Una payasada dantesca

El primer debate presidencial se convierte en un espectáculo lamentable, indigno de un país civilizado.

En estos artículos intento ser partidista, pero no visceral. Nunca voy a fingir que ambos lados me parecen iguales; trabajo en política, tengo un sesgo claro y un punto de vista definido y previsible. Sin embargo, siempre me he comprometido a tomarme los argumentos de ambos lados en serio, y nunca suponer mala intención en las convicciones del otro lado.

Los republicanos quizás están equivocados, pero no son odiosos.

Hoy, sin embargo, no puedo actuar de esta manera. El debate presidencial que acabo de ver (escribo estas líneas pocos minutos después de que terminara) ha sido vergonzoso. No ha sido “malo”. No ha sido “ruidoso”. No ha sido “caótico”. Ha sido lamentable, horrendo, un espectáculo indigno no de Estados Unidos, sino de cualquier lugar del mundo, civilizado o por civilizar.

Nazis

Ha habido mucho, mucho de lamentable en este debate, pero este momento, esta respuesta de Trump, ha sido especialmente dantesca:

Chris Wallace, el moderador, le pide a Trump que condene a organizaciones supremacistas blancas y milicias de ultraderecha y les pida que dejen de actuar (stand down). Trump se dirige a los Proud Boys, el grupo de milicianos más conocido, y les pide que den un paso atrás (stand back) y esperen (stand by). Tras ello, pasa a atacar a Antifa, el enemigo imaginario de la derecha de Fox News.

Es una palabra, una preposición de diferencia; “by” en vez de “down”. Es una sílaba, pero increíblemente significativa. Trump ha rechazado condenar a neonazis. Es el intercambio que para mí ha definido el debate, y que define, más que cualquier otra cosa, quién es Donald Trump.

El resto

Ha sido el abismo más profundo de un debate lleno de momentos abismales, casi todos ellos protagonizados por Trump. El presidente ha mentido en absolutamente todas sus intervenciones, ha presumido de haber hecho cosas que nunca han sucedido, ha dado respuestas fantasiosas, irreales, absurdas en temas críticos para el futuro del país, ha defendido conspiraciones delirantes sobre fraude electoral, espionaje, y corrupción, se ha contradicho, ha insultado, y faltado el respeto a su oponente, al moderador, y a la audiencia. Durante gran parte del debate, Trump sencillamente se ha negado a dejar responder nada a Biden, interrumpiendo todas sus respuestas, gritando, comportándose como un cretino sin el más mínimo sentido de quién es y lo que representa.

Es casi imposible hablar sobre la sustancia de lo que ha dicho Trump, porque todo ha sido ruido, actuación, forma. Iracundo, victimista, arrogante, maleducado, chillón, deshonesto, comportándose como si todo esto fuera irrelevante, estúpido, falaz. La imagen de un mono tirando heces a todo aquel que se le acerca es la imagen más cercana, excepto que el mono no sabe lo que hace, y Trump en teoría debería comprenderlo.

Como decía David Frum en el Atlantic: “Debate one was not Donald Trump versus Joe Biden, or red versus blue. It was zookeepers versus poop-throwing primates.”

En el escenario había dos candidatos. Por un lado, Joe Biden, que cuando le preguntaban sobre sus planes de gobierno, contestaba y los explicaba. Por otro, Donald Trump, que le interrumpía con conspiraciones inventadas y hombres de paja sacados de Fox News, y que cuando era preguntado por sus planes, sólo respondía diciendo que era el mejor presidente de la historia y atacando su rival. Chris Wallace, el moderador, ha acabado absolutamente harto de Trump.

Biden

No es que Joe Biden haya tenido una gran noche, por cierto. Durante la primera media hora (la más importante) la agresiva, iracunda actitud de Trump parece haberle dejado confundido. Su actuación fue de mejor a peor, exigiendo a Trump que se callara, ignorándole o tratándole como un payaso. Es posible que un candidato más energético (Dios, cómo echo de menos a Elizabeth Warren) hubiera puesto a Trump en su lugar; Biden a menudo se conformaba en hablar cuando le dejaban, sonreír de forma exasperada, y no actuar como alguien que está loco de atar.

Eso quizás sea decepcionante, pero creo que será suficiente. Los demócratas, cuando nominaron a Biden, sabían que estaban escogiendo a alguien profundamente normal. Biden no es el hombre más inteligente del mundo, ni el candidato más enérgico, ni el líder más visionario en el partido (Dios, cómo echo de menos a Warren). Es, sin embargo, alguien que se preocupa y siente una enorme compasión por sus conciudadanos, alguien con unas reservas inagotables de empatía que ama y respeta los valores su país. Durante toda la campaña, el mensaje de Biden ha sido de respecto, aprecio, me preocupo de ti.

El mensaje de Trump en el debate (de nuevo Frum) fue odio a todo el mundo.

Las elecciones

Sobre los efectos electorales… la verdad, no creo que sean dramáticos, por mucho que todo lo que he escrito aquí arriba parece señalar lo contrario. A estas alturas, tras cuatro años de gritos, escándalos, algaradas, polémicas y diatribas presidenciales, es casi imposible no tener una opinión clara y formada de Trump. El número de indecisos en los sondeos ronda el 2-3%, una cifra minúscula. La inmensa mayoría de americanos sabe a quién va a votar, y está seguro y convencido de ello. En el 2016, la candidata demócrata era muy impopular, y había entre un 10 y 15% de indecisos. Este año, Trump no tiene esta suerte.

Biden va ocho puntos por delante en los sondeos, así que “nada va a cambiar” es el resultado que necesitaba. A Trump le quedan dos debates y poco más de un mes de campaña para cambiar estas cifras. El primer debate suele ser el que tiene mayor audiencia; dudo que haya demasiados votantes con el estómago de ver otros dos después de este espectáculo. Dudo también que alguien con dudas sobre Trump haya visto este espectáculo y decidido que vale la pena apoyarle.

Como siempre, un par de asteriscos. Primero, en el 2016, Hillary Clinton masacró a Trump en el primer debate. Biden ha ganado el debate 60-28, según la encuesta de CNN; Clinton ganó 62-27. Todos sabemos cómo acabaron esas elecciones.

Segundo, todo lo que sabemos sobre el impacto de los debates en la campaña es que su efecto en intención de voto es muy limitado, y que además parece ser cada vez menor. Los votantes tienen mucha información sobre los candidatos; Biden lleva 47 años en política, Trump está en televisión todo el santo rato. La inmensa mayoría de gente que vemos estos debates sabemos a quién vamos a votar. A estas alturas, los indecisos son gente que vive en una cueva, frikis que se pasan todo el día jugando a Fornite, y aproximadamente 27 personas en Ohio que querían salir en el focus group de CNN de votantes indecisos.

El debate ha sido un recordatorio deprimente de lo bajo que ha caído la presidencia de Estados Unidos y las instituciones de este país. Electoralmente, no creo que cambie demasiado.

Bolas extra:

  • La única respuesta de Trump que ha sido vagamente coherente ha sido cuando ha repetido otra vez que las elecciones son fraudulentas y que quizás no acepte el resultado.

  • Un magnífico artículo sobre los enérgicos esfuerzos de un suburbio acaudalado de New Haven para mantener a pobres y gente indeseable (léase: negros) fuera del municipio.

  • El plan de sanidad de los republicanos (que es poco más que una página en blancos con garabatos) representa el retorno de la palabra más detestada de todo el sistema de salud americano: “pre-existing conditions.

  • La segunda parte de la serie de artículos del NYT sobre los impuestos de Trump es tan buena como la primera: cómo Trump vendió su imagen.

  • Os debo, aparte de un artículo sobre universidades, otro sobre la salud fiscal de Estados Unidos, un país que parece haberse olvidado que los impuestos pueden subir, no sólo bajar.

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  • Los que ya estáis suscritos, es gracias a vuestro apoyo que he podido ver el debate entero sin que acabara tomándome un baño con una tostadora. Cielos santo.