El tradicional pánico demócrata

Una derrota perfectamente predecible en Virginia presagia un mal 2022 para Biden

Las elecciones ayer por todo Estados Unidos trajeron consigo un par de resultados previsibles: los demócratas perdieron las elecciones a gobernador en Virginia y ganaron, con un margen muy, muy estrecho, en Nueva Jersey.

Son un resultado previsible porque esta clase de debacles las hemos visto otras veces. Sin ir más lejos, en noviembre del 2001, dos meses después del 11-S, dos gobernadores republicanos perdieron elecciones en esos dos estados. Lo vimos también en el 2009, esta vez con gobernadores demócratas estrellándose en ambos lugares, y otra vez más en el 2017, cuando los republicanos perdieron Nueva Jersey durante el primer año de la administración Trump.

Estos dos estados, con su extraña costumbre de escoger a un nuevo ejecutivo el año siguiente a las presidenciales, acostumbran a echar a patadas al partido que ha ganado la Casa Blanca. Es casi una tradición, pero no es algo accidental: la opinión pública en Estados Unidos (y en muchas otras democracias avanzadas) es “termostática”, ajustando sus preferencias en dirección contraria a la acción de gobierno.

El termostato político americano

Cuando una administración aumenta el gasto público, el electorado dice que hace calor, y pide recortes. Cuando impone austeridad, los votantes cogen frío y piden más gasto. Esto lo sabemos al menos desde 1995, que es cuando Christopher Wlezien formula la hipótesis por primera vez (vía), y con matices, ha ido siendo corroborada en estudios posteriores. No todos los temas se mueven siguiendo este patrón (derechos civiles, por ejemplo, ha ido marchando hacia la izquierda sin prisa, pero sin pausa), pero cuando se habla de sondeos, popularidad presidencial, y demás historias para no dormir en Estados Unidos, este es el modelo que debemos tener en la cabeza.

¿Os acordáis eso que contaba que un presidente de los Estados Unidos tiene, con suerte, un año y medio para sacar su agenda adelante hasta que su partido sea masacrado en las midterms? Bueno, este es el motivo.

El pánico demócrata

Esto no ha impedido, por supuesto, que el partido demócrata haya reaccionado a perder Virginia por dos puntos haciendo lo que se le da mejor, chillar enloquecidos presa del pánico mientras se atizan entre ellos mutuamente. La clase mediática en pleno está analizando con gran interés y gravedad los motivos de la debacle demócrata, el fin y colapso de la presidencia de Biden y cómo el partido está condenado a sufrir una derrota ignominiosa y brutal en las legislativas del año que viene.

Empecemos por los motivos de la derrota, porque el hecho de que fuera predecible no quiere decir que fuera inevitable. El “motor” de la caída de los demócratas en las encuestas es la caída de la aprobación de Joe Biden (ahora mismo rondando el 43%), porque en el fondo toda la política americana es ahora mismo esencialmente nacional. La combinación entre la variante delta y la enésima ola de COVID, el frenazo relativo de la economía fruto de esta (aunque Estados Unidos está creciendo a buen ritmo), el repunte de la inflación, la subida del precio de la gasolina y la retirada de Afganistán (para John Bolton y tres más), han hecho mella en el presidente. Empeorando las cosas, en vez de una respuesta decidida y enérgica a estos problemas nos hemos topado con meses y meses de negociaciones entre progresistas y moderados en el congreso, dando la imagen que los demócratas en vez de actuar discuten para nada.

Podemos hablar de suburbios, soccer moms, y demás, pero el mapa del cambio de voto en Virginia es bastante uniforme; los demócratas simplemente han perdido terreno en todas partes y en todos los grupos demográficos. Es la viva encarnación del termostato electoral.

El GOP cambia de estrategia

Tenemos además el hecho de que los republicanos no son estúpidos, y en estas elecciones han cambiado de estrategia. Glenn Youngkin, el ganador en Virginia, centró su campaña en educación, criticando por un lado el hombre de paja de la critical race theory para excitar a sus bases y provocar las habituales lloreras defensivas de los demócratas, pero sobre todo hablando de calidad de la educación pública y los interminables cierres de colegios durante la pandemia. Estados Unidos, por algún motivo que se me escapa, tuvo la genial idea en muchos estados de reabrir los bares antes de hacer que las escuelas fueran presenciales, así que el malestar de los padres está más que justificado.

Su oponente, mientras tanto, se pasó toda la santa campaña hablando de Trump. Youngkin evitó hablar del expresidente tanto como pudo. Los republicanos utilizaron un tema de guerra cultural para hablar de un problema concreto que preocupa a muchas familias. Los demócratas debatieron si eso era racista o no. Por supuesto que perdieron.

El fin de la presidencia de Biden

La derrota en Virginia, sin embargo, no implica en absoluto que la presidencia de Biden “esté acabada”. Es más, si hay algo en lo que todos los sectores del partido demócrata, desde los centristas cobardicas de Third Way a los recios progresistas de Working Families Party coincidían hoy es decirles a los demócratas en el congreso que ya vale de perder el tiempo negociando tontamente, y que es hora de sacar adelante las dos grandes leyes que tienen sobre la mesa de una puñetera vez. Los legisladores parecen haberse dado por aludidos y hoy hablaban de votar esta misma semana. Veremos si les dura.

Una vez aprobadas estas dos leyes (y creo que lo harán, aunque sea tarde, mal, y a rastras), la producción legislativa del congreso caerá en picado. Los demócratas no estarán de humor de meter otra ley vía reconciliación (aunque podrían) y los republicanos en el senado no dejarán que se vote nada que pueda ayudar a Biden, así que la presidencia estará casi acabada entonces, al menos hasta las legislativas.

Es entonces cuando los demócratas, casi con total seguridad, se llevarán otra paliza electoral considerable, porque el partido del presidente casi siempre se lleva una paliza en su primeras midterms. El termostato de la opinión pública se combina con la complacencia y/o decepción de las bases y una baja participación y se pierden un montón de escaños. Nos quedarían dos años de gobierno dividido, un Biden que no podría hacer nada fuera de la política exterior, y una interminable campaña presidencial.

O quizás no

Eso es lo que sucede casi siempre, claro; porque tampoco es inevitable. Las dos leyes que están siendo negociadas tienen un montón de medidas populares, desde rebajar el precio de medicamentos a guarderías gratuitas o inversiones masivas en infraestructura, aparte de medidas contra el cambio climático. Eso ayudará a los demócratas. Los problemas de las cadenas de suministro y el repunte de la inflación no son eternos, y es previsible que de aquí un año sean mucho menos visibles. La economía americana va bien y según COVID vaya quedando atrás, irá a mejor. La pandemia seguirá remitiendo según aumentan las vacunaciones. Afganistán quedará muy, muy lejos. Biden puede hacer toda clase de medidas simbólicas para distanciarse del colectivo woke más alocado y ocupar el centro de nuevo.

Con suerte, si todo va bien, es posible (aunque improbable) que la popularidad del presidente mejore, y con el paro por debajo del 4%, la inflación controlada, y la pandemia borrada del mapa, los demócratas sobrevivan a las midterms.

Es difícil, sin duda, pero no descabellado.

En el resto del país…

Los medios, por cierto, se han centrado en Virginia y Nueva Jersey, pero los demócratas se llevaron revolcones serios en elecciones de segundo orden por todo el país, incluso en sitios “seguros” como Nueva York. En Connecticut (escribiré sobre ello si tengo tiempo) tuvimos también una mala noche, y no digamos en Nueva Jersey. No he tenido tiempo de mirar resultados de elecciones locales en otros estados (a ver, este es un país de 330 millones de personas), pero por lo que comentaban en mentideros progresistas, fue una noche dura para los demócratas en medio país.

Bolas extra:

  • Estados Unidos lleva más de 750.000 muertes por COVID; cada día siguen muriendo más de 1.200 personas. En proporción a la población, esta cifra de muertes es casi seis veces la que tiene ahora España. Las cifras de vacunación en muchos estados siguen siendo espantosas. Lo de cerrar colegios y abrir bares no fue una buena idea.

  • Todo apunta que el tribunal supremo va a relajar aún más las leyes sobre tenencia de armas de fuego y declararán inconstitucional una ley de Nueva York que regula la posesión de armas fuera de tu domicilio.

  • Es posible que las emisiones de CO2 fueran casi estables a nivel global durante la última década, según nuevas estimaciones. Qué difícil es calcular estas cosas.

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