Federalismo, recesión e impuestos

El impacto de la crisis en los presupuestos públicos nos explica una historia sobre la distribución del poder político en Estados Unidos.

El enorme plan de estímulo fiscal que (con suerte) aprobará el senado esta semana incluye una cifra mareante, de las que llaman la atención: 350.000 millones de dólares en ayudas directas para gobiernos estatales y federales. Es uno de los capítulos que han atraído las iras del partido republicano, y también uno de los que la Casa Blanca quería con más urgencia.

Es también algo que requiere cierta explicación, porque a quién ayuda y cómo funciona tiene cierto interés, y crea escenarios políticos interesantes.

Presupuestos estatales y disciplina fiscal

En Estados Unidos los gobiernos locales y estatales viven bajo la más estricta disciplina presupuestaria. Estas instituciones tienen, casi sin excepción, reglas estrictas de déficit cero; están obligados cada año a no gastar más de lo que ingresan.

Como era de esperar, la recaudación fiscal fluctúa de forma considerable a lo largo del ciclo económico. Cuando las cosas van bien, el dinero que entra en caja es estable, o creciendo de forma previsible. Cuando las cosas van mal y tenemos una recesión, los ingresos se resienten, a veces de forma dramática.

Los políticos son conscientes de que estas fluctuaciones son inevitables, así que, si quieren hacer las cosas bien, intentan ser previsores. Los estados y gobiernos locales suelen tener fondos de reserva donde depositar los excesos de recaudación. También (como no), tienen siempre fuertes tentaciones para no hacer los deberes y poner la mano en la hucha cuando deberían estar ahorrando, así que no siempre se topan con las crisis con margen de error.

La crisis del coronavirus fue un ejemplo de libro de shock presupuestario inesperado para todas estas administraciones públicas. El país cerró, y con él la actividad económica. El frenazo fue tan pronunciado, tan brutal, que incluso los estados más disciplinados y ahorradores se vieron en el brete de afrontar o subidas de impuestos o tremendos recortes de gasto en medio de una recesión.

Es en este escenario cuando el gobierno federal entra en escena. El congreso de los Estados Unidos sí que tiene acceso a una tarjeta de crédito y una capacidad casi ilimitada para endeudarse; en vista del desastre generalizado en las cuentas públicas, tomaron la decisión de regar de dinero a los estados. Y eso han hecho, repetidamente, ya desde el primer plan de estímulo de abril pasado bajo Trump, un ejemplo más del colosal esfuerzo fiscal que ha hecho que la crisis del coronavirus sea algo menos dañina en Estados Unidos que en Europa.

¿Quién paga los impuestos?

La crisis del coronavirus ha sido una recesión peculiar, ya que no ha impactado a todos los sectores de la economía de manera uniforme. En una contracción “normal”, tienes uno o dos sectores económicos que quizás van un poco peor que la media, pero la actividad se reduce de forma más o menos uniforme. En esta crisis, por el contrario, hemos tenido una serie de industrias que han tenido que cerrar casi por completo, léase todo aquellos que dependen de interacciones en persona y multitudes bajo un mismo techo, mientras que otros han seguido funcionando casi sin interrupción. Si puedes trabajar desde casa, el 2020 ha sido incómodo, pero no malo. Si no puedes hacerlo, el 2020 ha sido atroz.

Visto desde la agencia tributaria de un estado o ciudad medianeja, esta crisis a dos velocidades tiene consecuencias fiscales significativas. Los estados y autoridades locales en Estados Unidos, en general, escogen qué impuestos utilizan para recaudar dinero entre un menú de tributos bastante familiar. Dependiendo de qué estructura fiscal tengan y de dónde recaudan, la crisis del coronavirus ha tenido un impacto completamente distinto en la recaudación.

Si tu estado depende, por ejemplo, de impuestos sobre la renta, la crisis reciente no te ha dolido demasiado. Sí, los trabajadores en muchos sectores han perdido su trabajo, pero el gobierno federal ha dado un aumento gigante del subsidio de desempleo (que cuenta como renta), hasta el punto de que muchos cobraban más en el paro que empleados. Para los trabajadores que podían seguir haciendo lo suyo desde casa, los ingresos no han caído o incluso han aumentado un poco, así que tu recaudación no se ha resentido.

Si por el contrario tu estado depende de impuestos indirectos como, por ejemplo, un impuesto sobre ventas minoristas (no IVA; sólo hay un par de estados con algo comparable), tus ingresos seguramente se han desplomado. Sí, los ingresos familiares medios se han mantenido, pero la tasa de ahorro se ha disparado; la gente es precavida, y con casi todo cerrado, no hay mucho dónde gastar.

La tercera fuente de ingresos tradicional (especialmente en gobiernos estatales) son los impuestos sobre la propiedad, más o menos el IBI, pero con tipos mucho más altos. Es como se paga la educación en casi todo el país. Estos impuestos tienen la ventaja de que acostumbran a ser muy estables; el precio de los bienes inmuebles no fluctúa demasiado a largo plazo, y son, además, casi imposibles de evadir.

El COVID, sin embargo, ha tenido un efecto inmediato en el valor de muchas propiedades inmobiliarias. Un edificio de oficinas en el centro de Manhattan, pre-crisis, era algo valiosísimo; la demanda para tener tu negocio en el centro del mundo es alta, y el suelo disponible escaso. Una pandemia y un año de trabajar desde casa después, todos esos inquilinos que pagaban fortunas por un despacho al lado de Times Square han descubierto que pueden hacer todo lo que hacían antes con todos sus trabajadores en casa. Sí, quizás valga la pena mantener oficinas para reuniones, proyectos que requieran colaboración y demás, pero no un edificio entero. El resultado es que todas esas ciudades que dependían de impuestos sobre propiedades comerciales para pagar sus facturas tienen un problema serio, mientras que muchos suburbios de repente llenos de gente buscando comprar una casa grande con una oficina para teletrabajar tienen las cuentas más que saneadas.

Resulta que, en Estados Unidos, gracias a su estructura federal, hay una diversidad considerable entre cómo cada jurisdicción recauda sus impuestos. En lugares como Connecticut, Vermont, Michigan o California, el estado recauda mucho dinero vía impuestos directos, a menudo muy progresivos, y poco en indirectos, como los impuestos de ventas. En Texas o en Florida, sin embargo, el estado no tiene un impuesto sobre la renta, fiándolo todo a impuestos indirectos e impuestos sobre la propiedad.

¿Quién necesita un rescate?

Esta diversidad de modelos fiscales ha hecho que algunos estados tengan una crisis presupuestaria tolerable, ya que su recaudación no ha caído demasiado. Otros, sin embargo, se han visto en esta clase de bretes:

Florida es un estado que no tiene impuesto sobre la renta y depende muchísimo del turismo. Alaska y Texas tampoco tienen impuestos directos, y además dependen mucho del sector energético (gas, petróleo) para recaudar dinero, igual que Dakota del Norte. En general, la crisis fiscal de los estados sigue muy de cerca la estructura fiscal de cada estado, por un lado, y su dependencia o no del turismo. A los menos les ha pillado en una crisis presupuestaria anterior (Connecticut, aunque el fondo de reserva, por cuestiones que no vienen al caso, es enorme) o más o menos a salvo gracias a que están ganando población.

Lo fascinante, además, es que el impacto presupuestario no sólo varía entre estados, pero dentro de estos. Las ciudades, especialmente aquellas con muchas oficinas y zonas comerciales, están en un agujero enorme, mientras que los suburbios no están teniendo problemas graves. La distribución de los impuestos entre nivel local y nivel estatal, además, puede provocar efectos curiosos; en Alabama el estado tiene unas cuentas saneadas, ya que se financia con el impuesto sobre la renta, mientras que los municipios están ahogados, ya que recaudan propiedad y ventas minoristas.

Dicho en otras palabras: aunque los republicanos estén quejándose de que el dinero para los estados es para rescatar a “estados azules mal gestionados”, a la práctica quién necesita el dinero depende mucho más de qué impuestos se recaudan en cada jurisdicción y de la cantidad de petróleo y turistas que tienen.

Esta es una crisis curiosa, ciertamente, y el galimatías fiscal subsiguiente es más complicado de lo habitual. La descentralización en Estados Unidos hace que las cosas nunca sean sencillas del todo. También hará que muchos de los legisladores que representan a los estados que peor tienen las cuentas acaben votando en contra de un plan de estímulo fiscal que va especialmente dirigido a ayudar a la gente que representan.

Porque bueno, quién espera coherencia en el partido republicano.

Bolas extra:

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