Urbanismo, confianza, y soluciones

Revitalizar las ciudades en Estados Unidos requiere adoptar una serie de medidas que no tienen perdedores, pero que son dificilísimas políticamente ¿Por qué?

Por aquí he hablado alguna vez sobre los problemas y conflictos que subyacen detrás del urbanismo americano.

En general, con contadas excepciones, Estados Unidos es un país de ciudades pobres y suburbios ricos. Las áreas metropolitanas suelen tener en su centro al municipio más poblado, con sus rascacielos, autopistas, y demás, que suele tener barrios más pobres, menos gente blanca, más edificios y fábricas abandonadas, y más pobreza. Alrededor hay círculos concéntricos de suburbios de clase media, casi siempre más blancos, casi siempre con viviendas unifamiliares, y casi siempre con densidades de población bajas.

Este patrón varía de un estado a otro en densidades, estructura del gobierno local (sólo municipios o hay gobierno supramunicipal, léase condados), y el mecanismo exacto sobre quién decide qué y cómo se distribuye el dinero. En general, este esquema lo vemos más a menudo y con más claridad en las ciudades del Midwest, sur y noroeste del país (con excepciones, como Nueva York y Boston - de nuevo, ciudades muy inusuales); en el suroeste y costa oeste lo vemos en algunos lugares, pero es menos habitual.

El coste del urbanismo excluyente

No hace falta decirlo, pero mantener las ciudades pobres y deprimidas tiende a ser una idea bastante espantosa no sólo desde el sufrimiento que la pobreza genera, sino desde el punto de vista económico. Tener una zona urbana llena de edificios vacíos con elevadas tasas de crimen a la que los trabajadores de los suburbios sólo se desplazan en coche para ir y volver del trabajo es un desperdicio de dinero inmenso. Si, además, como vimos el otro día, muchas de estas áreas metropolitanas son espantosamente caras porque no están construyendo viviendas, pues aún peor.

Solucionar este problema es complicado, pero no es imposible. Por un lado, es necesario obligar a los suburbios a permitir más densidad en vez de prohibir todo lo que no sea casitas unifamiliares. Eso contribuirá a reducir la enorme dispersión de la población, por un lado, y reducirá la brutal segregación racial y económica, al permitir la construcción de vivienda asequible fuera del centro urbano. Por otro, las ciudades deben recibir ayuda para ofrecer mejores servicios (mejores escuelas, más policía) y hacer todo lo posible para construir más viviendas de todo tipo como sea posible, mejorando su base fiscal.

Soluciones fáciles…

Lo interesante es que el resultado de la combinación de estas dos medidas, no tienen apenas perdedores, ni a corto ni a largo plazo. Sabemos (porque hay abundante literatura sobre ello) que construir densidad en los suburbios y aumentar la población no tiene efectos negativos apreciables sobre el valor de las viviendas existentes. Sabemos también que los ingresos fiscales adicionales generados por los nuevos edificios y la mayor actividad económica son a menudo mayores que los costes adicionales incurridos (más chavales en las escuelas, tráfico, etcétera), así que no es algo que nadie deba temer.

En el lado de las ciudades, los estados tienden a transferir mucho dinero a estas ya ahora, así que mejorar servicios representa una inversión menor, pero con retornos considerables. Aumentar la población tiene efectos aún más positivos que en los suburbios, ya que los recién llegados tendrán a menudo niveles de renta mayores que la población actual. Este aumento de habitantes, además, se puede hacer sin desplazar a los que ya viven en la ciudad, ya que si algo sobra en las ciudades deprimidas americanas es espacio; casi todas ellas tienen hoy mucha menos población que hace 50-60 años (en algunos casos, menos de la mitad), así que pueden acomodar mucha más gente.

…Y oposición acérrima

Parece fácil, ¿verdad? Bueno, pues buena suerte convenciendo a políticos o activistas ahí fuera de que esto es así y que por una vez y sin que sirva de precedente, no estamos hablando de dividir la tarta sino de hacer más grande el pastel. Estos días estaba organizando eventos precisamente sobre este tema (los podéis ver aquí y aquí) y he acabado dedicando gran parte de mi tiempo a apaciguar legisladores, aliados, amigos y conocidos sobre lo que estamos haciendo.

En el lado de los suburbios, la oposición proviene de una combinación de factores. Primero, mucha gente no te cree cuando les dices que construir apartamentos al lado de la estación de tren no va a llenarles su pequeño terruño de vagabundos y gente de mal vivir, no importa cuánta evidencia empírica les muestres. Segundo, hay una idea persistente, inamovible de que los suburbios son “sanos” y la densidad es “antinatural”, fruto de ecologismo mal entendido y el maldito ruralismo del discurso político americano. Tercero, hay un factor importante de racismo típico y clásico, y no veas lo que se ofenden si lo mencionas en voz alta.

En general, el mensaje que mejor funciona en los suburbios es hablar sobre crecimiento económico y vivienda asequible para los hijos. Lo que sucede a menudo, sin embargo, es que la gente que se las apaña para formar parte de las comisiones de urbanismo o que tiene suficiente tiempo libre como para chillarles a los miembros de la comisión de urbanismo son los que no quieren que se construya nunca nada en ningún sitio, en otro ejemplo más de problemas con costes (imaginarios) concentrados y beneficios difusos.

En el lado de las ciudades, la oposición es fruto de errores del pasado y activismo mal entendido. Los errores del pasado son evidentes y conocidos; si vives en Hartford sabes que la última vez que prometieron resucitar tu ciudad demolieron barrios enteros para construir autopistas, y las cicatrices siguen allí, bien visibles. Cualquier intento de urban renewal será recibido con escepticismo.

Segundo, hay un temor bien fundado a la gentrificación, es decir, a que una vez empieces a renovar e invertir el barrio se llene de hipsters y el precio de la vivienda se vaya por las nubes. A poco que te descuides, has rescatado a la ciudad de la pobreza simplemente forzando a los pobres a marcharse. Esto es algo que ha sucedido, con casos bien documentados y conocidos, pero no es inevitable si se construye vivienda nueva para los recién llegados para que no desplacen a residentes. Brooklyn y Park Slope se salen de madre porque tienen un suministro finito de sus idílicas brownstones; en una ciudad que ha perdido la mitad de sus habitantes vas a tener suficientes solares vacíos para construir más casas.

Tercero, y no menos importante, hay muchísimo activista y líder de izquierdas local (y las ciudades pobres están dominadas por la izquierda) que les mencionas “construir más casas” e inmediatamente te llenan las orejas con las maldades de la especulación inmobiliaria. Cualquier propuesta de nueva construcción acostumbra a ser recibida con toneladas de condiciones sociales (desde un mínimo de viviendas protegidas, cosa que es contraproducente, a exigir que la mano de obra sea local), cuando no oposición frontal (“¡no a los apartamentos para ricos!”). El activismo urbano suele ser populista (porque es así como movilizas a gente), y ese populismo es a veces bastante propenso a exigir perfección antes que a solucionar problemas.

Lo desesperante es que, aparte de cómo pagas los servicios que necesitas en las ciudades para atraer hipsters (una cantidad razonable de policías, transporte público, colegios aceptables), las medidas que necesitas sacar adelante no son demasiado complicadas. Basta con construir más; incluso el gasto público adicional es menos urgente de lo que parece. Los oponentes a estas soluciones, sin embargo, son muy ruidosos (una ley minúscula para aumentar densidades en suburbios este año atrajo a más de 700 personas para testificar), y los políticos temen el coste político de las reformas, por mucho que admitan (en privado) que son necesarias.

Brotes verdes

De todos modos, creo que hay cierta esperanza. Por un lado, parece que al fin los políticos y muchos activistas están empezando a percatarse de que esto puede arreglarse. Por otro, hay muchos grupos favorables a cambiar el modelo que están empezando a organizarse. Hace un par de años, una ley para regionalizar servicios atrajo centenares de voces en contra y quizás una docena de voces a favor (yo entre ellos); la ley de este año ha tenido más gente testificando a favor que en contra. El hecho de que haya convencido a mis jefes de que esto es importante y que todos los eventos que organizamos se nos llenen sugiere que hay una ventana de oportunidad para mejorar las cosas.

Y caramba, es incluso posible que estén en visos de solucionarse, al menos aquí en Connecticut. Hartford y New Haven están construyendo viviendas como locas para lo que se estilaba por aquí (el parque de vivienda en New Haven va a aumentar un 3% anual durante los próximos años), y muchos suburbios están empezando a construir bloques de pisos aquí y allá. Hay ciudades ahí fuera que han salido del pozo en años recientes con este modelo (Stamford, Danbury, Boston…). Un empujoncito desde el activismo quizás sea sano, pero no estamos ya remando a contracorriente, o al menos no tanto como antes.

¿Eso que se dice que Estados Unidos es un país que siempre acaba por hacer lo correcto tras probar todas las soluciones erróneas? Bueno, es bastante cierto.

Bolas extra:

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