Democracias de partido único

¿Qué sucede en un sistema político democrático cuando la oposición se extingue por completo?

Estamos en los últimos días del periodo de sesiones en Connecticut, en esa época en que las dos cámaras de la asamblea general votan decenas de leyes a todo correr antes del aplazamiento sine die que marca la constitución estatal.

Aquí, como en muchos otros lugares de Estados Unidos, uno de los dos partidos (en nuestro caso, los demócratas) tiene una mayoría abrumadora; 24-12 en el senado y 97-45 en la cámara de representantes. El gobernador, fiscal general, tesorero, inspector de cuentas y vicegobernadoras (es decir, todos los cargos de elección directa del estado) son también demócratas. Es, a todos los efectos, un sistema político de partido único, y es muy poco probable que deje de serlo en un futuro cercano. Los estados de Nueva Inglaterra tienen la costumbre de escoger de vez en cuando gobernadores republicanos, pero las mayorías legislativas demócratas son (con la excepción de New Hampshire, los raritos de la región) casi eternas.

Connecticut, por supuesto, no es un caso inusual; el país está plagado de lugares semejantes, donde un partido poco menos que debería empezar a fusilar a bebés para llegar a perder las elecciones. Casi todos los estados del viejo sur son republicanos de arriba a abajo; California, es básicamente la RDA con palmeras a estas alturas. La tremenda polarización política a nivel nacional tiene un fuerte componente geográfico, y eso ha creado montones de regímenes de partido único: 38 de los 50 estados tienen gobiernos completamente monocolores, 15 demócratas y 23 republicanos.

Uno se imagina que cuando un partido pasa a tener un control absoluto y total de las instituciones de un estado vemos montones de legislación y medidas de gobierno, sin el habitual bloqueo, rencores, y batallas partidistas que vemos en el congreso en Washington. También uno puede imaginarse que esto de gobernar funcionalmente sin oposición alguna crea toda una serie de incentivos perversos a los políticos operando bajo ese sistema, abriendo la puerta a toda clase de escándalos de corrupción creativa.

Ambas afirmaciones son ciertas, pero sólo hasta cierto punto. Porque resulta que incluso en sistemas de partido único, la política permanece.

Cuando tu enemigo está en casa

Cuando un legislador estatal es escogido por primera vez en Connecticut, el primer chiste que le cuentan es que si mira a los representantes del otro lado de la cámara verá a los republicanos, sus adversarios, pero si mira hacia arriba verá al senado, sus enemigos. Porque lo que sucede cuando todo el mundo en un legislativo es del mismo partido es que los debates no desaparecen, sino que simplemente cambian de forma.

La política, en el fondo, es una discusión sobre cómo repartir una tarta. Esa tarta pueden ser los presupuestos, quién paga los impuestos, o quién va a recibir inversiones, pero en el fondo siempre estamos discutiendo sobre quién se queda con qué. Incluso cuando se debaten leyes para hacer crecer la tarta (léase, que la economía crezca) el dinero y las leyes van a favorecer a unos sectores de la economía, ciudades, o grupos de población más que a otros. Siempre hay algo que repartir.

La economía de un estado como Connecticut es muy diversa. Son sólo tres millones y medio de personas, pero sigue habiendo ricos y pobres, camareros y obreros de la construcción, ciudades y suburbios, ateos y beatos, y esencialmente cualquier otra división que esperas en una región desarrollada. Por mucho que dos tercios de los legisladores dentro del capitolio lleven los mismos colores, el pastel aún tienes que repartirlo. Quizás habrá un mayor acuerdo sobre qué es prioritario y que es inaceptable, pero en los presupuestos alguien tiene que pringar.

Lo que acaba sucediendo es que, en vez de ver las divisiones entre partidos, lo que tienes son peleas dentro del partido demócrata a menudo, a puerta cerrada. Las leyes se discuten en privado, no en público, y sólo se llevan a votación cuando los líderes de ambas cámaras saben que tienen un consenso suficiente dentro de su grupo parlamentario para sacar algo adelante. Si los republicanos quieren apuntarse, allá ellos.

En realidad, en Connecticut (y California, y Texas, y Alabama) lo que acabas por tener es un régimen de partido único en teoría, pero un sistema semi multipartidista camuflado en práctica. Dentro de cada partido hay moderados y radicales, hay gente que representa a distritos donde una industria tiene un peso importante, y hay distritos ricos y pobres. Sacar leyes progresistas aquí es menos complicado que en Washington, sin duda, pero el faccionalismo del partido demócrata hace que la izquierda pueda obtener lo que quiera.

La paradoja es que, si miras indicadores de disciplina de partido en abstracto sin contexto alguno, los partidos políticos estatales parecen el PCUS, votando todos en bloque y marcando el paso. Bajo el capó, sin embargo, son maquinarias caóticas, con peleas virulentas y discusiones interminables; sus líderes sólo llevan al pleno las leyes en las que tienen acuerdos. Parecen disciplinados, pero no lo son.

Los partidos políticos europeos son a menudo similares, pero ese es otro tema.

Las elecciones que importan

Como contaba el otro día en el artículo sobre las primarias de Nueva York, los regímenes de partido único cambian la importancia relativa de las elecciones. Si en un distrito o ciudad el candidato de uno de los partidos va a ganar, no importa lo psicótico, corrupto, o incompetente que sea, cuando realmente se dirime quién va a representar a los votantes es en las primarias.

En muchos estados, esto se traduce en que a los políticos se les escoge en elecciones de tercer orden que se celebran en fechas intempestivas del calendario en las que sólo puede votar parte del electorado y con una participación bajísima. Esto quizás sea medio viable en una ciudad como Nueva York (aunque no demasiado) pero en un distrito de la cámara de representantes de Connecticut puedes acabar con elecciones con donde votan menos de 3.000 personas un martes en agosto decidiendo quién ganará en noviembre.

El electorado de las primarias, además, es a menudo muy distinto al de las elecciones generales. Son gente a quienes les interesa mucho más la política, sea porque están muy ideologizados, sea porque tienen mucho interés en que los gobernantes les hagan caso. Con electorados tan pequeños, grupos bien organizados de activistas (cof, cof, cof) que sean capaces de contactar y movilizar 200-300 votantes pueden ser decisivos… igual que pueden serlo grupos de interés con ganas de marcha.

Sigue siendo una democracia, por supuesto; son elecciones libres y abiertas, y el fraude electoral es (casi) inexistente. Pero es una democracia donde el demos es a veces muy poco representativo del votante mediano.

El votante de primarias no es necesariamente más extremista o polarizado, por cierto. Recordad que, como norma general, la participación aumenta con el nivel de renta, nivel educativo, y edad. En las primarias demócratas, esto te puede llenar el electorado de moderados, porque la izquierda “dura” suele ser más joven y los profesionales de clase media se preocupan más por temas identitarios que en redistribuir renta. En las primarias republicanas, en algunos sitios tienes electorados llenos de viejecitos reaccionarios.

Manteniendo el sistema

El principal peligro de los sistemas de partido único es cuando el partido que los controla decide utilizar sus mayorías para perpetuarse en el poder eternamente. Los partidos americanos pueden hacer estas cosas debido a la prevalencia de distritos uninominales, que permite a los legisladores redibujarlos salvajemente (gerrymandering) para maximizar la representación de un partido.

Esto puede llevarse a límites ridículos: en Wisconsin, donde los demócratas sacan de forma rutinaria más votos que los republicanos, los conservadores tienen mayoría en las dos cámaras gracias a su talento dibujando mapas. El gobernador es demócrata, porque obviamente no puedes redibujar las fronteras del estado, pero el GOP “solucionó” el problema legislando que este tuviera muchas menos competencias y listos.

Aunque ambos partidos hacen gerrymandering con entusiasmo, el partido republicano es mucho más agresivo intentando manipular el sistema electoral. Pero sobre la larguísima lista de leyes estatales que el partido está intentando sacar adelante para manipular elecciones hablaremos otro día.

Bolas extra: