(Otra) semana de las infraestructuras

Un acuerdo entre demócratas y republicanos y mucho teatro político para arreglar el país

Que las infraestructuras de Estados Unidos están en mal estado es algo que no niega nadie. Tanto demócratas como republicanos quieren invertir miles de millones de dólares en arreglarlas. La administración Trump intentó repetidamente lanzar un plan para reconstruir las carreteras, puentes, aeropuertos y líneas férreas del país para toparse, una y otra vez, con unos de sus absurdos escándalos que le dejaba a media negociación.

Joe Biden ha retomado esta iniciativa, haciéndolo una de sus prioridades legislativas. Así que estos días en Washington se habla mucho de infraestructuras, con un sainete legislativo que es un ejemplo perfecto de la disfunción política del país.

Dos negociaciones paralelas

La historia es un tanto complicada. En teoría, los demócratas pueden aprobar un plan de infraestructuras en solitario. Tienen mayoría en las dos cámaras y dado que estamos hablando de una ley que implica gasto público e impuestos, la pueden sacar adelante vía reconciliación, sin necesidad de supermayorías en el senado.

Como viene siendo costumbre en la cámara alta, sin embargo, el partido tiene un problema de disciplina interna. El Senador y Alteza Imperial y Real Joe Manchin y su compañera de andanzas legislativas la Senadora y Zar de todas las Arizonas Kyrsten Sinema son de la opinión que, dado que esto de la infraestructura es algo que quiere todo el mundo, es justo y necesario conseguir el apoyo de suficientes legisladores republicanos para que el plan pueda ser adoptado utilizando el procedimiento ordinario, con 60 votos.

No es que estén en contra de un plan de infraestructuras, dice Manchin. Pero no van a votar a favor de uno hasta que la Casa Blanca y sus compañeros de partido negocien de buena fe un acuerdo amplio con los republicanos. Porque bipartidismo, acuerdo, consenso, y que todo es mejor si estamos todos juntos etcétera, o porque Manchin representa West Virginia y necesita justificar de algún modo que no es un socialcomunista desatado.

Así que los demócratas se han puesto a buscar acuerdos, con dos negociaciones paralelas. Por un lado, teníamos a la Casa Blanca (con el presidente en persona) negociando con la otra senadora (esta republicana) de West Virginia, Shelley Moore Capito y los líderes republicanos en el senado. Por otro teníamos a una especie de “club de senadores centristas” con todos los sospechosos habituales (Manchin, Sinema, Romney, Collins, Murkowsky…) negociando un plan alternativo en el senado.

Tras varias semanas de tira y afloja, la negociación entre Biden y los líderes republicanos se cerró sin acuerdo. La semana pasada, mientras tanto, el “club de extremo centro” anunció que habían llegado a un plan de consenso, y la Casa Blanca no tardó en anunciar su apoyo. El jueves pasado Biden, junto con un grupo de legisladores, presentaban el plan en los jardines de la Casa Blanca, en lo que la mediocracia americana (excepto Fox News y la derecha, que siguen hablando de la amenaza woke) celebró como una gran victoria del presidente.

El acuerdo en sí no es especialmente malo o insultante, pero es poco ambicioso. El aumento real de gasto (579.000 millones durante los próximos ocho años) es relativamente modesto, y más aún con los aberrantes costes de infraestructuras del país. El plan incluye demasiado dinero para carreteras y pocas medidas para combatir el cambio climático, y se financia con una mezcla de fondos sacados de otros sitios y algo de magia. La izquierda del partido demócrata no tardó en criticar el acuerdo.

El plan B demócrata

Las esperanzas progresistas, sin embargo, no se centraban en este acuerdo, sino una tercera ley que estaba siendo negociada en paralelo dentro del partido demócrata.

Conociendo la vieja costumbre republicana de negociar durante meses sólo para buscar alguna excusa para levantarse de la mesa y acusar a todo el mundo de comunistas, los líderes del partido y la Casa Blanca llevaban semanas redactando una propuesta para sacarla adelante vía reconciliación. Si el GOP saboteaba el acuerdo, el plan de infraestructuras saldría adelante sólo con votos demócratas, apaciguadas ya las ansias negociadoras de Manchin y Sinema. Si el GOP no torpedeaba un pacto, los demócratas meterían en esta ley todo lo que ellos quieren, pero los republicanos se habían negado a aceptar (desde subir impuestos a los ricos a transición energética), y la aprobarían por separado.

Este plan era conocido por todo el mundo, empezando por Mitch McConnell. Era público y notorio. Chuck Schumer lo había explicado en ruedas de prensa, y Bernie Sanders lo había defendido en entrevistas. Los demócratas pueden sacar un plan ambicioso en solitario; por supuesto que no iban a ser tan idiotas como para darles a los republicanos el derecho a vetar la mitad de la legislación.

Eso fue lo que Joe Biden contestó en rueda de prensa el viernes cuando fue preguntado sobre la estrategia legislativa demócrata, diciendo que esperaba firmar las dos leyes a la vez. Y esta es la excusa que pusieron los republicanos diez minutos después para decir que esto era una traición, que esto no era lo que habían negociado, y que los malvados demócratas les habían engañado. Oh, la perfidia comunista. Así no hay quien negocie nada.

La Casa Blanca no tardó en matizar las palabras de Biden, con el mismo presidente diciendo durante el fin de semana que se había explicado mal. La prioridad es el acuerdo bipartidista; lo que suceda después es un tema separado. Las quejas del ala progresista del partido, diciendo que no votarán el acuerdo sin una ley vía reconciliación asociada, son bravuconadas. Ellos están por el acuerdo primero. No están ligados.

¿Y ahora qué?

Los republicanos, en contra de lo que sucede habitualmente, están de nuevo apoyando el acuerdo. Hay señales que indican que es posible que haya suficientes senadores del GOP dispuestos a votar a favor que Mitch McConnell no parece ser capaz de torpedearlo; sus declaraciones ayer no tuvieron la contundencia de alguien que sabe que puede hundir la ley. Los demócratas, además, están hablando abiertamente de que si los republicanos bloquean el plan lo sacarán adelante ellos solitos y Joe Manchin (que es el ser más importante del universo conocido) ya ha señalado que lo de sacar dos leyes adelante le parece bien.

Con este panorama, la estrategia más racional para los republicanos es votar a favor del acuerdo, que es donde están las medidas menos polémicas y más populares, para al menos ponerse alguna medalla. Después ya se podrán quejar de los excesos socialcomunistas de los demócratas y su inaudita estrategia legislativa y su despilfarro, corrupción y subidas de impuestos.

Si eso sucede, el Dios-Khan de los Apalaches Joe Manchin será quien decida lo ambicioso que es el segundo paquete legislativo, como viene siendo habitual. Manchin representa un estado con montones de minas de carbón, cosa que no invita al optimismo. El senador de West Virginia, sin embargo, no es estúpido; toda la pantomima bipartidista vende bien en casa, pero sabe que los votantes no prestan demasiada atención. Nadie sabe a ciencia cierta qué va a apoyar, pero mi sensación es que no es un centrista irracional (estilo Joe Lieberman), sino estratégico.

Un ejemplo: Joe Manchin está a favor de subir impuestos. Esto puede parecer irracional y arriesgado en un centrista cobarde medio, pero resulta que los sondeos indican que subir los impuestos a las empresas y los ricos es más popular que gastar dinero en infraestructuras. Lo de dejar los impuestos para la ley bajo reconciliación ha sido idea suya, y tiene su lógica.

Más cerca

Eso no quiere decir, claro, está, que el acuerdo esté hecho, y el congreso vaya a votar a favor de dos planes de infraestructuras. Hablamos del partido demócrata, al fin y al cabo; si alguien puede pifiarla de forma creativa son ellos. Entre Manchin y los republicanos este gasto en infraestructuras que todo el mundo está a favor lleva dos meses encallado, y como más se retrasa una ley, más costará sacarla adelante. La cosa pinta mucho mejor que en abril (y la oposición republicana parece ser mucho más débil que entonces), pero a saber.

Y claro, falta por ver qué narices aprueban, porque 500.000 millones, con lo que se paga aquí por construir cualquier cosa, se acaban rápido. Al menos se está hablando más estos días del absurdo coste de las infraestructuras en Estados Unidos, pero queda mucho por hacer.

Bolas extra: