Seguros, indios, y monopolios

Un repaso a todas las pestañas de Chrome que me he dejado abiertas esta semana

Parte de mi rutina a lo largo de la semana consiste en tener, aparte de mis habituales cuatro o cinco versiones de Chrome con una miríada de cosas del trabajo (usamos GSuite, y dioses, cómo odio GSuite), una ventana separada donde voy “aparcando” cosas que encuentro que me parecen interesantes para escribir luego. En esta ventana hay desde noticias a estudios, pasando a enlaces a Twitter, notas tomadas en alguna parte, y cosas variadas que me han llamado la atención. La mayoría acaban como bolas extra, interesantes, pero no lo suficientes para un boletín. Otras se perpetúan en esa ventana, a medio camino entre un artículo largo y una nota al pie.

Estas son las cosas que me han llamado la atención esta semana y que no han acabado en artículo.

Seguros y cambio climático

Uno de los problemas inherentes de combatir el cambio climático es que necesitamos gastar hoy para evitar daños en el futuro. Esto es algo que es complicado de hacer incluso en solitario (¿habéis intentado hacer dieta alguna vez?), pero es aún más difícil cuando hablamos de una economía de billones de dólares, millones de empresa buscando beneficios y accionistas mirando al corto plazo. Los costes de destruir el mundo de aquí veinte años no entran en los balances las empresas hoy.

Hay una industria, sin embargo, que no cumple este modelo: las compañías de seguros. Estas empresas, especialmente aquellas que ofrecen pólizas contra catástrofes naturales como incendios, inundaciones y demás, se preocupan, y mucho, por los efectos del cambio climático en la probabilidad que sus asegurados tengan un percance. Y en Estados Unidos estos días de incendios inacabables de un tamaño tal que están creando su propio clima, de cosechas perdidas en olas de calor gigantescas, de huracanes arrasando costas e inundaciones sumergiendo barrios enteros, las aseguradoras han dicho basta y están o subiendo precios, o negándose en redondo a asegurar muchos negocios.

Un ejemplo tremendo: los viñedos de Napa Valley, en California. El mejor vino de Estados Unidos sale de esa región, pero en años recientes los incendios forestales han asolado la región, quemando o estropeando cosechas (resulta que la uva se estropea si está expuesta humaredas bíblicas), y las olas de calor han hecho el resto. Las compañías de seguros, en años recientes, han decidido que no pueden permitirse el riesgo de tener una catástrofe que exige cientos de millones de dólares año sí año también, y han abandonado el mercado casi por completo. Algo parecido estamos viendo en el mercado de seguros en Florida, donde las aseguradoras se están empezando a hartar de huracanes e inundaciones cada vez más frecuentes.

Hasta hace relativamente poco, el gobierno federal ofrecía un seguro público contra inundaciones que permitía a aquellos con propiedades en zonas inundables contratar pólizas a muy buen precio. FEMA preparaba estupendos mapas sobre inundaciones que permitían saber el nivel de riego. El problema es que la prima se calculaba en base a la elevación del edificio sobre la superficie del agua, no sobre su valor, así que a la práctica se acababa por subvencionar a mansiones gigantes en zonas inundables, a menudo reconstruyéndolas múltiples veces con dinero público.

Esto va a cambiar este año. Tras necesitar un rescate con dinero público varias veces, FEMA ha cambiado el método de cálculo de las primas. Ahora los edificios más caros pagarán más, eliminando esta subvención de facto a millonarios en primera línea del mar. Hacen falta más reformas, pero es un buen principio.

Por supuesto, que el mercado de seguros esté actuando no quiere decir que el mercado, por sí solo, pueda intervenir de manera efectiva contra el cambio climático. Las aseguradoras pueden crear incentivos para que otros actores no construyan o inviertan en negocios que debido al calentamiento global ahora son mucho más peligrosos o arriesgados. Lo que no pueden hacer es disciplinar a los actores que con sus emisiones contribuyen al cambio global.

Las emisiones, la contaminación, son el ejemplo más clásico y evidente de externalidad negativa en los libros de texto de economía. Eliminarlas exige intervención estatal, sea creando un mercado, sea regulándolas directamente.

Oklahoma y las deudas del pasado

No sé si recordaréis el boletín de hace algo más de un año sobre una sentencia del supremo que reconocía la jurisdicción tribal en amplias zonas de Oklahoma, forzando el cumplimiento de tratados firmados en 1833. “On the far end of the Trail of Tears was a promise”, escribía Neil Gorsuch, “the Creek Nation received assurances that their new lands in the West would be secure forever”.

Ayer el WaPo publicaba un artículo sobre las consecuencias de la sentencia, y el jaleo jurídico que ha comportado. La sentencia ha hecho que todos aquellos que pertenecen a una tribu india en la mitad este de Oklahoma no están bajo jurisdicción estatal, sino sólo tribal y federal. Esto quiere decir que si cometen un crimen no pueden ser juzgados por un tribunal estatal, sino sólo tribal o federal. Cualquiera que estuviera en la cárcel bajo una sentencia de un tribunal de Oklahoma puede salir libre.

La cosa va más allá. No está claro si la ley estatal prima sobre la tribal en cuestión fiscal, así que tenemos cosas como una central eléctrica intentando bloquear que un ayuntamiento le suba sus impuestos. El gobierno federal, mientras tanto, está llevando a juicio al estado porque dado que las tribus son soberanas, argumentan que son ellos, y no Oklahoma, quienes pueden regular la minería en zonas tribales.

Las consecuencias políticas en el estado son también fascinantes. El gobernador republicano, Kevin Stitt, es Cherokee, pero obviamente quiere defender los intereses de su administración, así que el embolado es importante.

Os preguntaréis, por cierto, cómo se establece la pertenencia a una tribu india a nivel individual. Es… complicado. En Estados Unidos hay 574 tribus reconocidas por el gobierno federal, y cada una de ellas decide por separado cuáles son los requisitos para ser considerado miembro. Hay algunas que exigen ser descendiente de indios, otras no. Hay algunas que exigen al menos uno de los progenitores, otras un bisabuelo. Hay algunas que exigen establecer parentesco con un antepasado censado como miembro de la tribu en el siglo XIX. Otras no. Es un galimatías.

Ser miembro de una tribu no es que te dé privilegios especiales (es más, los nativos americanos siguen sufriendo discriminación y sufren niveles de pobreza más altos), pero te coloca en situaciones como esta de Oklahoma. Y si os preocupáis por qué en muchos estados los casinos están en reservas indias, este es el motivo: Connecticut puede prohibir los juegos de azar, pero en la reserva de los Mohegan o Mashantucket-Pequot la ley vigente es la federal.

Sí, es un país confuso.

Contra el imperio del monopolio

No, no me refiero a este monopolio, sino a la progresiva concentración empresarial en muchos sectores de la economía americana.

En tiempos recientes muchos observadores han señalado que los niveles de competencia entre empresas han disminuido mucho, con un puñado de actores dominando cada mercado. Esto ha provocado, por un lado, el tremendo aumento de los beneficios empresariales durante los últimos cuarenta años, y probablemente ha distorsionado el mercado laboral hasta un punto en que ha mantenido los salarios artificialmente bajos. Aparte de contribuir al aumento de la desigualdad en este periodo, esto está teniendo consecuencias en la competitividad de la economía americana, ya que los monopolios, por su propia naturaleza, tienden a ser menos innovadores.

De forma inusual en Washington estos días, tanto demócratas como republicanos parecen haberse dado cuenta que esto es un problema. Como es habitual, que todo el mundo vea que esto debe solucionarse no significa que haya consenso en como arreglarlo, y en el congreso hay ahora mismo una abundancia de leyes anti- monopolio sobre la mesa, que van desde intentos trumpistas de castigar a Facebook por censurar al amado líder a reformas de calado. El debate no es partidista, sin embargo, sino que ambos están divididos sobre qué hacer.

Este es un tema que preocupa también a la administración Biden, que ya ha dado señales de que quiere sacar algo adelante en el congreso. En la Casa Blanca saben, no obstante, que el legislativo funciona lento y los consensos serán difíciles, así que han empezado por nombrar como reguladores a un montón de economistas y expertos que están muy, muy, muy a favor de entrar a saco en temas de competencia. Las leyes actuales sobre el tema son antiguas, sin duda, pero tampoco es que administraciones anteriores las hayan utilizado con demasiada energía. Tras el fracaso (relativo) del caso Microsoft en la era Clinton, el departamento de justicia las dejó en un cajón. Biden quiere desempolvarlas y empezar a atizar monopolistas con abogados, a ver si se espabilan un poco.

No sé hasta qué punto un renovado asalto regulatorio puede funcionar sin legislación en el congreso (la Sherman Antitrust Act es de 1890, corcho; fue enmendada en 1936 por última vez), pero hay veces que vigilar y protestar ya es valioso de por sí. Veremos.

Bolas extra