El retorno del crimen

Tras años de calma, la tasa de homicidios se disparó en Estados Unidos el año pasado. ¿Qué está sucediendo?

De todos los efectos secundarios de la epidemia de coronavirus en Estados Unidos, uno de los más incomprensibles es el brutal incremento de la tasa de homicidios.

Aunque no tenemos datos definitivos a nivel nacional (y sí estamos a finales de mayo y las cifras siguen siendo provisionales - el sistema es un desastre), el número de homicidios aumentó entre un 25 y un 40% durante el 2020, una subida sin precedentes desde que hay estadísticas. Todo parece indicar, además, que esto no ha sido cosa de un año; durante el primer trimestre del 2021, el aumento comparado con el 2020 ha sido del 18%.

La gráfica de arriba (sacada de la excelente bitácora de Kevin Drum) tiene además varias particularidades curiosas. Hasta mediados de la década pasada, la criminalidad en Estados Unidos llevaba años en marcado descenso. Aunque la tasa de homicidios seguía siendo extravagante comparada con cualquier país razonable ahí fuera (en el 2018, fue ocho veces mayor que la española), el país era mucho más “pacífico” que en los alocados finales de los ochenta/principios de los noventa, cuando llegó a ser casi veinte veces la tasa española actual. Por motivos que no están del todo claros (ahora vamos a ello), la tendencia se revertió en el 2015-2016; aunque parecía estar volviendo a bajar en años sucesivos, en el 2020 se ha disparado.

Es también algo digno de mención, porque es una tendencia nueva, el “desacoplamiento” entre crímenes violentos, robos, y homicidios. Pre-2015, las cifras estaban más o menos correlacionadas. Desde entonces, los robos han seguido bajando, el crimen violento de ha estancado, pero los homicidios se han salido de la escala.

Lo curioso, por añadido, es que esto parece ser algo particular a Estados Unidos. La criminalidad en España se desplomó el año pasado (y ya empezábamos con cifras muy bajas - es un país muy seguro), igual que en Francia, Italia, y Reino Unido. Alemania tuvo un modesto incremento en el número de homicidios (3,7%), pero no he encontrado ningún otro país desarrollado con una subida remotamente comparable a la americana.

¿Qué está pasando?

La verdad, nadie lo sabe. La subida del 2015 sigue siendo un poco un misterio; la del 2020 es tan excepcional que ha pillado a todo el mundo por sorpresa. Con los confinamientos uno esperaría ver menos asesinatos, como hemos visto en el resto del mundo, pero en cambio hemos tenido una auténtica matanza.

Teorías hay muchas. La más obvia es la combinación entre crisis económica, tener todo cerrado, y mayor consumo de drogas y alcohol. Pero el resto del mundo también ha tenido una crisis económica sin lugares de ocio ni distracciones abiertas y no se ha liado a tiros, así que algo más tiene que haber. Se ha hablado también del cierre durante la pandemia de la multitud de programas sociales para prevención de la violencia en muchas ciudades, pero el aumento es desproporcionado comparado con sus efectos.

Hay tres factores que son, creo, únicos a Estados Unidos y qué si pueden haber podido influir. El primero, la venta de armas de fuego, que aumentó de forma dramática el año pasado. Hay una correlación fortísima entre venta de armas y criminalidad en meses posteriores; la combinación de compradores asustados ante los confinamientos o los disturbios de verano pasado y aburrimiento general tuvieron consecuencias funestas.

La segunda posibilidad es el aumento del consumo de drogas, y con ello, de las oportunidades de negocio para traficantes. Esta hipótesis, además, correlaciona razonablemente bien con el aumento de crimen a partir del 2015, ya que ese es el año en que el consumo de opiáceos empieza a dispararse en Estados Unidos. El año pasado hubo un fuerte incremento de muertes por opiáceos (que es un indicador imperfecto pero razonable de consumo), así que no me extrañaría que parte de los homicidios se deriven de la “vigorosa” competición entre traficantes.

El tercero es el efecto de las protestas contra la violencia policial. Este argumento tiene dos versiones, una benévola y una un poco más siniestra, y ambas pueden ser verdaderas. La hipótesis benévola es que la oleada de protestas tras el asesinato de George Floyd (que fue, no lo olvidemos, de las más multitudinarias de la historia reciente del país) hizo que muchos departamentos de policía tuvieran que dedicar muchos recursos a controlar disturbios y manifestaciones, dejando el resto de crimen sin apenas vigilancia.

La hipótesis siniestra se deriva de experiencias de protestas contra la brutalidad policial en años anteriores en muchas ciudades del país, que es que muchos departamentos de policía han respondido a manifestaciones simplemente dejando de hacer su trabajo. Esto puede parecer extraordinario, pero es algo que hemos visto en muchas ciudades. Baltimore es el caso más sonado tras la muerte de Freddie Gray en el 2015, pero dista mucho de ser el único. Este artículo en el Atlantic del año pasado explica cómo los expertos esperaban que esto sucediera.

Este es, por cierto, uno de los motivos por los que reformar departamentos de policía en Estados Unidos es tan extraordinariamente difícil; cualquier conato de disciplina o cambios estructurales produce esta clase de sabotajes encubiertos en muchos departamentos. ¿Os acordáis cuando el año pasado describía algunos departamentos como organizaciones un poco demasiado parecidas a una mafia? Bueno, aquí lo tenéis.

Lo más probable, por supuesto, es que el aumento no se deba a una sola cosa, sino a una combinación de ellas. Lo que parece obvio es que esta clase de cifras puede tener consecuencias sociales y políticas.

Las consecuencias del crimen

Primero, empecemos por lo obvio: tener índices de criminalidad alta es especialmente dañino para las familias con las rentas más bajas, que son quienes lo sufren más de cerca. El crimen, además, acelera la desigualdad, ya que las familias que pueden mudarse huyen de las zonas más castigadas. Reducir robos, agresiones y homicidios es tremendamente progresivo; es gasto que favorece sólo a los pobres, no a los ricos o la clase media, que son víctimas de crímenes en mucha menor proporción.

Esto puede parecer una obviedad, pero hay veces que parece que a la izquierda americana se le olvida por completo. En todos los sondeos, la gente con menos ingresos (y, por ende, gente de color) quiere más gasto en seguridad pública y más policía, no menos. Aunque las ideas detrás de defund de police son sensatas (leed el artículo del año pasado), cielos santo es este un lema torpe políticamente. Siempre me ha parecido una estupidez trágica que la izquierda en casi todas partes haya cedido a la derecha la bandera del orden público y reducir el crimen, pero con estas estamos.

Los demócratas tienen la fortuna (relativa) que esta subida del crimen ha sido en el último año del mandato de Trump y que tienen un presidente que al menos entiende que este es un problema que no puede ser ignorado. En su contra, tienen la triste realidad de que el GOP les llevan décadas de ventaja hablando de ley y orden, que los policías son furibundamente republicanos en todo el país, y que incluso en Nueva York, la criminalidad está escalando posiciones en la lista de temas que preocupan a los votantes a toda velocidad.

Cierto, es muy, muy dudoso que Baltimore, Atlanta, Boston, o NYC voten a un alcalde republicano. Pero una caída del voto urbano en Georgia podría representar la pérdida del estado en el próximo ciclo electoral - y la alcaldesa de Atlanta ha anunciado que no se presentará a la reelección parte debido a la oleada de crimen.

Bolas extra:

Foto: Tony Webster