La enfermedad de Trump

El presidente de los Estados Unidos da positivo por coronavirus ¿y ahora qué?

La primera noticia fue un poco antes de las nueve de la noche, hora este. Hope Hicks, una de las asesoras de confianza del presidente, había dado positivo por coronavirus el miércoles por la noche, tras mostrar síntomas de la enfermedad viajando con el presidente a un mitin en Minnesota. Dado que Hicks trabaja muy, muy de cerca con Trump, los medios empezaron a especular de inmediato si Trump podía estar también infectado.

Así era. Trump lo confirmó en Twitter de madrugada:

De inmediato, todo el sistema político americano, que ya estaba ligeramente tenso, sufrió un inmediato, descomunal ataque de nervios. En una semanita donde tuvimos la publicación de los impuestos de Trump, un estridente debate, y el presidente repitiendo una y otra vez que no iba a aceptar el resultado de las elecciones, solo nos faltaba esto para que toda la campaña electoral parezca ya definitivamente una temporada mala de Scandal.

Como era de esperar, la reacción del 95% de los opinadores profesionales en Estados Unidos ha sido dedicar aproximadamente 10 segundos a desear la pronta recuperación del presidente, y después proceder a teorizar y especular sobre posibles consecuencias políticas. Cosa que no voy a criticar, porque voy a hacer exactamente lo mismo. Que se mejore pronto, y veamos qué puede pasar.

Mi primera impresión es que es muy fácil dibujar toda una serie de narrativas sobre cómo esta noticia puede favorecer o perjudicar a Trump. El electorado puede acordarse, por ejemplo, de esta nefasta intervención durante el debate, y penalizarle por su conducta irresponsable durante toda la pandemia:

También puede escuchar la noticia sobre el diagnóstico y sentir compasión por él, produciendo un efecto de solidaridad con él que hace que aumente su apoyo. Quizás el electorado ve como Trump reacciona con dignidad y consigue ganar el aprecio de sus votantes. Es posible que algún demócrata diga alguna salvajada insensata (y seguro que algún demócrata dirá alguna salvajada insensata) y eso le lleve a repudiar a Biden. Existe la posibilidad también de que el hecho que esto deje a Trump fuera de la campaña dos semanas le haga más popular, porque últimamente Trump es su peor enemigo.

Todas esas historias son plausibles, y todas seguramente van a ser ciertas a la vez. Los demócratas y todo aquel que iba a votar en contra de Trump porque creía que se había portado como un cretino durante la pandemia inmediatamente pensará en ese video durante el debate. Aquellos que creen que Trump es un buen líder sentirán compasión por él. Los que se preocupan por lo que dicen los socialcomunistas sobre el amado líder seguramente no eran grandes defensores de la agenda socialcomunista. Y los que estaban dudando si votar a Trump o no porque era maleducado en los mítines seguramente acabarán descubriendo su cuenta de Twitter tarde o temprano.

Dicho en otras palabras: la reacción de cada votante a la noticia de que Trump tiene COVID-19 dependerá mucho de cuál era su opinión sobre Trump antes de que todo esto sucediera. La ideología e identificación partidista son el filtro que determina cómo se percibe el mundo, y casi seguro esto es lo que veremos. Es posible que veamos uno o dos sondeos con cifras de aprobación un poco fuera de lo normal (dependiendo de cómo se formule la pregunta, ruido aleatorio, y un poco de empatía de los votantes) pero a medio plazo no creo que los sondeos cambien demasiado.

Por supuesto, en unas elecciones presidenciales como estas un pequeño cambio en los sondeos puede ser importante, y más con la peculiar configuración del colegio electoral y cómo favorece a Trump este ciclo. Biden estaba ayer a 7-8 puntos de distancia de Trump; un movimiento de dos puntitos hacia el presidente podría colocarle a tiro de una carambola electoral que le permita ser reelegido. Pero dado el escaso número de indecisos este ciclo y la intensa polarización del electorado, me sorprendería mucho ver grandes cambios, y si los hubiera, es igualmente plausible que vayan en dirección contraria, reforzando la mayoría de Biden.

Queda hablar, por supuesto, de qué sucedería si Trump enferma de veras y acaba en cuidados intensivos o termina falleciendo. A fin de cuentas, el presidente tiene 74 años, una dieta espantosa, y es obeso; está en el grupo de riesgo. Si nos metemos en estos escenarios, la cosa se complicaría, y es mucho más difícil decir que podría suceder. No voy a meterme en los formalismos sobre cómo se substituye un candidato a la presidencia (y no hay precedentes recientes), pero Mike Pence sería, casi seguro, mejor candidato que Trump.

Pero sobre hipótesis fúnebres como esta (y la posibilidad de que Joe Biden también caiga enfermo a sus 78 años), mejor lo dejamos para más adelante. Estas elecciones ya nos han dado suficientes sorpresas hasta ahora.