Las múltiples personalidades del GOP

El partido republicano da la mejor y la peor versión de sí mismo al mismo tiempo

Uno de los detalles más relevantes de las últimas elecciones americanas fue no tanto que el partido republicano ganara un puñado de escaños contra todo pronóstico en la cámara de representantes, sino cómo lo hicieron. Es conocido que Trump sacó peores resultados en casi todas partes que sus compañeros de partido en su misma papeleta, y muchos hemos hablado sobre el posible voto dual de muchos moderados en contra del presidente.

Aunque no dudo que algo de esto sucediera, una mirada más atenta a las elecciones al congreso trae consigo una explicación más sencilla: los republicanos reclutaron buenos candidatos.

Ganando escaños en el congreso

El proceso de selección de candidatos en unas elecciones americanas parece bastante sencillo. Tenemos un cargo a elegir, los partidos organizan primarias, se presenta un montón de gente, y gana aquel que refleja mejor el sentir de las bases. Es el modelo de emprendedores políticos del que hablé el otro día; un puñado de chiflados con exceso de ambición y/o espíritu cívico compitiendo entre sí.

A la práctica, sin embargo, la cosa es un poco más complicada. Si algo ha debido quedar claro en artículos recientes sobre candidatos en Estados Unidos es que el trabajo de político en este país es una auténtica tortura. No hay demasiada gente que quiera presentarse, especialmente en esos cargos intermedios donde las campañas requieren una cantidad descomunal de trabajo por parte del candidato y muy poco reconocimiento o poder político real (todo lo que queda por debajo de gobernador o senador, vamos). La tarea más importante del pequeño cuadro de notables que trabaja para los partidos consiste no tanto en ganar elecciones o elaborar programas, sino en convencer a gente competente y capaz de montar campañas viables para que se presenten como candidato.

Esto es algo que el partido republicano ha hecho muy bien este ciclo electoral, y este artículo del Washington Post explica bien la estrategia utilizada. Tras la debacle del 2018, el GOP se puso a buscar a gente que fuera conocida en sus distritos, tuvieran experiencia relevante (sea política, sea en el sector privado), y capaces de montar una campaña coherente para identificar potenciales candidatos. Este esfuerzo fue llevado a cabo por una combinación de miembros del partido a nivel nacional y estatal, PACs y cargos electos. A aquellas personas que parecían tener potencial y estaban en un distrito competitivo se les ofrecía ayuda para organizar la campaña, asesoramiento, una red de apoyo y mentores compuesta por otros cargos electos, acceso a donantes, y endorsements cuando fuera conveniente. Si hacía falta que uno de los líderes del partido fuera en persona a pedir que se presentaran, se hacía; el valor de un buen candidato merece este esfuerzo.

Los dos partidos hacen esto de forma rutinaria, pero el GOP había entendido las lecciones del 2018. En vez del habitual marasmo de hombres blancos de sesenta años que siempre ha dominado el partido, sus líderes se concentraron en reclutar sobre todo mujeres y candidatos de color cuando tenían oportunidad. Los republicanos han recuperado 13 escaños este ciclo electoral; 10 de los candidatos victoriosos han sido mujeres. Dirán que no hacen “identitity politics”, pero cuando ha tocado ganar elecciones, los líderes del partido parece entender que presentar a candidatas que cielos santo parecen tener un aspecto parecido a sus votantes es de gran ayuda.

Es decir: el GOP, si miras a Trump, es un partido racista, machista, rabiosamente reaccionario. Si miras en el congreso, quizás tengan un número considerable de chiflados, pero el partido está alejándose del trumpismo y buscando representar mejor el país.

Una campaña tradicional republicana

La estrategia del GOP en la segunda vuelta en Georgia, mientras tanto, es algo que le sonaría familiar a Richard Nixon o cualquier republicano de los últimos 50 años: atacar al candidato negro, llamarle radical, criticarle por no amar lo suficiente a su país y decir que es amigo de otros negros radicales que dan mucho miedo. Un ejemplo de los sutiles que están siendo en esta campaña son estas declaraciones de Doug Collins, congresista:

“There is no such thing as a pro-choice pastor. What you have is a lie from the bed of hell. It is time to send it back to Ebenezer Baptist Church.”

Por si no os habéis dado cuenta, le llama “it”, el pronombre para cosas, no “him”.

En las mismas elecciones, A John Ossoff, el otro candidato demócrata (los dos escaños al senado están en juego) que es blanco como la nieve ni le están atacando. El viejo GOP no ha desaparecido, y bien, va a montarte campañas racistas.

El peor golpe de estado de la historia

Trump sigue ahí, en la presidencia, y el partido le sigue riendo las gracias. Este fin de semana el WaPo publicaba un sondeo en el que preguntó a los 249 cargos electos del partido republicano en el congreso quién había ganado las elecciones presidenciales. 26 respondieron Joe Biden, dos (Mo Brooks, de Alabama, y Paul Gosar, de Georgia) dijeron Donald Trump. 221 se negaron a contestar.

No importa que todos los tribunales del país hayan enviado a pastar a los abogados del presidente, incluyendo el mismo tribunal supremo. No importa que Rudy Giuliani (el hombre más estúpido de América) no haya sido capaz de presentar ni una sola prueba ni testigo creíble, montando auténticos circos de flipados allá donde va. No importa que Trump esté pidiendo en voz alta que múltiples estados tiren los votos de millones de personas a la basura y le proclamen ganador. No importa que este patán naranja narcisista e inútil tenga una pandemia completamente fuera de control en sus manos y lo único que sea capaz de hacer en una rueda de prensa sobre vacunas sea lloriquear sobre cómo le han robado las elecciones.

Da igual. A Trump no se le contradice. Se le da la razón.

Una extraña guerra civil

Los republicanos ahora tienen en sus manos una extraña guerra civil. Por un lado, tenemos a los activistas, los agitadores, los trumpistas convencidos, encabezados por el propio presidente, pidiendo a gritos poco menos que un golpe, exigiendo a las autoridades de sus estados que cambien el resultado de las elecciones, acusándoles de ser cómplices del fraude. Por otro, tenemos a los cargos electos del partido en Georgia, Arizona, Wisconsin, Michigan y Pensilvania cumpliendo la ley, repitiendo una y otra vez que no hubo fraude y pidiendo a sus compañeros de partido que ya basta con las amenazas de muerte, manifestaciones delante de sus casas y las demandas de que aniquilen la democracia del país.

Lo más divertido, por supuesto, es que los trumpistas te dirán que el éxito de esas candidatas republicanas en el congreso se debe a que Trump ha ampliado el electorado. Ha sido la movilización electoral sin precedente que ha traído millones de personas nuevas al partido la que ha conseguido estas victorias (ignorad el detalle de que Trump ha perdido). El partido está a la vez adaptándose al inevitable cambio demográfico que les ha hecho perder el voto popular en siete de las últimas ocho presidenciales y aullando a la luna fantasías conspiranoicas de un cretino reaccionario.

Los partidos americanos nunca han sido demasiado coherentes. Creo que de las divisiones internas del partido republicano vamos a hablar, y mucho, durante los próximos meses y años.

Bolas extra: