Sobre el secretario de transportes

El funcionamiento del gobierno federal de los Estados Unidos es un poco peculiar

Durante las últimas semanas Joe Biden ha ignorado las disputas legales del presidente saliente sobre su victoria electoral y se ha concentrado en la ardua tarea de escoger su gabinete.

En el gobierno federal americano, esto es un trabajo mucho más complicado de lo que parece. Como he comentado alguna vez, el presidente debe nombrar unos 4.000 cargos de libre designación, y aunque no todos son importantes (por algún motivo extraño, el tipo que lleva la agenda del secretario de energía necesita ser nombrado por el presidente), ni siquiera Joe Biden tiene 4.000 amigos a los que poder llamar.

Lo que es más confuso, a ojos de alguien poco familiar con el gobierno federal, es que el poder real de muchos de los puestos es muy distinto de lo que uno podría esperar por el nombre del cargo o el perfil de quien va a ocuparlo. Para explicar esta dinámica, permitidme hablar del secretario de transportes del gobierno federal, y la (relativa) debilidad de la persona que ocupa el puesto.

Hablemos de transportes

El departamento de transportes del gobierno federal de los Estados Unidos parece ser algo similar a un ministerio de fomento en España si miramos a su organigrama.

Esta estructura parece un ministerio más o menos normal. El secretario tiene su gabinete y secretarios, hay varias oficinas ad hoc sobre temas específicos, y varios vicesecretarios sobre cada área sectorial (transporte, aviación, presupuesto, investigación). Hay también un departamento de relaciones intergubernamentales, algo que vemos en prácticamente todas las agencias del país, ya que no hay casi ningún proyecto que no requiera cooperar con otras administraciones, y por supuesto, con los pesados del congreso.

La parte importante de este organigrama, sin embargo, son las nueve cajitas en la parte inferior. Cada una de estas agencias (“administrations”) depende en apariencia del secretario de transporte, y forma parte del departamento. En la práctica, son agencias que fueron creadas en algún momento por el congreso con el objetivo de regular una industria o modo de transporte, y fueron “pegadas” al departamento con carácter casi meramente administrativo.

Los directores de cada una de estas agencias son nombrados directamente por el presidente y son confirmados por el senado por separado. Ejercen el cargo a discreción del presidente; el secretario de transportes no puede despedirles o darles órdenes directamente. Ambos son empleados del gobierno federal y ambos están trabajando a las órdenes del tipo que vive en la Casa Blanca, así que (habitualmente) no se lían a tortazos y tienen prioridades parecidas. No obstante, esto dista mucho de la estructura jerárquica que uno ve entre el ministro de fomento y el director general de ferrocarriles, o el nombramiento directo de los presidentes de ADIF o Renfe.

Esta separación se extiende a los presupuestos y asignación de empleados. Aunque el departamento de transportes tiene más de 55.000 empleados y 90.000 millones de dólares de presupuesto, del secretario de transportes sólo dependen directamente unas 1.200 personas y unos 900 millones de dólares al año. Cuatro quintas partes del personal del departamento están en la Federal Aviation Administration (46.000 personas). Tres quintas partes del presupuesto están metidas en la Federal Highway Administration. La primera es la agencia que regula (mal) el sector aeronáutico del país y el transporte aéreo, y si tiene tantos empleados es porque estos incluyen más de 35.000 controladores aéreos. La segunda parece tener tanto dinero porque son los que se dedican a dar dinero a los estados para que construyan autopistas, así que dentro de su plantilla (2.700) hay muchos más contables y abogados que ingenieros.

Secretario Pete

Esto hace que el nombramiento de Pete Buttigieg, ex- alcalde de South Bend, Indiana, y ex- candidato presidencial, para el cargo de secretario de transportes sea mucho menos importante de lo que parece a primera vista. Joe Biden no está nombrando al equivalente del alcalde de Lugo como ministro de fomento para toda la Unión Europea, sino que está nombrando al alcalde de Lugo para algo parecido a “coordinador informal y portavoz del trabajo de nueve agencias europeas muy mal avenidas y completamente independientes”. Los nombramientos que a mí más me preocupan, como fanático de los trenes, son los de la Federal Railroad Administration y Federal Transit Administration, que son las dos agencias plagadas de inútiles que regulan espantosamente el transporte ferroviario en este país.

El cargo de secretario de transportes, por supuesto, no es completamente irrelevante, y si uno presta atención a lo que puede y no puede hacer es posible que Buttigieg sea la persona adecuada. Aunque no vaya a tener demasiado dinero a su alcance, el secretario de transportes puede hacer cosas como definir qué criterios va a seguir la agencia para puntuar proyectos que solicitan subvenciones federales, impulsar estudios y cambios regulatorios sobre alguna de las prácticas que hacen que Estados Unidos sea tan espantosamente incompetente construyendo infraestructuras, y básicamente animando al resto de agencias e industrias del sector a cambiar cómo hacen las cosas. Alguien especialmente ambicioso (y mientras el presidente no objete a ello), puede además trabajar con el congreso para impulsar leyes que reformen el sector y conseguir más dinero para infraestructuras.

Si hay algo que sabemos de Pete Buttigieg, aparte de que fue un alcalde competente en estos temas (en “Lugo”), es que es un tipo ambicioso, y es muy, muy, muy bueno llamando la atención. Es muy listo, y es la clase de persona que no tendrá reparos en intentar vender sus ideas ruidosamente a la prensa y resto de colegas del departamento. Dado que (aviación aparte) Estados Unidos tiene un sector del transporte muy anquilosado e ineficiente, que Buttigieg venga de fuera es casi mejor de que sea un ex- presidente de una de las lamentables redes de transporte público de Estados Unidos. Si se aplica y tiene suerte, es un cargo desde donde se pueden hacer cosas interesantes, y conseguir la clase de publicidad que puede servirle para avanzar su carrera política.

Un ejecutivo confuso

Dejando de lado el departamento de transportes, esta aparente desconexión entre la importancia real de un cargo y el nombre del departamento no es uniforme en todo el gobierno federal. La gente al mando de los departamentos “duros” (estado, tesoro, defensa, justicia) son tan importantes como parecen. En otros departamentos, el secretario sí tiene mucho poder (trabajo, agricultura, interior, veteranos, que tiene el tercer mayor presupuesto de todos los departamentos), mientras que otros que generan muchas polémicas realmente son casi cascarones vacíos (educación, donde el gobierno federal no hace casi nada, comercio, vivienda…). Cada departamento es el resultado de décadas de pegotes, añadidos y chapuzas burocráticas improvisadas. A diferencia de en sistemas parlamentarios continentales en los que el ejecutivo tiene una flexibilidad considerable creando o suprimiendo ministerios, en Estados Unidos deben ser creados por ley, provocando extrañas amalgamas burocráticas en el proceso.

Mi ejemplo favorito es el departamento de energía, que combina un montón de centrales eléctricas de propiedad federal, laboratorios de investigación y el desarrollo y fabricación del arsenal nuclear del país, que por un motivo que se me escapa no está bajo supervisión del Pentágono. La extracción de petróleo y gas natural, por cierto, es cosa del departamento de interior.

Más allá de laberintos burocráticos, vale la pena recordar también que el gobierno federal americano en realidad no hace gran cosa. Quien gestiona casi todos los servicios públicos son los municipios y estados, no el gobierno de Washington. Obviamente es un país tan grande y rico que el ejecutivo central tiene unos presupuestos colosales y si se pone puede hacer grandes cosas, pero en agregado el presupuesto federal es defensa, seguridad social y medicare; el resto es calderilla. Es un país grande y complejo con un sistema de gobierno grande y complejo, y aclararse sobre quién puede hacer qué y cómo es siempre un ejercicio frustrante.

Bolas extra:

  • Uno de los problemas a los que se enfrenta cualquier político es superar la resistencia burocrática de la administración. El departamento de transportes es conocido por tener a los funcionarios más tozudos del país, empezando por Amtrak. Aquí un ejemplo: la compañía se niega a cambiar cómo embarca pasajeros en sus estaciones, a pesar de que el congreso los ha obligado por ley a hacerlo.

  • Algo que Buttigieg puede y debe hacer: importar mejores prácticas de otros países, porque Estados Unidos hace las cosas fatal en materia de transportes.

  • Facebook es la máquina del juicio final.

  • Superfans de Trump indignados tras haber perdido cientos de miles de dólares apostando que Trump iba a ganar las elecciones. Como dice Alex Tabarrok, “betting is a tax on bullshit”.

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