subsidio), diciendo incorrectamente que era un incentivo para que la gente se quedara en casa sin trabajar.

La suerte para estos críticos es que la mayoría de las medidas de los planes de estímulo aprobados al empezar la crisis tenían una fecha de caducidad, el 31 de julio. A partir de ese día, los pagos adicionales a parados, la moratoria sobre desahucios, préstamos para pequeñas empresas, y una miríada de fondos adicionales para programas sociales dejaban de estar operativos. El problema es que, a principios de agosto, el coronavirus no es que haya desaparecido, sino que está presente en más sitios que nunca en todo el país, y los datos de desempleo y actividad económica están dando señales de empeorar. Todo apunta que cuando más incertidumbre hay y más frágil está la economía, el Congreso va camino de contraer el gasto público de forma drástica, dejando millones de americanos sin apenas ingresos.

Hoy es tres de agosto, y bueno, eso es exactamente lo que ha hecho el congreso, o más concretamente, el partido republicano. La cámara de representantes aprobó otro estímulo fiscal a mediados de mayo (gracias a la siempre hiperactiva Pelosi), pero el senado, aún bajo el control del GOP, se ha pasado dos meses y medio mirando al vacío sin hacer nada. En la Casa Blanca, mientras tanto, reaccionaban todo ofendidos cada vez que alguien les preguntaba sobre un estímulo, mientras insistían en su glorioso renacimiento económico.

La consecuencia práctica más inmediata es que esta semana los más de 30 millones de parados en Estados Unidos pasarán de recibir de $921 a semanales ($321 es la media nacional, más los $600) de estímulo) a cobrar sólo $321 (y una cifra considerablemente inferior en los estados más tacaños, como Florida y Mississippi). En medio de una depresión económica, Estados Unidos va a empezar a imponer austeridad económica a la tremenda.

Los republicanos, son el principal escollo para aprobar un nuevo estímulo, ya que no parecen saber qué quieren hacer. La semana pasada las negociaciones en el Capitolio fueron entre republicanos moderados, republicanos asustados de tanto gasto público, y la Casa Blanca intentando encontrar una posición común para poder negociar con los demócratas. Trump, en uno de esos alardes que nos tiene acostumbrados, dijo que “no le importaba” el contenido del estímulo fiscal. El viernes Mitch McConnell pareció dar a su grupo en el senado por imposible, cerrando la sesión durante el fin de semana y enviándolos a casa en vez de seguir negociando.

Lo que hemos acabado viendo, otra vez, es a Stephen Mnuchin (secretario del tesoro y uno de los raros ejemplos de cordura en la administración Trump) y Mark Meadows (jefe de gabinete de Trump, y no del todo cuerdo) negociando con Pelosi en las oficinas de la Speaker, muchos reproches cruzados, y un acuerdo que parece estar aún lejos.

¿Cuáles son los principales puntos de desacuerdo? El primero, y más obvio, son los $600 adicionales para parados. Los republicanos quieren recortarlo, los demócratas como mucho quieren añadir una cláusula que mantenga esta paga extra hasta que la tasa de desempleo en un estado baje del 10-11%. El segundo, tan o más importante, es la voluntad de los demócratas de dar un billón de dólares a fondo perdido a estados y ciudades para compensar la pérdida de ingresos fiscales durante la pandemia.

La razón para este pago es que los estados y ciudades americanas (con muy contadas excepciones) están obligados constitucionalmente a tener déficit cero en todos sus presupuestos. Si una crisis económica provoca una caída de recaudación, deben o bien subir impuestos o bien recortar gasto. Aunque muchos estados tienen fondos de reserva para días como este (rainy day funds, en jerga local), a efectos prácticos todo el mundo ahorra poco en condiciones normales, y desde luego nadie ahorra lo suficiente como para responder a una pandemia.

Los recortes estales son, obviamente, muy procíclicos, imponiendo austeridad y contracciones fiscales gigantescas en medio de una recesión. Regarles de dinero es muy buena idea si quieres salvar la economía… pero si eres republicano y odias el gasto público, los funcionarios, y todo lo que huela a ayudar a gobiernos que deberían haber ahorrado cuando podían, pues vas a estar en contra.

Las negociaciones continuarán toda la semana. Lo más divertido de todo este asunto es que Pelosi y los demócratas están defendiendo medidas que ayudarían a reactivar la economía, mientras que los republicanos y el mismo presidente están en contra de ello.

Estados Unidos es un lugar extraño.

Bolas extra:

  • Trump ha nombrado a un tipo abiertamente racista e islamófobo saltándose el proceso de nominaciones del senado, porque bueno, nada importa ya.

  • El embajador de Estados Unidos en Brasil pidió al gobierno brasileño que ayudaran a reelegir a Trump. Porque lo de Ucrania (y China, y Turquia…) no era una anécdota, es algo que Trump hace todo el rato.

  • La liga de béisbol profesional ha vuelto a los estadios (vacíos). La cosa va mal - dos equipos tienen brotes de COVID y muchos jugadores han renunciado a jugar.

  • John Lewis, congresista por Georgia y héroe en la lucha por los derechos civiles, murió el 17 de julio. Su editorial póstumo en el NYT el día de su funeral merece una buena lectura: “Democracy is not a state. It is an act, and each generation must do its part to help build what we called the Beloved Community, a nation and world society at peace with itself.

  • A su funeral atendieron Bill Clinton, George W. Bush y Barack Obama. Trump ni se dignó a ir a la capilla ardiente en el congreso. El discurso de Obama en el funeral, por cierto, es muy, muy, muy bueno.

  • Esta semana que he estado de vacaciones un buen puñado de vosotros os habéis suscrito a Four Freedoms. Muchas, muchas, muchas gracias (dejo la publicidad para el siguiente correo).

Foto: Gage Skidmore.