Clase social en Estados Unidos

Ya de vuelta, unas notas sobre el ascensor social en este país

Las vacaciones en Vermont han sido una delicia: tranquilas, relajantes, sin hacer nada en particular, pero siempre ocupados en algo distraído. Hemos visto lagos, ríos y montañas, paseado por bosques, comido helado, y leído mucho y bien lejos de cualquier distracción.

Lo que no hemos hecho nada en absoluto es mirar el correo o leer periódicos, así que he pensado bien poco sobre política americana, Joe Biden, Trump, el congreso y todo lo demás. Hacía mucho tiempo que no “apagaba” el ruido, y tengo que decir que la gente que pasa de la política me parece mucho más cuerda esta semana. Pero claro, ya se sabe que puedes ignorar la política, pero la política no va a ignorarte a ti, así que esta semana volveremos a ella, que falta que nos hace.

Pero eso será luego. Hoy, si me permitís, quiero dejar algunas notas sobre algo de lo que no tengo una tesis formada, pero que llevo dándole vueltas desde hace tiempo, que es la estratificación social en Estados Unidos. Es algo que comenté de pasada en el boletín de hace unos meses sobre la jerarquía de las universidades, y que está implícito en muchos de los artículos de urbanismo también: Estados Unidos es un país muy clasista, y es increíblemente complicado hablar sobre ello.

La quimera de la clase media

Decir que casi todos los americanos creen que son de clase media es un tópico, pero resulta ser cierto. Los sondeos, de forma muy consistente, indican que sobre un 60-70% de americanos dicen ser de clase media, dependiendo cómo hagas la pregunta. Definir qué es clase media es complicado en un país tan enorme; alguien que gane $100.000 al año en Nebraska será de familia acomodada, pero ese mismo sueldo en San Francisco apenas te serviría para pagar el alquiler pre-pandemia.

Por añadido, la clase social tiene un fortísimo componente cultural, y más cuando el nivel educativo genera tantas diferencias ideológicas como aquí. Un instalador de calefacciones o electricista pueden ganar mucho más dinero que un trabajador social o periodista, por ejemplo, pero ese concepto nebuloso de “valores de clase media” hará que los segundos, universitarios ambos, se crean mucho más “clase media” que los primeros. Tenemos también el conocido problema del aumento de las desigualdades y consiguiente erosión del poder adquisitivo de la clase media, pero ese es otro cantar.

Lo que me parece fascinante, sin embargo, es que los políticos y el debate público en Estados Unidos es increíblemente alérgico a hablar sobre clase social. Como señala Noah Smith (en un artículo del que comparto muchas ideas), se habla mucho más sobre raza y racismo que sobre clase social - dejando de lado la obvia, persistente conexión entre ambas.

Lucha de clases

Más allá del debate (o de su ausencia), estos días he pensado mucho sobre cómo las diferencias sociales y la estratificación funcionan en el día a día del país. Uno de los mecanismos es la distancia física; como he comentado en otros artículos, las ciudades y municipios ricos de Connecticut trabajan muy duro para mantener cualquier persona de renta baja fuera de sus fronteras, así que la segregación por renta es muy, muy real. East Haven, donde vivo, es un tanto inusual en que tiene barrios de clase media y barrios más modestos, pero incluso dentro del municipio las líneas de separación son muy, muy claras.

A efectos prácticos, el americano medio no tiene por qué cruzarse con nadie que no sea de su clase social en todo el día. Cada mañana cogerá su coche, saldrá de su barrio económicamente homogéneo y se meterá en la autopista para ir al trabajo. Allí, compartirá el día con gente con su misma ocupación y nivel de ingresos, con pocas excepciones. Al volver a casa, hará la compra en un supermercado acorde a su nivel adquisitivo (Whole Foods si tiene dinero, Big Y si está un poco por debajo, Stop & Shop si va más justito, Walmart si tiene poco dinero, C-Town si es pobre, la bodega del barrio si va justísimo; los nombres variarán según la región), y seguramente verá poco o nada del mundo exterior sin bajarse del coche.

Al hablar de ocio, este un país donde los espacios públicos apenas existen, así que no habrá interacción. Connecticut es la clase de lugar donde casi todas las playas son privadas, y las pocas que no lo son o bien cobran entrada o están limitadas a los residentes del municipio. Aquí no hay eso de “bajar al centro” para ir al cine, a comprar o a pasear, porque casi ninguna ciudad tiene “centro”. No hay lugares donde andar o interactuar, o ni siquiera zonas acomodadas monumentales que admirar; los ricos viven en las afueras, en casas enormes y barrios sin aceras.

Different class

Más allá de la segregación física, lo que más me sorprende es el sutil pero persistente clasismo, algo que es visible desde la vestimenta (me parece que en Estados Unidos cómo vistes es un identificador social mucho mayor que en España) a con quién te relacionas y cómo. Se espera que si vas a ocupar un cierto trabajo debes cumplir con ciertos criterios informales sobre cómo presentarte, de qué puedes hablar, cómo trabajas y qué clase de actitud debes tener.

Esto está presente en otros países (en Barcelona, hablar catalán sin acento es una de esas cosas que “necesitas”), pero siempre me ha fascinado lo arraigado que está aquí, lo explícito que es, y lo poco que se discute. En el trabajo, cosas como inmediatamente poner un CV en primera fila porque alguien viene de una universidad de la Ivy League, o la insistencia en cartas de presentación y recomendaciones (y cómo se descartan de inmediato aquellos que no “se venden” de forma correcta), anteponer credenciales académicas a experiencia, o tomar menos en serio a aquellas voces que no usan el lenguaje correcto.

Esta clase de pistas y barreras las ves también en funciones sociales, eventos y cosas variadas. Lo veo en el Capitolio, en las sutiles distinciones entre legisladores que son “gente de bien” (y tienen antepasados que vinieron en el Mayflower) y aquellos que son “activistas” (léase: se tienen que ganar la vida trabajando).

Hace unos días, en una fiesta de mi hija, lo veías incluso entre los padres. La guardería donde va es privada (porque la pública no existe…), así que hay gente de varios pueblos llevando a los críos allí. El año que viene, sin embargo, los chavales sí irán a la pública, así que tenías las nada sutiles líneas de demarcación entre aquellos que viven (o se están mudando este año) a suburbios más ricos y los que vivimos en distritos menos pudientes. La primera pregunta que todo el mundo hacía es “dónde vives” que en Connecticut es poco menos que preguntar “cuál es tu clase social” y “a quién votaste en las últimas elecciones”.

Este es un país de burbujas claramente delimitadas y muy visibles y obvias a poco que prestes atención. Y es muy, muy, muy difícil salir de ellas o saltar de una a otra.

Sí, sé de sobras que la movilidad social y la lucha de clases sigue viva en España. Y sí, sé de sobras que muchos de estos códigos culturales existen en otros lugares; todos aprendemos a navegarlos. Pero en España estamos hablando todo el día sobre los ricos, tenemos siglos de tradición de meternos con los señoritos, y al menos la opulencia y las barreras se consideran como cosas de mal gusto. Aquí, todo es explícito, pero a la vez casi nunca habla nadie de ello.

A veces cuando me pongo marxista no puedo dejar de pensar que el racismo en Estados Unidos existe sólo para evitar tocar temas de clase social. No es una idea descabellada.

(Sí, sé que Pulp son ingleses. Ningún artista americano escribiría una canción así - Bruce Springsteen habla de clase social, pero nunca de forma explícita).