El imperio de los Apalaches

El planeta entero es hoy súbdito de los señores del carbón de West Virginia

La historia de West Virginia como estado independiente empieza el 17 de abril de 1861, el día en que Virginia votó a favor de la secesión.

Eran los primeros días de la guerra civil, y la convención de delegados del estado sureño había votado a favor de la separarse de Estados Unidos. La parte occidental de la Commonwealth, sin embargo, era muy distinta a la oriental; mientras que las zonas más llanas y cercanas al mar tenían plantaciones y esclavos, en el montañoso oeste, en el corazón de los Apalaches, no sólo no tenía agricultura esclavista, sino que llevaba años sintiéndose ninguneado por sus vecinos de la costa. De los 49 delegados de la región, sólo 17 votaron a favor de la ruptura; 30 lo hicieron en contra.

Durante los caóticos días que siguieron, los condados de West Virginia, tras votar de forma aplastante en contra del referéndum de secesión, decidieron que iban a crear un estado nuevo, leal a la unión. Siguiendo un proceso legal igual de caótico e improvisado que el que siguieron en Richmond, declararon ser un nuevo estado, y se unieron a los leales del norte. Las tropas federales ocuparon el nuevo territorio en verano, y la guerra poco menos que pasó de largo, mientras el resto de Virginia era devastada.

Durante años, West Virginia vivió de la minería del carbón. Fue uno de los centros de la militancia obrera más radical a principios del siglo XX, los años de las guerras del carbón entre patronos y mineros, a menudo armados hasta los dientes. La batalla de Blair Mountain, en 1921, enfrentó a más de 10.000 mineros contra policías privados, matones, y la policía estatal, y acabó con más de un centenar de muertos.

Muy pocos en Estado Unidos recuerdan estas batallas. La historia del estado, durante las últimas décadas, ha sido una de decadencia y pobreza. West Virginia es hoy el estado más pobre de la unión. Sus habitantes tienen la esperanza de vida más baja del país (menos de 75 años, al nivel de Bielorrusia o Bangladesh; España está por encima de 83). Montañoso, agreste, sin salidas al mar ni rutas de comunicación fáciles, con ciudades pequeñas y aisladas, el cierre de las minas y el progresivo éxodo de todo aquel que puede irse han convertido a este estado en el ejemplo persistente de pobreza rural. Es uno de esos lugares que se han quedado atrás, quizás para siempre.

Hasta el 2021, cuando West Virginia resurgió de sus cenizas y tomó el control del futuro del planeta tierra en sus manos. O, siendo más precisos, cuando el senador Joe Manchin, demócrata moderado, se convirtió en el votante mediano del senado y con ello, en el hombre más poderoso de Estados Unidos.

El resurgir del poder minero

El congreso de los Estados Unidos está ahora mismo negociando el paquete Build Back Better (aquí tenéis la explicación completa), y entre un montón de programas sociales y cosas que nos gustan (¡guarderías! ¡bajas por enfermedad!) incluye todo el programa de Joe Biden para combatir el cambio climático. La ley sólo puede ser aprobada con el apoyo de Joe Manchin, que representa este estado con una decadente pero aún relevante minería del carbón, y con una enorme carga emocional asociada a un pasado militante y glorioso. Este mismo Joe Manchin es también accionista de varias minas de carbón, cosa que es un pequeño problema.

Este fin de semana Manchin ha anunciado que se opone al Clean Electricity Standard (CES), la parte de la legislación que crea un sistema de incentivos, subvenciones, y ayudas para hacer que el 80% de la generación eléctrica en Estados Unidos provenga de energías renovables el 2030. Esta provisión era, de muy lejos, la más importante de todas las provisiones para combatir el cambio climático, y a un coste de 15.000 millones anuales, era relativamente barata. Sin un CES, es muy poco probable que el país pueda cumplir con sus objetivos de cambio climático esta década, abriendo la puerta a que otros países usen este fracaso como excusa para seguir contaminando.

Cuando digo eso de que Joe Manchin es señor y emperador de todo el cosmos y amo del futuro del planeta, timonel del progreso y la civilización, no estoy bromeando. Gran parte del futuro del planeta entero depende de este señor de West Virginia, el estado que ahora mismo domina la Tierra bajo su puño de hierro.

Derrotando al imperio de los Apalaches

En un mundo remotamente racional, lo que vendría a continuación sería casi sencillo: dado que el coste de no aprobar la ley es literalmente billones de dólares y sufrimiento a una escala planetaria sin precedentes, el congreso literalmente podría regar de millones al estado llenándolo de monorraíles, museos diseñados por Calatrava y naumaquias y salir ganando. Darle un cheque en blanco a Manchin, dejarle que pida lo que quiera (“¿Un millón de dólares a cada minero? lo que tu digas, Joe”), sacar la ley adelante, y listos.

Por desgracia, esta compra descarada de votos para salvar el planeta es vista como algo de mal gusto estos días (una lástima: en este caso, la política como transacción es exactamente lo que necesitamos), así que el partido demócrata en bloque, y todo el movimiento ecologista, están buscando una medida que a.) reduzca emisiones a un ritmo comparable b.) no exija un milagro c.) guste a Joe Manchin. Y por desgracia, no parece haber casi ninguna.

¿Cómo reducir emisiones?

Antes de hablar de posibles alternativas, vale la pena hablar un poco sobre la CES, una medida ingeniosa y bien diseñada, pero difícil de explicar.

Bajo un régimen CES, el gobierno federal exigiría a las eléctricas que un porcentaje de su capacidad de generación proviniera de energías limpias y renovables, y ese porcentaje iría aumentando cada año. Las eléctricas que reducen emisiones reciben créditos fiscales según cambian sus centrales a renovables, sea de forma automática, sea mediante subasta. Los créditos pueden ser comprados y vendidos, así que si una eléctrica tiene muy pocas emisiones puede venderlos a aquellas que siguen contaminando. Sabemos que este sistema funciona porque hay muchos estados que lo implementan ya ahora; en algunos casos a nivel regional, como en Nueva Inglaterra. Un estándar nacional, sin embargo, podría ser mucho más agresivo, y obligaría los quema-dinosaurios entusiastas en el sur a reducir emisiones de una vez.

El problema de CES, desde el punto de vista político, es que es difícil de explicar, y que se parece mucho a eso de “que los mineros den dinero a ruinosos molinos de viento” que nos sonará tan familiar. Estás creando un mercado complicado construido alrededor de regalos fiscales; aunque tiene una lógica económica clara (contaminar exige comprar créditos, ser limpio puede darte beneficios extra) no es algo inmediatamente evidente.

Hay una forma mucho más fácil de hacer exactamente lo mismo que hace una CES pero sin un mercado extraño detrás, que es un impuesto sobre emisiones. El gobierno federal simplemente pone un precio a cada tonelada de carbono emitida a la atmósfera. Quien contamina paga. Quien no contamina no. El dinero recaudado puede usarse para otras cosas, como dar un millón de dólares a cada minero que se queda en el paro. Es fácil de explicar, es transparente y si el impuesto es elevado, tiene el mismo resultado final que CES, pero recaudas dinero en vez de dejar de cobrarlo. Sigue siendo un impuesto, y eso vende mal, pero es algo que sólo pagarán los malos que contaminan. Se puede justificar en una sola línea.

Vendiendo la reforma

Joe Manchin será un accionista de minas de carbón y todo lo que quieras, pero no es un negacionista del cambio climático. Es alguien que tiene además un olfato político lo suficientemente agudo como para ganar en un estado que Biden perdió por más de 40 puntos. Y parece, aunque no está del todo claro, que quizás esté abierto a la idea que un impuesto sobre emisiones sería políticamente más fácil de vender que un CES, al menos para los votantes de su estado.

Los demócratas están evaluando si un impuesto de emisiones podría ser una alternativa viable. Ahora mismo, esto es un globo sonda que la Casa Blanca y varios senadores progresistas están flotando por delante de Manchin a ver cómo reacciona, y de momento no parece haber salido con la escopeta para derribarlo. Mi intuición es que Manchin se lo está pensando; aunque se ha opuesto en el pasado a una medida parecida, su no era bastante condicional.

Si también se niega, los demócratas tienen un plan C, un mercado voluntario de emisiones, más un montón de dinero en subvenciones a fondo perdido a renovables. Ambas medidas son, sin embargo, mucho menos eficaces que las dos anteriores.

(ACTUALIZACIÓN: se ha negado. Era esperable, pero ayer daba señales en dirección contraria. Tímida, pero señales.

Ninguna sorpresa, por otro lado.)

Lo interesante, por cierto, aparte de que el futuro del planeta literalmente depende de este tipo y unas decenas de miles de mineros con silicosis en los Apalaches, es que en este debate no hay lugar para moderados. Si crees que el cambio climático es un riesgo mortal para la humanidad (y lo es), no hay medidas parciales aceptables; el único debate posible es cómo pagamos la transición energética, y quién se hace cargo de la factura. Manchin creo que es consciente de la magnitud del problema, y sus objeciones son distributivas, no de fondo.

Es posible que los demócratas tengan que acabar escogiendo entre dar sacos de dinero a barones del carbón o destruir el mundo. Esperemos que acaben haciendo lo correcto.

Bolas extra: