A vueltas con el salario mínimo

De cómo un burócrata del senado decide sobre política laboral en Estados Unidos

Tras el interludio urbanístico del martes (no será el último - estoy trabajando en estas cosas en un par de proyectos…) hoy toca volver al estímulo fiscal y al hombre más poderoso de Estados Unidos, nuestro viejo amigo, inspirador líder, y campeón de todo lo bueno en este mundo Joe Manchin.

Ha pasado casi un mes desde que hablé de las negociaciones sobre el estímulo fiscal, y las cosas no es que hayan cambiado demasiado. Por aquel entonces, los demócratas estaban hablando de ver si podrían negociar algo con los republicanos, pero habían dejado meridianamente claro que si no había acuerdo iban a sacarlo adelante en solitario. El procedimiento escogido, reconciliation, o reconciliación, permite al senado sacar adelante legislación por mayoría simple sin posibilidad de filibusterismo. Con la cámara alta dividida 50-50, eso les iba a permitir sacar la ley adelante con Kamala Harris rompiendo el empate.

Como era de esperar, los republicanos no han estado por la labor de negociar demasiado. Aunque ha habido algunos senadores que han ofrecido ideas positivas, levantar un filibusterismo requiere 60 votos; no hay suficientes moderados dispuestos a apoyar la medida sin concesiones onerosas. Los demócratas han decidido apretar los dientes, gritar “Fuenteovejuna”, y van a aprobar el plan ellos solitos a golpe de reconciliación.

Una ley popular

Hasta ahora, la cosa les estaba saliendo más o menos bien. A pesar de la oposición prácticamente unánime del GOP, el paquete fiscal de Biden goza de amplio apoyo en los sondeos incluso entre votantes republicanos.

En un planeta normal con partidos políticos normales, cuando un gobierno recién elegido está intentando aprobar una serie de medidas que gozan de la aprobación de tres cuartas partes del electorado los políticos de la oposición al menos fingirían prestar algo de atención. Estados Unidos es la clase de lugar donde Fox News está politizando a el cambio de nombre de Mr. Potato Head. El hecho de que algo, sea lo que sea, tenga este grado de popularidad es lo suficiente inusual como para esperar una reacción política de alguna clase.

Pero claro, hablamos del partido republicano, una formación política que literalmente no necesita sacar más votos que sus oponentes para alcanzar y mantener el poder (sí, este artículo, otra vez). Es la clase de partido en el que su líder legislativo más importante puede lanzar una diatriba de media hora acusando a su último presidente de ser culpable de provocar una insurrección armada que casi acaba con el linchamiento del vicepresidente para después declarar, dos semanas después, que si ese ex- presidente es el candidato a la presidencia el 2024 le apoyará con entusiasmo. Algunos senadores del GOP tienen la jeta estos días de pedir bipartidismo, a pesar de que todo parece apuntar que casi nadie en el electorado comparte su oposición a la ley.

Los demócratas, por una vez, parecen haberse dado cuenta que están ante un caso perdido. No sólo eso, parecen estar felices de que van a sacar adelante una ley que parece gustar a todo el mundo ellos solos. Es casi un milagro.

El escollo del salario mínimo

La unanimidad demócrata, no obstante, tenía una fisura importante: la subida del salario mínimo. Joe Biden hizo subir el salario mínimo a $15 la hora, una de las promesas centrales de su campaña, y uno de los guiños más importantes al sector progresista del partido. En el senado, nuestro amigo y khan imperial, real y divino Joe Manchin, junto con la también moderada y siempre peculiar Kyrsten Sinema (Arizona) cree que eso no es una buena idea. La subida a $15 les parecía excesiva.

Antes de meternos en detalles políticos, vale la hablar un poco sobre el salario mínimo, ya que el contexto es importante.

Ahora mismo, el salario mínimo federal está a $7,25 la hora, y lleva allí desde el año 2009, sin ajustes por inflación ni nada parecido. No está en mínimos históricos, pero se está acercando bastante; nunca había permanecido estancado al mismo nivel durante tantos años.

Dado que los estados pueden subir el salario mínimo de forma independiente al gobierno federal, tenemos muchísima evidencia empírica sobre qué sucede cuando lo aumentamos. Noah Smith tiene aquí y aquí dos artículos estupendos sobre ello, pero dicho en pocas palabras, parece bastante claro que el efecto es una subida de sueldo considerable para los trabajadores más pobres y una disminución del nivel de empleo entre nula y minúscula.

La subida de $7,25 a $15, además, realmente no es tal. Los políticos en todo el país saben que subir el salario mínimo es popular (y parecen entender que sus consecuencias son casi siempre positivas) así que hay muy pocos lugares donde el salario mínimo federal sea operativo. La cifra “real”, si miramos el salario efectivo medio del país, rondaba los $12 la hora pre- crisis. El aumento a $15 (en etapas; nadie quiere subirlo de golpe) sería un salto considerable para los 21 estados que siguen anclados al mínimo federal, pero un cambio menor en muchos lugares.

El salario mínimo en West Virginia, de donde es el adorado y venerado líder del mundo libre Joe Manchin, es $8.75. La objeción de Manchin es que su estado es muy pobre comparado con la media nacional; una subida a $15 quizás no sea un problema en Nueva York o Minnesota, pero en West Virginia estaría lo suficiente cerca (de hecho, casi un poco por encima) del salario mediano como para que sí tuviera consecuencias adversas en la tasa de paro.

Y la verdad, es posible que tenga razón. Es un argumento lógico y coherente; si fuera senador por West Virginia seguramente diría lo mismo. El salario mínimo en Arizona está en $12.15 así que no me creo esta historia viniendo de Sinema, pero sí de Manchin.

De letrados y legislación

La oposición de Manchin a subir el salario mínimo hasta $15 la hora creaba un problema para el partido, que se vería obligado a negociar consigo mismo en el senado. No es del todo agradable para un presidente verse forzado a romper una promesa electoral apenas un mes después de empezar su mandato, pero estaba claro que la única forma de sacar adelante el estímulo fiscal sería rebajando esa cifra, o dando alguna opción a estados como West Virginia para rebajarla.

Conflicto. Los demócratas están divididos. La clase de titulares que uno no quiere ver.

Ayer, sin embargo, la unanimidad demócrata fue rescatada por una de esas cosas absurdas del senado, el mismo procedimiento de reconciliación. Bajo estas reglas, el proyecto de ley no puede incluir cosas que no tengan un impacto directo en el presupuesto. La responsabilidad de decidir qué forma parte del presupuesto y qué cae fuera recae en el letrado del senado (Senate Parlamentarian), alguien que no conoce absolutamente nadie pero que está allí, al pie del cañón, esperando interpretar el reglamento de la cámara.

Su veredicto ha sido claro: el salario mínimo no cuenta como parte del presupuesto, así que no cuela. No puede estar en el plan de estímulo.

El ala progresista del partido demócrata, por descontado, se ha levantado en armas, toda indignada, ante este absurdo abuso de la autoridad de un burócrata anónimo. Han llamado a abolir el filibusterismo o en su defecto, a que Kamala Harris, en su condición de presidente del senado, declare ese veredicto como inválido y la mayoría del senado vote ignorarlo. Los más entusiastas han recordado cómo los republicanos, allá por el 2001, despidieron al letrado del senado cuando este les llevó la contraria al intentar bajar los impuestos vía reconciliación. Bernie Sanders ha anunciado una enmienda que convertiría el salario mínimo en algo parecido a un impuesto, que sí sería válido bajo el reglamento.

Ninguna de estas opciones es viable, por supuesto, porque sólo hay 48 senadores que quieran un salario mínimo de $15. No hay maniobra legislativa que valga.

El resto del partido, sin embargo, ha protestado un poquito, pero creo que han respirado con un poco de alivio. No porque no quieran subir el salario mínimo a $15, sino porque así podrán sacar adelante el estímulo fiscal rápido ahorrándose unas negociaciones complicadas para acordar una subida menor. Aparte, podrán utilizar la subida del salario mínimo después en otras leyes para atizar a los republicanos sin cesar.

Un pequeño consuelo

Resulta que subir el salario mínimo es otra de esas cosas que, aunque el partido republicano se opone de forma casi unánime, es muy, muy, muy popular entre el electorado. Es la clase de medida que puede sacar un 61 por ciento de votos a favor en referéndum en Florida en las mismas elecciones en las que Biden perdió por cuatro puntos en ese mismo estado. Los demócratas van a pasar un rato estupendo proponiendo subidas del salario mínimo sin cesar y retando a los republicanos a que intenten bloquearlas. Si el GOP cede y negocia, todos contentos; si no, tendrán una buena arma política en su arsenal.

No dudo que el partido demócrata prefiera subir el salario mínimo a torturar a los republicanos forzándoles a votar en contra, pero dado que no pueden hacerlo con 50 votos (ni a $10, ni a $12, ni a $15) pues al menos se van a divertir.

El paquete de estímulo es lo suficiente ambicioso y tiene suficientes cosas que valen la pena dentro que la verdad, sigue siendo una ley fantástica sin él. Tampoco es para llorar demasiado.

Bolas extra:

  • Joe Biden ha bombardeado Siria, porque algunas ideas estúpidas sobre qué hacer en Oriente Medio son eternas.

  • CPAC, la conferencia de “ideas” de los conservadores, tiene poco de ideas este año y mucho de hacer la pelota a Trump. El expresidente dará un discurso en la conferencia el domingo que, seguro, seguro, seguro que será de lo más estable y conciliador. Fijo.

  • Un escándalo político tremendo en Dakota del Sur, donde el fiscal general parece que atropelló y mató un hombre el año pasado. El tipo insiste que no, que él sólo estaba distraído y le dio a un ciervo. Leed, leed.

  • Formando sindicatos en Amazon.

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